-Una vez salí al balcón y les disparé a unos vagos que siempre estaban borrachos en la esquina. Después llamé a la ambulancia y la policía y me hice el sorprendido. Les rompí las piernas y ya no jodieron más por acá. Ja Ja Ja Ja.

Efraín suelta una risotada en borbotones y se acaricia el bigote, mientras con la otra mano agita el arma que usara entonces y que ahora nos enseña a Sebastián y a mí, que lo miramos incrédulos. Luego guiña el ojo izquierdo y se acaricia la prominente barriga en clara señal de satisfacción.

¿Está armada?- le pregunto tímido e implorando por una negativa.

-Claro, por si acaso, ja ja ja. – vuelve a reír nuestro extraño amigo Efraín, mientras le rogamos que guarde el arma. Cuando se va, miro a Sebastián y coloco el dedo índice de la mano izquierda sobre la sien derecha y lo giro en inconfundible señal alusiva a la locura de Efraín. Sebastián asiente con cara de estupor.

Efraín es el dueño del Hostal Santa Fe. Hasta allí llegamos con Sebastián a las tres de la mañana del domingo y con las calles de Cuenca desiertas. Él nos abrió la puerta con los ojos entrecerrados y el pelo revoltoso con los rastros de la almohada. Nos quedamos porque deambular por la ciudad un domingo a esas horas nos parecía riesgoso. Luego sabríamos que Cuenca es tranquila, pero oír el ruido de nuestros propios pasos y nuestras respiraciones agitadas no era la mejor forma de andar.

El hostal es cálido, bonito, colonial. Y barato. No podemos pedir más.

La plaza de Cuenca se llena. Es lunes y toda la zona céntrica de la ciudad se desborda. A la vera del río nos sentamos a dejar pasar algunas horas, para reponer las energías tras una mañana completa de caminata por la ciudad.

“Laburamos en un restaurant en Mompiche y nos vinimos acá, loco”. Sebastián ríe y muestra los dientes detrás de una barba de varios días. Es mendocino y está por emprender el regreso. Lo conocimos en Mompiche y me dice que no pudo llegar a México, pero que lo hará el próximo año, trabajando. “Siempre sale algo acá”, dice.

Sebastián me recuerda inevitablemente a los Gomez Zambrano y su oferta para que me quedara a trabajar en su inglés un mes. Latinoamérica es tierra de rebusque y trabajo en una nota para Página 12 sobre eso. Mezclar la experiencia de conocer cada sitio y su gente con trabajo ocasional es un pequeño lujo que me doy por estos días. Apaga las angustias previas por el desempleo y me suma posibles laburos. Y me da crédito económico para seguir surcando el mapa por el costado suroeste, según el dibujo europeo del mundo, claro está.

Parados o sentados frente al río que divide a la ciudad en dos, comprendo que Cuenca tiene magia. Es magnética por su paisaje, por su gente amable y por su tremenda riqueza cultural. Es patrimonio de la humanidad y, amén de la belleza arquitectónica colonial de sus calles e infinitas iglesias, tiene decenas de museos y ofertas artísticas al aire libre. En solo cuatro días que estaré allí, y aún cuando un domingo y un feriado en el medio se nos interpongan, habrá conciertos de jazz y rock al aire libre, muestras de artesanía local y ferias por doquier.

La calle Larga, epicentro de la movida noctámbula, acumula un centenar de baretos y cafetines. También los infaltables puestos de comida para el vacío estomacal que producen el alcohol o la marihuana en los andantes nocturnos. Cuenca vibra y vive. Late en su empedrado incluso.

Efraín es un buen hombre y nos hace sentir como en casa. El precio –y con rebaja- no incluía la cocina, pero la brinda sin reparos e incluso nos abre la puerta a cualquier hora inhóspita en que llegamos. Es el hombre típico del Ecuador central. Seguro de sí mismo, bonachón y poco loco. Aún recuerdo la imagen del arma girando en su dedo pulgar y no puedo evitar asociarlo a un personaje del Zorro. Es, como los policías peruanos en San Andrés, un prototipo mexicano suelto en Sudamérica. Es, sin dudas lo digo, el sargento sancho panza.

Por las noches Cuenca se agita, pero me gusta más andar el bar Zoociedad. Más allá de su simpático nombre, la zoología humana que la habita es de lo más diversa. Hippies, artesanos, turistas, estudiantes, locales, sudacas, europeos, gringos y demás ejemplares. La primera noche allí un yanqui se luce con su guitarra. La hace flamear y, mientras las cuerdas hablan, hace cosas que solo vi hacer a Paco de Lucía o a Luis Salinas. ¡Y es yanqui!, me digo. Habrá que añadir la excepción a la regla. Por suerte tengo las hipótesis ad hoc para cuidar mis teorçias y prejuicios.

Allí conozco a un francés simpático con el que haré una pequeña y fugaz amistad. “Flo es de Nantes y seguro los franceses de allí son menos hoscos y arrogantes”, pienso para justificar lo injustificable. Una excepción más y tiro mis teorías eurófobas  a la mierda. Por suerte –o por obviedad- el noventa por ciento de los gringos y europeos que conoceré en adelante son insufribles o arrogantes nomás. O ambas. Y viven encerrados en sus laptops, para contar a familiares y amigos por skype –a los gritos claro- su experiencia con nosotros los monos y nuestra selva autóctona.

-Me gustar mucho el Che, pero me molesta que mató gente.

Flo me sorprende. No por el comentario, bastante zonzo, aunque la contradicción entre la idea y la muerte siempre ronden la discusión sobre el Che Guevara. Sino porque reconoce abiertamente que no ha leído nada del tema. “Solo vi la película, así que quiero leer, para opinar bien”. En su castellano luchado, significa que no quiere hablar por hablar. Y eso lo enaltece. Prometo recomendarle algunos libros y escribirle cuando llegue a Cuba –él estará en Buenos Aires por entonces-.

Cuenca se me escurre entre canciones a la vera del río y mates amargos. Sentado en una piedra entre el pastizal que bordea el manto de agua clara, voy entendiendo la mixtura de culturas que somos y me amigo un poco con mi parte europea. Con la yanqui aún no, no hay Flo de Nueva York y el Paco de Lucía sajón es un poco antipático después de todo.

Cuenca es bella por todos los rincones. Aún en los menos turísticos y alejados, cosa que no es común en las ciudades. Es la tercera en importancia del Ecuador y tiene los habitantes más orgullosos. Los cuencanos se reivindican como tales. No es poca cosa en un paín en el que nadie sabe bien qué es.

De allí saldremos al Oriente para intentar apresar algún experimento selvático. Me despido de la sierra central con el sabor de lo diferente. De la hosquedad de la costa a la amabilidad de la sierra orgullosa. Veremos que hay tras los matorrales.

Antes de partir juego billar con Mauro. Él tiene dieciocho años y trabaja en el hostal. Es callado y amable. Agradable. Me enseña a jugar como se juega en Cuenca y lo venzo. No se enoja, pero promete ganarme algún día.

Lo más hermoso de la ciudad es que todos en ella se comportan como si fuésemos a volver. Intuyo que el magnetismo hará lo propio con nuestros cuerpos. Si así fuera, aprovecharé la orilla para sentarme a escribir y me perderé –como lo hice ya una vez- por las calles empedradas del centro cuencano.

"El río y sus porqués"