Intento descifrar lo que voy sintiendo en este nuevo lugar, pero me es imposible. Primero, por la tarde y al volver de Sevilla, cuando quise que me tragara la interminable espesura de la selva y me diera algo de su infinita calma. Luego, por la noche y girando entre las sábanas mojadas de sudor, en un pequeño hostal de Macas. Aquí es el Oriente, zona pre selvática de la Amazonía ecuatoriana. En realidad es la selva misma, provincias de Pastaza, Orellana, Morona Santiago y Napo. Ciudades de Macas, Puyo y Tena, entre otras. Pero ciudades al fin. Y eso le come a la selva su densidad.

Macas es fea. Una ciudad pastosa, que se pega a los pies. La zona es extremadamente calurosa y me pregunto de qué vivirá su gente. Digo esto porque no es un lugar muy turístico, no hay industrias y no parece tener un desarrollo especial. Sin embargo hay exceso de pavimento, cibers y panaderías. También algunas agencias de turismo fantasma. Nadie parece atenderlas ni visitarlas. En la terminal conozco a Winston.

-Soy guía y mi deber es ser amable.

Winston aparece con su bicicleta y una musculosa negra – no se apartará de ninguna de las dos hasta que nos vayamos de Macas- y un acento local, algo más cerrado. Sonrisa medida –no hemos entrado en confianza aún- y bastante amabilidad. Hemos llegado a Macas por la noche, provenientes de Cuenca. No han de ser más de cuatrocientos kilómetros, pero la mala condición de la ruta y el camino de montaña hacen que tengamos algo más de ocho horas de viaje.

Estamos exhaustos y hace mucho calor. Con Winston recorremos un par de hostales, hasta que logro que se calle y me deje hablar. Entonces sí, apelando a la bondad de Vilma, una abuela joven y dulce a la que le tiembla la boca al hablar, obtengo el tesoro buscado. Dos habitaciones dobles y cada quién paga solo cinco dólares la noche. El Hostal Emperatriz también acabará siendo una pequeña sucursal del hogar propio.

Al fin, instalados, Winston se evapora y promete volver al otro día. Dice que puede llevarnos a la selva e insiste con que su deber es la amabilidad. O a Macas no llega nadie y quieren cuidar al turista cual germinación asistida ó a Macas no llega nadie y quieren aprovecharse. O, pensándolo bien y sin un atisbo de paranoia, quizás es aburrimiento pueblerino.

-¿Juegas a los carritos?

Miro al frente y no veo a nadie, pero la defectuosa pronunciación me obliga a buscar algún niño. Bajo la vista y hallo a Madeline. Pantalón rosa de frisa, camiseta de la selección de fútbol del Ecuador –prolijamente metida dentro del pantalón-, aretes colgando, descalza y con un carrito a tracción en la mano izquierda. Es el Max 5 blanco de Meteoro.

Madeline es la reina del hostal Emperatriz en el que su abuela Vilma gobierna. Tiene dos años, según me cuenta trabajosamente con sus pequeñísimos dedos. Es hija de otra de las madres solteras del Ecuador. La cuida la abuela, mientras mamá estudia en la universidad hasta tarde. Al menos tienen esa suerte. Las dos.

Madeline es alta para su edad, pero la prima, de diez años y también hija de madre soltera, peor trabajando, confirma la edad. Lleva el pelo corto y es muy bonita. Nariz respingada y chiquita, dan ganas de mordérsela. Y sumamente consciente de su poder de seducción. Manipula y se ofende con naturalidad y perfecto dominio de las situaciones. Me tiene totalmente embobado y jugamos largo rato a pasarnos el Max 5 o a construir figuras que me propone como desafíos con sus ladrillitos de plástico. Madeline va a enamorar a muchos, pienso. Espero que logre cuidarse de tanto semental incauto y olvidadizo. En Ecuador demasiados hombres olvidan que tienen hijos.

Las construcciones de Sevilla son defectuosas. En realidad no soy arquitecto ni tengo la más remota idea de cómo se construye un casa, pero estas mezclas de adobe, madera, cemento y vegetación, no parecen muy perfectas. Sin embargo, bastan.

En Sevilla Don Bosco viven cerca de treinta mil habitantes desperdigados alrededor de la parroquia y la escuela de los Salesianos y entre el acogedor verdor de una selva piadosa. Son mayoría de Shuar, nacionalidad indígena de la que descienden y a la que aún reivindican. Se diferencian de los colonos- viven en Macas, a cinco minutos- y aunque estén cristianizados y castellanizados, conservan varias costumbres milenarias. Viven de la caza, de la cría de animales y del cultivo de sus tierras. Papa china, camote, yuca, chonta, cebollas moradas y blancas, tomates y zanahorias. Entre los patos, perros y el ganado –aunque este último suele estar en las fincas, más alejadas y en la montaña- crece todo tipo de yuyos, que se utilizan para medicina casera. Como el orégano, que amén de ser diurético, se utiliza para los dolores de cabeza. También tienen tabaco, aunque la mayoría allí ya no fume como lo hacían sus ancestros, según cuentan.

-Tenemos alimento y eso nunca falta. Podríamos venderlo en el mercado –en Macas-, pero no vale la pena la paga. Producimos para comer.

Quien habla es Pedro Ayuy Astudillo, padre de seis hijos, abuelo de unos cuantos nietos. “Antes los hombres tenían como veinte hijos y varias mujeres, pero hay tradiciones que se pierden”, dice Pedro. Tiene cincuenta y siete años, doce de jubilado como ex policía –recibe quinientos ochenta dólares de pensión vitalicia- y una mirada que se ilumina cuando habla de sus ancestros.

Llegamos a Sevilla por casualidad, aunque estas no existan. Caminamos por Macas hasta que un ranchero nos indicó el camino. El bus atravesó un río sobre el agua y, luego de unos minutos por la selva, nos dejó en esa comunidad repleta de historia. A una cuadra de allí donde bajamos, encontré una casa de madera a medio terminar en la que cuatro personas conversaban y bebían una cerveza helada.

Me acerqué a hablarles y nos quedamos algunas horas con ellos. Así fue que conocimos a los Ayuy Astudillo. Y también a Manolo y Rafael, dos terintañeros desocupados de la zona. Allí oímos muchas historias y quedamos para un almuerzo al otro día. Francisca, esposa de Pedro y madre de Mariuxi, perparará una sorpresa tradicional, nos dicen.

“En Sevilla no hay más que un médico que pasa un par de horas al día en la salita de emergencias y ya se va. Si nos enfermamos, no puede ser un fin de semana”, bufa y se ríe Pedro, todo al mismo tiempo. “Hay ochenta y cinco comunidades hacia adentro de la selva y si te pica una culebra, no alcanzas a llegar hasta el hospital, en Macas”. La picadura de culebra es bastante común en cualquier selva, por cierto.

Hay shamanes, animales, tradición e iglesias varias: evangélica, pentecostal, adventista del séptimo día y tradicional. Sevilla es Shuar y católica, es la combinación perfecta entre el ayer y el mañana. Es el hoy en cada costado. En Sevilla solo hay presente.

Por la mañana doy un beso a Madeline y pedimos permiso a Vilma para dejar los bolsos un rato más. Antes de partir a Tena, tenemos un almuerzo que intentamos intercultural. Prepararemos fideos con tuco. Con un gran tuco repleto de condimentos locales. Y recibiremos un tamal de pollo y palmito en hoja de chonta –del árbol al plato, sin latas mentirosas-, arroz- que compran porque no crece aquí sino en la costa, a cuarenta y ocho dólares el quintal- y yuca hervida. Para mí, que me animo, un caldo de pollo con fideos y una papa china. Serán dos horas de puro comer, reír e intercambiar nuestras realidades. Intentar tomarlas prestadas por un momento para experimentarlas y al fin así, si pudiéramos, lograr captar algo de lo que es la vida en ese lugar.

-Mi abuelo vivió ciento diez años y no tuvo ni una cana, como yo. Aunque tengo casi sesenta y ya me duelen los huesos.

Pedro recuerda que de niño solía ver a los ancianos y todos pasaban por mucho los cien años. Después me cuenta de sus hijos ya crecidos –dos son policías en Tena y otros estudian en Macas o Cuenca-. Pedro y Francisca se entristecen por el nido vacío. El hogar es grande y las tareas son pocas a comparación. Ni la más milenaria de las culturas soporta la partida de los hijos sin muestras de dolor.

Mariuxi me despide con un fuerte abrazo. Por detrás, asoma Jordi, que tiene cuatro años y es el niño más revoltoso que haya visto. Mariuxi y Francisca tienen rasgos indígenas como todos en Sevilla, pero una marca particular. Ambas tienen una profunda cicatriz en brazos y rostro. Pareciera el resabio de una vieja quemadura. No me atreveré a preguntar ha sido un accidente o qué.

-Pedro, cómo indígena apoyas el levantamiento y como policía siempre debiste enfrentarlo, ¿qué piensas sobre eso?-. Mi pregunta busca comprender algo más tras los ojos oscuros y pequeños de Pedro y toda su bondad shuar. En el Oriente suelen oponerse al Gobierno de Correa. Al menos en las comunidades, porque en las ciudades es bien distinto.

Pasan largo rato sin poder expresar qué les molesta del presidente y qué pretenden como solución. Enuncian alguna increíble explicación sobre los tonos de sus discursos, sobre la necesidad de más calma y de soluciones que no atenten contra el medio ambiente. Piden trabajo e infraestructura, finalmente.

Pedro apoya moralmente a su comunidad y su gente, pero exige que no utilicen la violencia. No puede hacer acto de presencia en los levantamientos y movilizaciones porque cobra la jubilación y, como miembro de la fuerza, rompería hasta los más mínimos códigos. Pedro no olvida su antigua posición.

La organización social de los indígenas es tan diferente a la de las ciudades que no imagino una solución clara y unívoca. “Vienen con eso del socialismo del siglo veintiuno y nos dan casas de seis por seis. No hay acceso al crédito porque es carísimo”. Veo la casa sin ventanas de fondo y asiento. Pedro sabe bien que esa etiqueta chavista es una chantada, pero no por analizarlo en función del socialismo tradicional, sino por los resultados. La comunidad sevillana también es resultadista. Eso sí, viven de la tierra y juegan al capitalismo de tanto en tanto, para comprar aquello que no pueden producir. Para pagar el gas y la luz, claro.

Me despido de los Ayuy Astudillo con un gran abrazo y nos hacen prometer que volveremos algún día. Me quedan ganas de conocer aún más a los shuar, achuar –detrás de la montaña- y sus particularidades y determinaciones. Y eso que solo son dos de las diecinueve nacionalidades que existen al interior del país.

Mientras camino hacia el bus, despedimos también a Erlinda. Ella tiene una reducida tienda y comedor. Debe ser el único de toda la comunidad y allí almorzamos el día anterior. También nos pide que regresemos y nos lega su simpleza:

-Para que quiero zapatos, si no me los puedo comer.

Ella jura que lo tiene todo y más en la tierra. Desposeída y amable, insiste con que la próxima vez en Sevilla, nos hospedará en su casa. Nos da un beso, nos pide los correos electrónicos y nos dice que no entiende a aquellos que, pudiendo trabajar la tierra, eligen irse a mendigar a los márgenes de las ciudades. Graba su cultura shuar en mi memoria.

Nos han tratado maravillosamente en el pueblo. Mejor de lo que podíamos haber sospechado y, según dicen, por temor a los infiltrados del Gobierno, solían cortarle la cabeza a los extranjeros. Ya decapitados no les daban miedo ni coraje.

Pienso en las diferencias entre la miseria, la pobreza y la simple desposesión. Guardo para mí las palabras de Pedro y sus pequeños ojos negros.

El Oriente –me digo- es un pequeño país dentro de los límites de otro más grande. Ecuador no alcanza para delimitarlos a todos.

La Revolución Ciudadana de Correa se proclama en los carteles de la ruta que une a Macas con Sevilla. Hasta allí llega el Gobierno, aunque por lo visto, no llega más adentro. No es poco, pero no alcanza. Las comunidades aborígenes, nucleadas en la Conaie, Confenaie y Fenosin, anuncian resistencia y levantamientos para “derrocar a Correa”. Pedro los apoya, pero aún él se proclama dudoso de los intereses. Sus quejas no encuentran un interlocutor unívoco y no termina de decirme qué querría. En Ecuador veneran al Che Guevara y a la cerveza. Y andan a mitad de camino entre la revolución desviada y la resignación sumisa.

Supongo que es lógico el aspecto conservador de las culturas y nacionalidades indígenas. Es un componente indivisible de su carácter tradicional. Quieren obras y trabajo, pero no quieren contaminación y explotación del suelo –minerales y hasta petróleo abundan en el Oriente-. Recuerdo un libro del marido de María, Jorge Orduna, que versa sobre las mentiras y patrañas del ecologismo –“Eco-fascismo”- y otro sobre las ONG’s –“La mentira de las ONG’s”–. También veo la sincera mirada de los habitantes de la parroquia sevillana y creo entender su reclamo de paz y riquezas.

Dejo caer mi cabeza sobre la ventana del bus. Mientras mis ojos despiden aquella comunidad, siento una bofetada en mis esquemas marxistas para la superación del capitalismo. Al poco rato me daré cuenta del porqué.

La férrea existencia de organizaciones sociales de la producción pre capitalistas, me desafía. Están enquistados en el corazón del continente y para superar los males inequívocos del imperialismo y sus variantes actuales –incluso mediante turismo y ONG’s-, habrase de tenerlos en cuenta.

Unos niños juegan con una pelota al costado del camino. La tierra les empolva las manos y me seca la garganta. Hace demasiado calor para cerrar la ventana, así que sigo tragando tierra. Hay dilemas sin soluciones absolutas y felices.

Para intentarlo contra esos dilemas siquiera, habremos de releer las experiencias y teorizaciones de Álvaro García Linera, quizás. El ex vicepresidente de Evo Morales en Bolivia, ha escrito y descrito mucho lo que llama el sistema capitalista andino de estos terruños. La coexistencia de patrones capitalistas y pre capitalistas de organización, producción y reproducción social. Con y sin acumulación de capital.

Ninguna lucha es más válida que la que se sabe dar sus propias vueltas de tuerca. Mientras no seamos capaces de desamarrar nuestros dogmas más profundos e inconscientes y, en la ceguera, olvidemos a los Ayuy Astudillo, seguiremos apedreándonos entre hermanos y compadritos.

Habrá que resolver la contradicción entre superar el capitalismo y el pre capitalismo, sin barrer con la histórica experiencia milenaria del Oriente y su entrañable sabiduría.

Sevilla. Casa de los Ayuy Astudillo.