A todos lados se ven dos cosas: mosquitos y una tupida vegetación. Lo digo en esa forma clisé porque no hay capacidad narrativa que describa con fidelidad lo que veo. Verdes intensos y de mil gamas se abalanzan sobre mis ojos incrédulos. A la derecha, el río Napo que va al Amazonas. A la izquierda y abajo, una alfombra verdosa de mil yerbas diferentes y un aire tibio y húmedo. Hacia arriba el cielo y su infinita calma azulada. Cuando gobierne la noche, veré el espectáculo de estrellas –fugaces y de las otras- más sorprendente que haya visto jamás.

Llevamos días largos en el oriente y, ya fuera de las ciudades, el calor se vive distinto y no atonta tanto. Hemos llegado por la tarde a Puerto Misahualli. Es un pueblo enquistado en la Amazonía, a poco más de una hora en bus desde Tena y a seis horas de Quito. Su gente es amable y su plaza, lindera al malecón sobre el río, lleva la magia que le imprimen los árboles, flores y, sobre todo, los monos, que andan sueltos y a gusto por allí.

Al llegar busco a Pepe Tapia, un guía conocido de María, pero está en la selva con un grupo de daneses y no saben cuándo ha de volver. Un hombre se nos acerca en la plaza y ofrece llevarnos en canoa al otro lado del río. “Selva adentro –dice- está la comunidad indígena Shiripuno y unas cabañas para hospedarnos. El hombre, de jogging verde, remera negra ajustada, cabeza calva y tez oscurecida por años al sol, tiene mirada alegre. Ojos pequeños y brillantes. Más tarde sabré que se llama Jonás y es miembro de la comunidad.

Hemos venido al oriente en busca de otro submundo del Ecuador. A conocer la selva sí, pero ás aún a su gente. Tengo el desafío de acercarme a ese lugar e intentar comprender sus intereses, culturas, experiencias. Misahualli me da una excelente oportunidad de sumergirme en la espesura de la selva y la vida de una comunidad. No puedo resistirme.
Shiripuno es una comunidad alegre –Jonás es solo la fiel expresión de los suyos-. De origen kychwa y asentados en este terruño amazónico de Pastaza hace poco más de treinta años.

“Somos dos familias y toda su descendencia”, me cuenta Robin con la frescura y pureza de un veinteañero que ha nacido en la selva y al que allí se le van lo días cazando el almuerzo y bañándose en el río. Tiene una cara redonda de profundos rasgos aborígenes, aunque percibo cierto mestizaje en algunas de sus facciones. Se parece bastante a un yo lejano que aún existe en una vieja foto de mi infancia. Tenía seis años entonces. Un parecido al que no le hallo explicación, pero que me genera cierta alegría infantil. Como si hallara en las risas y baños de Robín al niño que fui y me resisto a abandonar del todo.

De las dos familias que mencionó Robin se desprendieron cerca de treinta nuevas, que componen la comunidad en estas fechas. Solían dedicarse a la caza, pesca y cultivos, pero cierta ideología naturalista y comercial les vendió una idea que está bien de moda estos días: turismo sustentable. Así es que hoy casi no cazan –salvo algunos para comer y por gusto- y las mujeres de allí han levantado un proyecto de turismo comunitario. Son veintidós mujeres que reciben turistas en las cabañas donde me hospedo y ofrecen sus comidas y danzas típicas al intrépido que desee vivir un tiempo en la selva.

-No hay mucha gente, pero es la fiesta aniversario del proyecto.

Amelie desentona con el lugar, pero se camufla como un miembro indivisible. Francesa, rubia, alta, con hermosas pecas decorándole la cara y un acento parisino al hablar en español. Llegó al oriente hace seis años y ya nunca pudo salir. En Puyo se enamoró de Teodoro –lçider cultural y comercial de Shiripuno- y juntos tuvieron y crían a su hijo Huayra. El pequeño mestizo tiene grandes mofletes, sonrisa amplia y es algo chueco, lo que hace simpático su torpe andar de un año y medio.

“Teodoro habla cinco idiomas”, me cuenta Petronio. Es el shamán de la comunidad y hermano mayor del guía jefe. Lo idolatra y se nota.

“Yo soy hermano del Teo y de Petronio”, me dice Miguel con una sonrisa que se le escapa por el agujero que tiene donde de seguro alguna vez hubo dientes.

“Yo soy primo de Teo”, me dice Nelson, mientras me convida cerveza en la coronación de la nueva reina de Shiripuna.

En la comunidad, todos adoran a Teodoro y a la cerveza.

Al costado de la cancha de fútbol, mientras las comunidades invitadas por el festejo aniversario –Motoristas y Veintiuno de Enero- definen quién ha de jugar contra el local, aprovecho para hablar con Petronio. Me cuenta de ciertas epifanías que tuvo, de cómo empezó con el shamanismo, de las curas y del ayahuasca o yahvé. “No se toma seguido, solo para limpias y para los turistas. A diez dólares puedo dejarte”. La invitación es tentadora, en Shiripuno los turistas o extranjeros somos tratados como reyes a toda hora. O casi.

-Ey, ocho, argentino, tú sales.

Van cuarenta minutos del primer tiempo y empatamos en uno contra los Motoristas. Estoy cansado y el sol me penetra el cerebro, pero detesto salir de una cancha. Juego para Shiripuno y desde el centro del campo –me paro de cinco – tengo buena visión de mis compañeros. Simón, voluntario francés que lleva un mes aquí, de ocho. Teo por izquierda. Edy e Irvin, arriba. Eddy, además de wing veloz es músico. En el fútbol se ven los pingos y recibo la primera muestra de hostilidad honesta en un habitante local. Pantera me reemplaza y cruzamos una mirada abrasiva. A los diez minutos del segundo tiempo yo lo reemplazo a él y ni me saluda. El fútbol logra quebrar la amabilidad obligatoria de Shiripuno con el turista.

“Estamos dos a uno abajo, hay que ganar, luego entras”, me dice Teo. Él cuida al extranjero como nadie, pero esto es fútbol. De todas formas entro. La pequeña muestra de hostilidad queda sepultada con la primera cerveza de la fiesta nocturna. Aún con esa demostración inesperada, me han hecho sentir parte de la comunidad y ya no me sentiré turista mientras permanezca en Shiripuno.

Aman a Teo y adoran a la cerveza, decía. Es inagotable la sed. En todo Ecuador beben mucho, pero en las comunidades son fieles devotos del alcohol. Desde las nueve de la mañana circula la cerveza en abundancia. También la chicha. Me ofrecen y acepto casi siempre. A las once de la mañana hago un `parate que me permite llega r entero a la noche. Ellos no y el espectáculo, en algunos casos, es lamentable. Triste, de agonía neuronal. Luego el baile y, como en todo momento, la alegría reina otra vez en Shiripuno. Al menos en los que se sostienen en pie.

No hay política entre ellos. Se aferran a los festejos y no se perciben rastros de rencillas o revanchas. Adoptan el mestizaje con hidalguía. Viven del turismo y no los incomoda alimentarse de la mano que los oprimió y aún oprime. La cerveza, otra vez, es un maravilloso néctar para la resignación y la aceptación pasiva del orden establecido.
Los días pasan y decidimos partir. De Shiripuno me llevo la pureza de su existencia y la certeza de que los indígenas ya no visten taparrabos. Queda algún retazo de tradición y la innegable espiritualidad, pero taparrabos no. Hay joggings, jeans, zapatos y botines. Hay, sobre todo, mucha calma.

Salimos de la selva y sus indescriptibles sonidos. Las noches tienen ruidos y silencios demasiado profundos y novedosos. Me llevo la calidez de su gente. La entereza con que las mujeres trabajan, mientras los hombres se emborrachan. Centenares de picaduras de extraños bichos. Una parte de mí ha comprendido mucho más de lo esperado y otra parte no comprende nada.

En mitad del río y en la canoa pienso en Janette, hermana de Teo y organizadora de las mujeres. Sonriente, siempre dispuesta. Al bajar despido a Amelie y corro el bus que me llevará a tena. Esperan Quito y María. Tendremos mucho por hablar.

En la selva queda mi prejuicio más pueril y un pedacito de mi ignorancia. Y queda Shiripuno, donde estará grabada por siempre mi experiencia de alteridad. De transformación profunda para pasar de ajeno a propio en brevísimo instante. Para volver a ser ajeno, pero ya nunca volver a ser igual.

La Selva. Profunda.