Uno ya casi no se sorprende. Se levanta, despabila y, entre mate y factura, recorre con indulgencia los titulares de los diarios principales. O de aquellos que, mitad por costumbre mitad por herencia, decide leer cada día.

Y digo con indulgencia porque, además de estar apenas cortando el ayuno de horas y sin fuerzas para despotricar contra la hipocresía del pasquín de turno, uno intenta no ser tan duro. Quisiera no ser un eterno desconfiado que adscribe a cuanta teoría conspirativa circule. Pero claro, las cosas de la realidad –y hablo de materialidad sin percepción subjetiva, que eso son, al fin, las letras de molde garabateadas “ad infinitum” en los futuros combustibles del asado dominguero– se empecinan en quitarnos toda pasividad.

Y uno se exalta, como si valiera la pena. La incansable búsqueda de demonios no cesa. Globovisión halló en Chávez a su medida justa. Y la SIP y cada medio se encargó de defender los intereses de las empresas periodísticas. Clarín, La Nación y cada empleado de alguna de las sucursales numerosas de los multimedios. Se embarcan en falsas modestias y apelan a un latiguillo harto conocido: defendamos la libertad de prensa. Ya hablamos de la SIP y sus acciones por omisión en Honduras, por ejemplo. Esos son los aliados del poder.

El corporativismo hace de cada Noble un aliado. Cuentan con las adictas declaraciones de ADEPA, que llamó a “un debate desapasionado”. Se puede tolerar cualquier interés comercial, pero no la pasión subjetiva. La corrompida subjetividad siempre afecta a los defensores de la objetividad y su bella neutralidad. ¿Hay algo menos interesante que un debate carente de pasiones e ideas? ¿Cómo sostener una postura cualquiera sin pasión? Quizás sea por eso de que la verdad es una sola y, por supuesto, es la de ellos.

Dijimos ya que es hipócrita que se opongan al proyecto de ley de servicios audiovisuales en nombre de la libertad de prensa. La libertad de empresa, que por cierto es lo que defienden realmente, los ampara en su lucha colectiva. La burguesía siempre se unifica ante el miedo de perder un beneficio y, con mucha claridad, Bertol Brecht supo definir su consecuente ideología: “Un fascista es un burgués asustado”.

La cooperación de Clarín, Globovisión, La Nación, el grupo UNO, TyC, y demás, es conmovedora. Cada día el instrumento de Noble se encarga de resaltar un nuevo y resonante rechazo al proyecto de modificar la regulación del sistema audiovisual. Hoy sumaron un nuevo apoyo. Citan a las notas editoriales de El País, de España, como irrefutable prueba de la locura dictatorial de los Kirchner. Olvidan destacar que PRISA, empresa dueña del diario ibérico se verá afectada por la reducción y regulación de licencias que prevé la nueva ley. Incluso una de las periodistas que opinan en El País admite eso. Y Clarín levanta esa data en su nota. Hipócritas desde los titulares y las opiniones, ya ni siquiera se molestan en ocultar sus intereses.

Y es bueno ver cómo se unen los burgueses asustados. En defensa de sus beneficios y el lucro de sus negocios se oponen a la demencia de un matrimonio monárquico. Lo único que molesta, a decir verdad, es la falsa imagen de adalides de la libertad. El resto no incomoda, si hasta facilita la lectura de la situación y desenmascara a los portadores de, una vez más, el sentido común.