-Ya, ustedes se quedan a trabajar conmigo. Saben cocinar y lavar!

Estela nos invita, mitad en broma mitad en serio, y Guty y yo nos miramos y reímos a modo de agradecimiento. Es la última noche en Baños y estamos preparando unos fideos y una ensalada de papas y huevos. Anoche hicimos asado y hoy ha tocado variar.

Guty se maneja bien en la cocina, es chileno, tiene veintiún años, ojos claros, piel bronceada y el cabello rapado, pero con una cresta. Es rubio. Lo conocí junto a su amigo Mischa y sus novias –pololas- Francisca y Arian. Pancha y Ari, desde ahora.

Estela es mayor –“tengo edad de abuela”, dirá- y lleva el cabello de un rojo furioso. Entre zanahoria y caoba, un multi-tono excepcional. Es de baja estatura, pero corpulenta. Luego me enteraré –cuando rechace nuestra invitación a cenar- que tiene un by pass gástrico reciente, “porque era muy gordita y ya ni caminar podía”. Estela ríe mucho y es ruidosa y atolondrada. Es cálida, como abuela, y exagera en las preocupaciones. También como abuela.

Es la dueña del hostal Millenium –a la vuelta de la terminal de buses de la ciudad- y allí es quien manda. Roberto, su marido, se ocupa de atender el almacén de la esquina–conectado con el hostal por la cocina-, pero atiende a la vez todas las demandas de Estela.

-Roberto, trae azúcar. Y Roberto trae.

-Roberto, dale tomates a la chica. Y Roberto, claro, le da. Roberto tiene pocas canas y extrema paciencia.

Mientras cocinamos, llega Gala. Ella es rosarina y ha de tener la misma edad que Guty. O parecida. Tiene unos ojos verdes que hipnotizarían a cualquiera que se dejara mirar y trae fideos para prepararle a sus compañeros de viaje, Jonathan y Diego. Los tres son de Rosario.
Estela bufa un poco porque son las diez de la noche y quiere cerrar la cocina y el almacén:

-¿Por qué comen tan tarde? ¿Pueden dormir así, tan llenos?

Las preguntas se deben más a su extrañez y cierto enfado, que a un verdadero interés intercultural. Gala se fastidia porque Estela domina la cocina y no nos deja hacer a gusto. Guty y yo seguimos riendo con cierta complicidad. Al fin y al cabo, es la dueña de casa y, aunque colabora más por apuro que por bondad, no tiene un ápice de maldad. Es una abuela interactuando con sus nietos y la diferencia generacional funciona parecido en Argentina, Chile o en Ecuador.

-“Hola, somos los amigos de Chile, estamos en el hostal Millenium, a la vuelta del terminal. Pagamos cuatro dólares la noche y tenemos cocina”.

El correo de Ari me llega cuando ya estamos instalados en otro hostal. Transilvania su nombre. Si alguna vez caen allí, sepan que es muy bonito y ameno. Que sirven desayuno rico y está incluido el servicio de internet. Y, sobre todo, que no son simpáticos los israelíes que lo regentean y que a las once o doce de la noche, te echan de cualquier rincón semi público del hostal.

A Baños llegamos ya entrada la medianoche y, si bien es tranquilo y seguro para yirar, no andamos con ganas de hurgar mucho en busca de alojamiento. Al otro día cambiaremos de planes y nos reencontraremos con los chilenos. A ellos los conocimos en Mompiche, en un atardecer playero en el que compartimos el calor reparador de una fogata repleta de música. Una verdadera zapada entre lo que, hasta entonces, eran nueve desconocidos. Todavía estaba Abuty con nosotros. Así comienzan la mayor parte de los hermanajes de viajeros. Por error o casualidad causal.

La mañana en que íbamos a Quitumbe con Sebastián, aquella de las sentencias y casualidades causales, nos topamos con los cuatro chilenos en Quito. Estábamos cerca del Ejido y yo llegaba tarde al almuerzo con María. Decididos a tomar-coger un taxi, optamos por atravesar la plaza inmensa por el centro y en diagonal, desde la avenida Diez de Agosto hasta la avenida Patria.

En medio del parque fue que los vimos, a Guty y Mischa primero, y a sus novias después. Llevaban apuro por ir a Baños y sellamos la unión trasandina con la idea de encontrarnos en esa ciudad por la noche. Mientras hablábamos del terremoto en Concepción –nos habíamos enterado esa misma mañana en Quito- le escribí mi dirección de correo a Ari. Ella es la más pequeña del grupo. En realidad es de la misma edad que Pancha, pero parece menor. También es la más bonita.

Ari es de baja estatura, tiene una mirada profunda de ojos negros y el cabello lacio y castaño. Le encanta mostrar los hombros, el ombligo y las huesudas caderas, que se escapan de su vientre chato. Seduce aunque está con Mischa, su pareja. Cuando los hallemos en Baños habrá dejado ese juego. Cuanto más se estrechan ciertos lazos sociales, más se rompen aquellos instintos más primitivos y carnales. Vanidosos.

En este caso, mejor así.

-Has cantado todo el viaje- ríe Pancha.

A decir verdad, me sonrojo un poco. Las dos horas de regreso desde Puyo a Baños he cantado al viento. Vamos los ocho –ya sin Abuty- en la caja de la camioneta Ford en que Estela y Roberto nos han llevado de excursión al pre selva. Llegamos hasta l provincia de Pastaza, ya en zona de Amazonía ecuatoriana. Y, tras un cigarrito de marihuana en un riacho, emprendimos el camino de regreso. Allí mis cantos, mientras la mayor parte del grupo se quedan dormidos.

En el trayecto veo un aeródromo desde el que parten vuelos en avioneta, que unen la selva y las ciudades cercanas en las zonas del centro y el oeste. Días más tarde, una huelga dejará sin transporte a los ciudadanos del Oriente por unas cuantas horas. La suba en el combustible hace inviables las empresas unipersonales o familiares que prestan el servicio y, a la vez, los habitantes de la zona no pueden afrontar tal gasto. La subvención del Gobierno parece la única solución. Las petroleras y distribuidoras de combustible son lo suficientemente grandes e impersonales como para pensar o sentir algo diferente al rédito, las ganancias, los costos y las proyecciones del precio del barril de crudo.

Ecuador no es tan diferente de Perú o de la Argentina en esta y otras tantas cuestiones. Aún así, la gasolina es cuatro veces más barata que en Buenos Aires. Y mejor no sacar cuentas de la diferencia con los surtidores de la ruta, esos que, entre la nada y la nada, aumentan hasta un cuarenta por ciento los precios.

-Salí de acá porque se pudre. Te cago a trompadas eh.

La amenaza de Sebastián a un mono es una de esas imágenes que quiero llevarme para siempre. Hace rato que reía de tal manera. Es un gran tipo y guitarrista. Una gran compañía de viaje y un cagón si de animales se trata. Ya lo vi correr ante una rata y pelearle a un mono. Mejor no hablar de su temor por las palomas.

En la Casa del Árbol –con diez pisos y hasta habitaciones en los últimos dos- se puede apreciar la inmensidad de la selva a lo largo y a lo ancho del cantón Pastaza. Un manto verde y espeso copa la vista hasta el horizonte. Hasta cualquier horizonte. La mera vegetación también puede ser impactante.

Luego los cantos y el silencio.

-Yo si fuera a votar elegiría a la izquierda. El más cuerdo era Arrate, pero incluso Ominami comenzó bien y luego tuvo que cambiar e discurso.

Los fideos están acabándose y Mischa me sorprende con su particular visión política. No está inscripto para votar. Ninguno de los cuatro lo está –en Chile no es obligatorio votar-. Mischa tiene la misma edad que Guty y también es rapado, aunque sin cresta. Se conocen del colegio secundario. Ari y Pancha también.

-Me provoca una profunda tristeza que gane Piñera. Siento que, aunque la Concertación sea tibia e impresentable, esa derrota habla de un pueblo ignorante de sus determinaciones y cargado de un individualismo exitista.

Los cuatro asienten con mis palabras y comparten la congoja, pero Mischa insiste con que descree del voto y las mediocres opciones de la democracia. También con que ojalá le vaya bien de todos modos.

Me sorprende la liviandad con que toman el hecho de no votar siendo herederos de allendes y pinochets. No soy un adorador de la democracia burguesa y entiendo –mucho más de lo que quisiera- su postura. Son conscientes del sistema opresivo en que viven, pero no se sienten parte de su solución. Ni de la lucha ni del intento siquiera. La enajenación por opción, también hace eco en Latinoamérica.

Un estudiante de Letras –y ex de Filosofía-, una estudiante de Antropología y una aspirante a arquitecta. Mischa es el único que no sabe si estudiará informática o música. Ha probado Ciencia Política y Periodismo, pero se queja de la escasa profundidad y del bajo nivel académico.

Le cuento que soy periodista y licenciado en Ciencia Política y le explico cómo lo he vivido en Buenos Aires. Lo comprendo al dedillo y le aconsejo que no busque fuera de él aquello que no esté interesado en hacer o lograr. La formación está en leer y en vivir, el resto es sólo un gran marco teórico-técnico y no hay que pretender más de lo que puede dar.

La última noche en Baños de Ambato se vuelve agitada. El exceso de ron me descompone y ya no volveré a ver a los cuatro chilenos ni a los tres rosarinos, ni a Estela ni a Roberto. Al otro día, la salida de esa pequeña ciudad con aguas termales –de allí el nombre- y epicentro del deporte aventura y las visitas a cascadas, a una hora de Ambato y entre las montañas, será en silencio y a mediodía. Me iré con Sebastián. Sheila y Vanina se nos unirán finalmente en Cuenca, pero entonces no lo sabíamos y nos invadía cierto sabor a despedida.

Ya en el bus me acuerdo de Mischa, Guty, Ari y Pancha, que emprendían la vuelta a Chile, para estudiar y para ver como encontraban a sus familias y al país en general, con semejante conmoción. Nunca nos mostraron una angustia honda por el terremoto. Estaban apenados, se preocuparon seis minutos y llamaros a familiares y amigos, pero siempre hablaron de eso con extraña tranquilidad y desapasionamiento. Como quien habla del clima loco y la humedad, que mata.

Los cuatro serán siempre una incógnita y a la vez grandes amigos. O algo semejante. Cuatro cabecitas lúcidas y conscientes, pero algo vencidas de antemano.

Por suerte nos queda la resistencia cultural, a la que sí se pliegan. Para dar batalla en cada letra, en cada dibujo. En cada canción.

Asado