Apenas uno entra a Colombia tiene la sensación de que el mundo va en franco progreso. Y si viene de dos meses de caminar Perú y Ecuador, directamente se cree estar en el reino del orden y la pulcritud. Del mentado e infame desarrollo. Pero claro, toda primera impresión tiene un revés aguardando.

Apenas uno entra a Colombia, todo se pinta de verde olivo. Y digo “entra” porque una de las maravillas del cruce fronterizo entre Tulcán (Ecuador) e Ipiales (Colombia) es que al atravesar el puente de Rumichaca, ya se ha ingresado a otro país, como si tan solo bastase mover los pies y que la dinámica del andar nos arroje al otro lado. Luego están los papeleos migratorios, para recordarnos que la libre circulación humana es, valga la redundancia, un invento humano.

El verde olivo es el causante de tanto orden. Y, a excepción de un milico que, haciendo gala de su investidura, me despertó en el bus de Pasto a Popayán a puro grito y exigiendo documentos a diestra y siniestra, tienen por costumbre ser amables con el extranjero. No podría asegurar lo mismo para con los colombianos, pero claro, el olivo puede dar aceite y bendecir la fluidez de las cosas con sabor intenso ó puede tener una intensa fluidez para pudrirse y empastarlo todo con amargo sabor. Otra vez, el revés y sus cosas.

“Uribe ha logrado pacificar una gran parte del país. Ahora es todo más seguro y hasta las ciudades lo son”. En un mundo en el que la desigualdad inevitable del sistema capitalista arroja miseria y marginalidad, haciendo tendencia la inseguridad de las grandes ciudades, Colombia tiene un proceso inverso. Al menos para los ojos de Álvaro Camilo Muñoz Morales. Para ser justos, lo entiendo en su agradecer por la seguridad y reconozco que las carreteras se han vuelto transitables. Hace diez años –dicen muchos y son mayoría- era impensable. Pero, bueno, otra vez el revés.

“También, es cierto, hay mucha cosa mala. No por lo económico, sino por los paramilitares y los falsos positivos”. La seguridad en ese sistema tiene su costo. ¿O será el precio que le otorgan la oferta y la demanda? De cualquier forma, tiene un costo y Álvaro lo sabe. Álvaro Uribe también. Ofreción más de un millón de pesos colombianos –un dólar equivale a mil ochocientos- por cada cabeza de guerrillero. Y sembró las calles de sangre y codicia.

Los falsos positivos son aquellos muertos ajenos a la guerrilla e involucrados falazmente para cobrar un premio gubernamental.
Alvarito me dice que eso es malo. Las bases militares yanquis y la privatiación del sistema educativo y sanitario también, agrego. Álvaro asiente, pero duda. Hay quienes aseguran que el temor es el sentir más fuerte. Que es capaz de ejercer su predominio sobre otros sentires y borrarlos como si no existieras. Que es capaz de paralizar o motorizar por igual y en opuestas direcciones. Puede que tengan razón.

A Álvaro lo conocí en Buenos Aires hace poco más de dos años. Vino desde su Pasto natal –Provincia de Nariño-, donde ahora me hospeda. Integró selecciones provinciales de fútbol y un problema con un entrenador –que quiso falsear su edad para un torneo juvenil- lo alejó del Deportivo Pasto, equipo principal de la ciudad, donde llegó a la máxima instancia antes de firmar contrato. Por eso viajó con un bolso y seis mil ilusiones a tierras argentinas. No consiguió club –aunque tuvo pruebas y prácticas en Boca, Huracán, Ferro y Lanùs- y, cansado, de que lo bancasen los padres o el CEFAR de Coqui Raffo, emprendió la vuelta y colgó los “guayos”.

También tuvo problemas de peso por auto dosificarse creatina, pero no guarda deseos de revancha, solo piensa en estudiar –contador público- y despunta el vicio de la redonda en el equipo de la Universidad Mariana. Allí paga cerca de mil doscientos dólares semestrales, pero le descuentan. Bonifican, para ser eufemísticamente acordes al sistema. Veinticinco por ciento por jugar en el equipo de fútbol de campo representativo de la U, veinticinco por representarlos en el equipo de fútbol sala y otro veinticinco por ciento por proyectos de investigación.

Ahora está viendo la factibilidad de desarrollar la producción de chocolate en Nariño, que produce cacao, pero lo exporta sin valor agregado alguno. Luego irá por el último veinticinco por ciento de la cuota, pero dependerá de las notas que saque.

Vive solo en una casa demasiado grande. Solo, pero con el pequeño Simba, que no dejará de gruñirme no una hora de los tres días que estaré allí. El padre, productor de seguros, y la madre, bacterióloga, viven en Popayán. Nos atiende sobremanera y se disculpa por no hacerlo mejor. Al poco tiempo será como un hermano por su calidez, su sencillez, sus ganas de compartir y su infinita sonrisa pastusa.

Pasto es una ciudad mediana. Capital de su provincia y demasiado bulliciosa para ser considerada pequeña. La última mañana está lluviosa, pero acompaño a Álvaro a la sede de la Universidad donde juega por el torneo interuniversitario. Acabaré jugando unos cuarenta y cinco minutos destacados, en un amistoso previo. Con Álvaro nos entendemos dentro y fuera de la cancha, Cuando termina el juego me siento ahogado y moribundo. Pienso en dejar de fumar.

“Es que estamos como a tres mil metros de altura”, ríe Álvaro. “Me lo hubieras dicho antes, negro huevón”, le contesto. No es tan negra su piel, pero así se dice él y así le dicen entre los gomelos –chetos- de su universidad. Sabiendo de la altura me vuelven las ganas de fumar y prendo uno mientras nos volvemos a la casa.

De vuelta allí pasamos por un local de videojuegos que tiene Álvaro en el centro comercial más cercano. Un changuito de no más de diez o doce años se le acerca y le pide trescientos pesos. Le pregunto para qué.

“Para jugar –dice Álvaro- así al menos no lo gasta en vicios”. Son otros vicios, pienso y me llevo la imagen más triste de esta ciudad colonial y moderna según el sitio: un niño con la cara sucia y pidiendo dinero para poder jugar.

Ya al partir, la despedida es intensa. Álvaro nos ha encariñado con su cadencia al hablar y toda su fraternidad. En el terminal se van unos abrazos y dice que nos lleva en el corazón. Aunque suene exagerado, el mejor calor latino es infinitamente más sincero que el hielo transatlántico.

Me quedan algunas dudas para cuando me adentre en Colombia. Muchas pintadas parecen socavar -o intentarlo- el régimen del temor que enajena cuerpos y mentes. Una, por mucho la más directa, me deja alerta y atento: “Informamos: Uribe es asesino”.

Rumichaca. Cruce a pie de Ecuador a Colombia.