Camino por los alrededores de la Plaza Del Teatro y voy recuperando el amor por Quito. Más allá de su belleza citadina y su pintoresco recorte de las montañas, es lunes y la ciudad respira otros aires rutinarios. De pronto, como si comprendiera una sentencia escuchada unos días atrás, veo a Quito con otros ojos. Y la gente, que hasta hace minutos era de mármol, late y vibra con ritmo y anhelos. Con esperanza.

Es nuestra quinta mañana en la ciudad. De camino a la terminal de Quitumbes – en las afueras de la urbanización, por el costado sur-, Sebastián se descompone y bajamos del trole para que coma algo. Aprovecho para hacer unas llamadas telefónicas y miro a Quito en un lunes típico.

Sebastián lleva varios días incómodo, pero otra sentencia se cumple y, por algo inexplicable, el malestar se va con las primeras horas de la mañana y sus intrincados sucesos. Flotará en el aire una sentencia: la casualidad no existe.

Yo agrego: si existe, es chistosa y se caga de la risa.

Las sensaciones extrañas vienen de un día atrás. De a poco, vamos sintiéndonos expulsados de Quito. Como si precisáramos salir de la superficie a la que la ciudad nos expone. Hasta entonces, tenía el agridulce de no lograr conectar o comprender a los quiteños y su melodrama silencioso. Y encontré una dama llena de sentencias didácticas.

-Aquí es tremendo, ¿viste? – me pregunta María sin esperar respuesta, mientras hace un segundo té que acompañamos con las delicias que su padre le compró y ella me ofrece. Masitas de coco y manzana, galletas de vainilla –“No son gran cosa, pero me recuerdan a mi infancia. Las cosas de la infancia tienen ese sabor único”, dice María–.

-Nadie parece interesarse por nada ni por nadie. Pero hay que estar atento. Por adentro hay cosas que siempre pasan.

La procesión, pienso.

María del Carmen Garcés me recibe en su casa de Valladolid y Madird, a pocas cuadras de donde me hospedo, en el barrio de la Floresta. Llego a ella por intermedio de Diego Cano, un profesor-compañero del grupo de estudios sobre el Capital, en la Universidad de Buenos Aires, que cursé durante 2009.

En primera instancia, parece simple. Una casona despojada, con una Land Rover del setenta en la entrada. Puertas verdes y paredes lilas y desnudas. Muchos libros, mucha vida que se percibe y poco ornamento a la vista.  Parece simple, dije, pero descubriré un ser humano tan complejo como otros. Sin embargo, cierta humanidad hará que la simpleza resurja cuando intercambiemos sentencias.

María es bastante célebre en cierto círculo intelectual de su país y algunos del continente. Escribe. Ficción, política, sociología, entrevistas y demás. No tiene un rubro particular, pero sí ciertas obsesiones. Su máximo trabajo ha sido, se nota por como lo atesora y porque pasó veinte años estudiando para concretarlo, el libro sobre el Che Guevara y la guerrilla en Bolivia.

-No sé porqué se ensañan en hurgar tanto, cuando lo del Che en Bolivia fue perfecto por donde se lo analice. Desde el sillón y con los libros, es fácil criticar.

María gesticula mucho y frunce el ceño con frecuencia. Tiene cincuenta años, jogging gris y remera negra. Lleva el pelo atado y –me dirá—siempre lo tuvo bien rizado. Habla del Che como si fuese un viejo amigo. La profunda búsqueda la ha llevado a esa sensación, intuyo. Vivió muchos años en Bolivia y otros tantos en Argentina, pero volvió a Quito porque aún no hallaba su lugar en el mundo. O quizás sí, ríe. Nació en un pueblito cercano, Latacunga, y aunque le cuesta sentirse en casa entre quiteños se va amigando con el día a día.

Con María pasaremos horas hablando e intercambiando apreciaciones  y sentencias sobre la política, actual y antigua, y sobre las sociedades cristianizadas en las que vivimos.

-Es rara mi situación actual, no estoy separada, pero vivo en este refugio sola hace cuatro años. Jorge, mi marido, sigue en el pueblito de Mendoza donde vivíamos juntos. Cada tanto viene. Soy como una especie de ermitaña.

María ríe con la comparación. Tiene mucha vida social, pero se alejó de los conocidos de siempre. De aquellos con quienes cada vez le era más difícil acercar posiciones o intereses. Sin embargo, está Dorita, una indígena que la llama y agradece su ayuda y con la que es amiga hace años; Muga, un hip hopero marginal con mucha llegada a barriadas populares, que le pide que grabe un poema de su autoría antes de una canción; Diego Cano, con quién discute acaloradamente por mail porque le critica en exceso su defensa del Che y sus libros; y otros tantos personajes que pululan por su vida.

María me aclara que no es guevarista –“Que yo ni sé que es eso”–, pero está un poco enojada y alejada de los intelectuales que discuten al dedillo los textos sagrados del dios Marx. Ella también ha sabido amarlo y aún lo ama, pero como hombre y ejercicio práctico. María no se apega a ninguna sagrada escritura. Tiene espíritu rebelde, con una libertad solo sujetada por la angustiante consciencia social.

Mientras me recomienda algunos autores ecuatorianos (Pablo Palacios, Eugenio Espejo, Jorge Carrión, entre otros), y busca algún libro que darme, miro en la pared de la cocina y solo hay una foto. Lo mismo en la pieza, despojada y con un colchón rodeado por varios libros en el suelo. En ambas fotografías, la misma niña de ojos claros y pelo rubio y rizado, me mira desde un lugar lejano y desértico.

-Jorge es uno de los estudiosos marxistas más interesantes que he conocido. Él aún vive allí donde estábamos juntos, en un pueblito mendocino de montaña, cerca de Potrerillos. Mi hija, Diana, en cambio, eligió Buenos Aires.

La nenita rubia de las fotos tiene hoy veintiún años y estudia cine en el Cyevic. También dice que va a estudiar El Capital. Anda con ganas de un estudio sistemático, me dice María. Trato de imaginar a la nenita rubia en la selva porteña. Imagino que podría cruzarla en cualquier cursillo o en el subte algún día.

-¿Un médico hay!? Ey, ¿algún médico?

Mi grito retumba en el trole y la sentencia de María se hace carne. La indiferencia me ofende. O me duele. Sebastián levanta la cabeza de un hombre que se ha desmayado y yo le paso agua. Él le da azúcar para reanimarlo. Unos minutos más tarde una mujer se nos unirá. No me basta, la sensación es extraña y se entrecruzan ambas sentencias: nadie se interesa por nadie y no existe la casualidad. El sobrecito de azúcar descansa en el bolsillo de Sebastián desde cuando bajamos del trole por su descompostura.

El fastidio nos abandona al llegar a Quitumbe y, entre diálogos pseudo filosóficos y  algo confesivos, sacamos pasajes para Baños. Algo ha cambiado y, aunque no pueda definirlo, me invade la fe. No soy creyente, pero renuevo el lazo que me ata a la humanidad y hasta se aliviana la carga de la consciencia social. Se hace menos pesada.

-¿Podrías dejar el asiento al niño?

La negativa me sorprende. Una mujer de apenas veintisiete o treinta y dos años, no muy bonita, pero bien arreglada, se ofende con la pregunta. Que viajé parada desde Ambato. Que tengo tacones, no ves. Que pídele a algún hombre. El niño, al que la madre dice que no le dan el asiento porque ya está grande, se golpea la cabeza con mi mano. Si no hubiera lastimado mi dedo pulgar de la mano derecha, el chango, de tez mate y evidente ascendencia indígena, se hubiera partido la cabeza en dos o más pedazos.

Sebastián prueba con un joven de piel morena y dientes blanquísimos, que sonríe y cede el asiento sin mucha molestia. Me agrada, aunque siento que debió cederlo por su cuenta y hace rato. Sobre todo cuando la negativa de la muchacha arregladita y poco agraciada.

El changuito se sienta y, junto a su madre, nos sonríe y agradece. Tiene solo cuatro años. Quito me demuestra otra sentencia que retumba en mi cabeza.

-Aquí son muy racistas. Sobre todo con los indígenas, porque los negros tienen más poder. ¿Si me entiendes, verdad?

La entiendo, claro. María ha preparado el almuerzo. Yo he llegado muy tarde, pero no me lo reprocha. Sopa crema de brócolis, pan caliente, arroz salteado con carne picada y verduras. Una botella de buen vino chileno y un delicioso postre casero a base de cacao puro. María es una excelente anfitriona, aunque se disculpa por no haber hecho patacones (banana frita).

También ha sabido echar visitantes cuando no se ha sentido a gusto, me cuenta. En su infinito amor por la sociedad, también cabe el dolor de la frustración. No le gustan los turistas que no intentan siquiera procesar lo vivido. Yo sí le gusto, lo intuyo en nuestra charla y cosas en común. Y también en su invitación a volver.

-El turismo es una nueva forma de colonialismo.

María se destapa con una teoría acerca del daño que causa la visita de gente con dinero y en busca de mera diversión a Latinoamérica. De pronto, me siento como debe sentirse el león en el zoológico. María comprende que es una de las mayores industrias y que sin capacidad de exportar otros productos, estamos explotando nuestro aire, suelo y culturas para quienes se animen a venir a verlos. Sin embargo, insiste con lo negativo y poco lucrativo del asunto.

-La mayor parte es para las agencias locales de Europa. He estudiando mucho ese tema.

Mientras relata su experiencia –cuenta con más de diez años como guía de montaña en su país y en Mendoza, además de recibirse de letras en la Universidad Nacional de Cuyo–, gesticula con las manos. Me ofrezco a lavar los platos, pero lo rechaza sin dejarme capacidad de oponer resistencia alguna.

-Renuncié porque no aguantaba más a los franceses y los yanquis. No quería volverme racista, pero es que son tan odiosos con su mirada sorprendida e indiferente sobre nuestra miseria.

María expone su angustia, su bronca y hasta su vergüenza por acercarse a un racismo que odia. Luego hablaremos un rato de la sociedad, de cómo la enajenación doblega a casi todos los hombres y de la necesidad de buscar un qué hacer, pero también la felicidad. Alejarse del sufrimiento.

-No me gusta esa cosa cristiana del sufrir acá, para disfrutar en el cielo.

María es sumamente frontal y me aporta su regalo de sabiduría. Del que conoce por lo que ha vivido y buscado. Por eso se ha amigado con el pueblo, con lo que la gente es y no con la que ella espera de ellos. Exige, pero afloja.

Está entusiasmada con Correa, lo ve como un proceso abierto y, amén de diferencias de criterio, le gustan sus medidas en salud, educación e infraestructura. Teme por el levantamiento indígena anunciado por la CONAIE hace días en Ambato. A la fecha, una semana después, aún no ha tenido mayores repercusiones, aunque cabe esperar porque la cosa no está sencilla.

Los indígenas han roto su relación con el gobierno de Acuerdo País. María aduce que, fogoneados por oposición, ONG’s y países externos, están radicalizando su postura hasta tornarse autonomistas. Separatistas incluso parecieran. Es racismo a la inversa, pienso y comparto con María, que asiente. Las diecinueve nacionalidades internas, reconocidas en la última constitución plurinacional promovida durante el primer mandato de Correa, hacen quimérico el intento por definir un ser ecuatoriano nacional.

La charla se hace más y más intensa y atrapante. La botella de vino acaricia mi estómago y todo se hace aún más ameno en la casona de paredes lilas y puertas verdes. Demoro mi partida y salgo casi a las corridas. De cualquier forma, habré de perder el bus y deberé comprar pasajes para uno que sale más tarde. Quedará pendiente otro encuentro cuando vuelva de la selva.

María insiste con que ha de verme y me contactará con su hija. Yo insisto en que no hay casualidades y miro una vez más la foto de Diana –rubia de rizos y pequeña en el desierto—antes de partir.

Me guardo sus ojos, de seguro la cruzaré en algún subte de Buenos Aires. Espero no serle indiferente.


Quito

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