Volver a Quito es una experiencia agradable. Desde el primer momento, ya instalado en el mismo hostal que nos sirviera de refugio hace poco más de dos semanas, la sensación es de profunda comodidad. Ahí, recostado y mirando perplejo el ventanal que hace las veces de techo sobre mi cama, intento procesar las historias y vivencias de los días pasados en la selva.

Comemos en sitios que ya anduvimos, dormimos en las mismas sábanas y vemos la misma gente. Estar en quito es como estar en casa. Pero el volver permite redescubrir la ciudad y conocer nuevas aventuras y rincones que serán un gran hallazgo.

Llevo varias horas sentado en el Coffee Tree de Plaza Foch. Es un bar algo más moderno que los que prefiero. Eso o es que hay mucha gente. De cualquier forma sirven un gran cappuccino, tengo acceso inalámbrico a internet y puedo trabajar al aire libre mientras veo a la gente pasar. Uno de los mejores espectáculos que tiene para ofrecer cualquier ciudad es ver su gente pasando. Sentarse y dejar que los mundos infinitos y desconocidos que componen cada ciudadano pase por delante de uno. Eso e imaginar esos mundos, claro.

Estoy trabajando –o intento- en algunas notas para medios argentinos. Siempre hay cosas por contar, pero no siempre se encuentra quien quiera leerlas. Veremos qué ocurre con eso, mientras continuamos yendo hacia el norte.

Cerca del mediodía una fuerza externa me expulsa de la silla y dejo Plaza Foch, para dejarme ir un rato por las calles de la ciudad. Luego he de encontrarme con María –a esta altura ya una amiga- a las cuatro y media de la tarde. Hemos quedado para ver un documental sobre el golpe de estado que derrocó a salvador Allende en Chile. Para eso y para las infatigables charlas que nos unieran en mi anterior paso por Quito.

Volver permite conocer otras calles y rostros también. Uno camina por la ciudad con mayor confianza y como si fuera local –aunque siempre hay un encuentro que le recuerda a uno au condición de extranjero-.

Yendo a lo de María –en realidad al cine- descubro un horizonte cultural en el bonito y bucólico barrio de la Floresta. Es una zona residencial calma, pero repleta de ofertas culturales varias. Escuelas de cine, de teatro, de canto y de expresión corporal. El instituto del Cine y, sobre la calle Valladolid y entre casas bajas, el complejo Ocho y Medio, un centro cultural en el que se respira aroma a café recién molido y un profundo amor por el cine. Allí entra María a las apuradas y con algo de retraso. El lugar es familiar y e boletero, que también es el encargado de encender la cinta, nos ha esperado para dar comienzo a la función.

Salimos de la pequeña sala –no tiene más de cuarenta butacas y algunos almohadones- comentando sobre la analogía posible entre los métodos de la oposición chilena en los setenta y la actual en el Ecuador.

-Hay que salvar las distancias porque lo de Allende fue infinitamente más radical que lo de Correa hoy, pero es increíble la similitud de las estrategias que maneja la derecha – se sorprende y concluye María.

Antes y allá fue infiltrando y dividiendo la clase obrera en las minas de cobre de El teniente –donde estaban los trabajadores mejor pagos y más afines al soñar y actuar pequeñoburgués- y hoy y aquí, ajando el campo popular por el costado indígena. Pasaremos varias horas, ya en casa de María, hablando y analizando la realidad, lo que creemos y lo que queremos.

La Batalla de Chile –su primera parte, “La insurrección de la burguesía” – de Patricio Guzmán, nos ha inspirado para el habla.

El cacao puro mezclado con leche caliente y una pizca de café me calienta por dentro. Ha refrescado y no traigo abrigo. Intercambio varias sentencias con María y me despido. Nos acompaña Vanina, que quería conocerla y se va “repleta de información”. Hemos hablado mucho acerca de la cuestión indígena, por interés de ambos, pero sobre todo porque nos desconcierta y nos desafía en cierta forma. Al menos eso siento.

El abrazo de despedida es cálido. Me llevo mucho más de lo que le dejo, pero sobre todo, una amiga. María me da el correo de su hija Diana y queda en contactarme con amigos suyos en otros países a los que tengo pensado ir. También bromeamos sobre avanzar con el estudio de El Capital y discutirlo juntos. Le agradezco tanta hospitalidad. Me abraza y me agradece ella a mí.

A casa paso el hacia el hostal voy enamorándome de Quito y pienso que podría vivir en ella. Llamo a José y quedamos en comer algo juntos. Es amigo de Tom –un gran amigo de Buenos Aires- y vive en la ciudad. Ya no creí que lo vería, pero la causalidad lo puso al lado mío en el ciber de un pequeño pueblo visitado días atrás –Misahualli-.

José estudió siete años en Argentina. Cine y montaje, en el ENERC y en la escuela de Eliseo Subiela. Trabajó, disfrutó y volvió a su lugar. Aunque antes estuvo viviendo una temporada en el campo, alejado de la ciudad.”Ahora sí, vivo aquí y me gusta. Está bien”. José deja el vaso de cerveza sobre la mesa y me cuenta un poco su historia. Carga muchos proyectos y deseos sobre los hombros. Y carga con un apellido ilustre.

Su padre es reconocido en el mundillo artístico ecuatoriano, su abuelo también lo fue, pero su tío abuelo es, definitivamente, el maestro de maestros. Oswaldo Guayasamín (1919-1999).

José me recomienda visitar su Capilla del Hombre y se suma a las recomendaciones de los amigos chilenos unas semanas atrás. Es la segunda vez que mencionan el lugar y me convence.

Luego vendrá la cerveza, la pizza y algún abrazo. Es una lástima que sea la última noche allí, creo que podría descubrir aún más de Quito con José. Nos hemos visto poco, pero el abrazo es sincero. Me queda una frase en el tintero: “Ya te ven negro y te discriminan”. José la pronuncia al discutir sobre las diferencias entre la policía argentina y la de Bolivia, por ejemplo, pero me la guardo para extenderla a casi todos los rincones y situaciones de Latinoamérica. José no es negro. No más que yo, al menos. A lo sumo un poco más teñido, pero no mucho.

La mañana de lluvia me obliga a un café con leche. Es el primero en dos meses e, inevitablemente, me transporta a casa. A mis sillones, claro, pero también a algún bar de Buenos Aires. A ninguno en especial y, a la vez, a todos ellos. A un rincón muy propio y conocido.

El ecovía, que surca la ciudad de sur a norte por la avenida Seis de Diciembre, nos deja en Bellavista. De allí a subir la montaña para alcanzar al fin, al inicio del bosque, la Capilla del Hombre, de Guayasamín. El centro cultural que la compone, incluye también el edificio de los museos, que es aún un proyecto para dentro de unos años –con diseño vanguardista y vidriado similar al del museo Van Gogh en Amsterdam-; y la casa y taller del artista, dónde vivió, trabajó y están enterradas sus cenizas –en una vasija bajo el Árbol de la vida, que él mismo sembró-. La Capilla es la máxima obra de Guayasamín. La expresión acabada de la vida de un sujeto: su legado.

Legado. La Capilla del Hombre.

El lugar es acogedor y pulcro. Las obras, en cambio, denotan la furia del autor y atacan al visitante. Despiertan su conciencia, pellizcan su indiferencia y maniatan su pasividad.

Tres períodos marcan su obrar. Guayasamín comenzó con un viaje en la década del cuarenta. De México a la Patagonia, recreó el dolor, sufrimiento, miseria y la humillación de los pueblos y culturas oprimidas y colonizadas. De los indígenas.

Luego se ensañó con los militares y sus cruentas y farsescas batallas que idearon. “La edad de la ira”, al el nombre de ese período, abarca un sinfín de cuadros sobre la indecible brutalidad del hombre sobre el hombre. Uno en particular me conmueve hasta las lágrimas. “Lágrimas de sangre”, precisamente. Fechado en 1973 y dedicado a Salvador Allende, Victor Jara y Pablo Neruda. Tengo una réplica que viaja conmigo.

Finalmente, “La edad de la ternura”, ya en sus últimos años. Allí vuelve a la familia, a los lazos y núcleos de contención del ser humano.

“Los rostros de América” –serie de pinturas sobre caras humanas y sus emociones- se deshacen en mi interior. Retrató con envidiable emotividad el llanto y la agonía de los muertos en vida. Aquellos que duelen en cada pedacito de tierra roja o negra de este continente empecinado en dejarse morir y mutilar.

Ya afuera de la capilla y su inacabado mural de Potosí –última obra en progresión sobre los mineros explotados en busca de la luz-, fumo un cigarrillo en la plaza central del centro cultural y aireo mis emociones con la vista puesta hacia el Pichincha y Quito, que nace y muere cada día en aquellos valles y montañas.

La calidad humana y la nobleza luchadora de Oswaldo Guayasamín parecen inobjetables. “El arte es una forma de amar” y “Cada pintura es un grito”, son solo dos frases que supo escribir y refrendar en cada trazo. Tan solo me incomoda la ridícula presencia de la UNESCO exigiendo que la IX Cumbre de Presidentes Iberoamericanos lo llame “El Pintor de Iberoamérica”. La hipocresía alcanza hasta el más recóndito de los refugios.

El arte sirve como herramienta que golpee y despierte. Un sacudón. Un shock. Un efecto posible. Guayasamín lo supo e hizo de él su medio para decirle al mundo su verdad y su dolor. La injusticia, agazapada y siempre triunfante, aún ríe la muerte del maestro.

Muere el autor, pero jamás la obra. Tenemos mucho por ver y hacer. Contamos con el invalorable aporte del arte de Guayasamín como factor des enajenante. Sus retratos, sus escritos, su cantar.

“Yo lloraba porque no tenía zapatos, hasta que vi un niño que no tenía pies”. Otra frase que grita. Me siento en un banco y pienso en voz alta. Les digo a mis compañeros de ocasión que no creo que la paz antes que la lucha. Creo en la necesidad de luchar por acabar con las injusticias. No justifico mi agresividad. La paz es un sujetador para las partes pudendas de los vencedores. Siempre tendremos el arduo trabajo de desnudar las palabras y atrevernos a morder la mano que nos abofetea e impone un bonito concepto.

“Siempre voy a volver, mantengan encendida una luz”, dicen que dijo Guayasamín antes de morir. Siempre se vuelve a Latinoamérica. Siempre al llanto de sus niños. Cómo le dije a Sebastián al despedirlo cuando se volvió para Buenos Aires: “Dedicá tu vida a cambiar esos llantos por sonrisas”. Para que la niñez mutilada no siga siendo la rectora de la existencia futura. Para volver siempre, y al fin y si pudiéramos, ya nunca jamás volver a lo mismo.

Yo lloré. Dentro de la Capilla.

El hombre y el arte. Oswaldo Guayasamín.