Llegar a Popayán una mañana de domingo es hermoso. De por sí es una ciudad pequeña –a seis horas de Pasto y aún en territorio provincial de Nariño-, pero en domingo hasta sus paredes duermen y hacen silencio. Al menos las del centro, claro.

Popayán es conocida como la ciudad blanca y, lejos de la asociación automática con la nieve o la cocaína, es llamada así porque su gran mayoría es de color blanco. Paredes, edificación, veredas y hasta las manos de los pintores que trabajan cada día para que este pequeño reino colonial de casas bajas y antiguas, siga luciendo blanco. Es domingo, dije, y todo duerme. Pocos comercios están abiertos, pero los pintores nunca descansan.

El hostal familiar que nos alberga invita a descansar. No hay mucho por ver o hacer en la ciudad, aunque resulta estimulante surcar sus callejones y sentarse en la plaza central.

Un poco más alejado aparece lo despintado. Aún el reino blanco tiene pobreza y paredes descascaradas. Claro, están a diez cuadras del centro turístico y casi nadie las ve. Pero están.

Allí, otra vez, las pintadas. Como un grito entre tanto silencio: “Fuera las bases gringas de Colombia”; “No a los falsos positivos”; y mi favorita, “Uribe asesino”. Es mi favorita orque no se anda con vueltas. Concisa y al punto.

De Popayán puede irse a Silvia, a Tierra Adentro o San Agustín. Parecen pueblos bonitos, bucólicos y rústicos, pero me queda poco tiempo para llegar a Bogotá y desisto de conocerlos. Por otra parte, a Colombia casi no llegan sudacas como uno y todo, hasta la información al viajero, está en inglés para la gringada. Me jode, supongo, por eso lo escribo.

No irse permite conocer algo más. En un pequeño local de dos metros por tres, con paredes color maíz y tres mesas, una señora vende arepas –especie de tortillas de harina fritas, típicas de Colombia y Venezuela- de maíz con queso. Comemos alguna y probamos un jugo local con frutas y verduras. No sabe mal. Allí mismo, en la mesa de al lado, un tipo de treinta y algunos le enseña física a un segundo tipo de treinta y algunos otros. Este último es aborigen y se esfuerza por aprender. Por comprender alguno de los conceptos que para el otro son tan comunes. La escena es humanamente maravillosa. Y me saca una sonrisa.

-¿A quién pitea?

Pregunto por la señora que circula por las calles de la manzana pitando al aire y la dueña del local me cuenta que pagan por seguridad. Creí que el paraíso blanco era tranquilo, pero me devuelven una noticia intrigante: “tanta militarización ha puesto más segur a Cali –ciudad grande más cercana- , pero ahora vienen los vándalos para aquí”. Los reveses siguen emergiendo en las estanterías ocultas de Colombia,

La salida a Cali es a medio día y con lluvia. Aún no me repongo del frío de Pasto, pero al llegar a se me derriten hasta las ganas. Me cuesta emitir juicios de un lugar en el que estuve pocas horas y vi las escasas cosas que hay del terminal al hostal y en una caminata posterior de cuarenta cuadras. Pero voy a ser fiel a lo que vi. A eso poco y que, sin embargo, me hizo sentir expulsado de la ciudad y tranquilo por irme.

Cali es una gran ciudad típica. Con edificios, cemento, ruidos y mucha riqueza. Con avenidas que emulan a las de Miami o Río de Janeiro y con un centro comercial enorme. También –y si no fuera por ello, no sería una gran ciudad, sino un mundo de fantasía- con mucha pobreza. La desigualdad material es la base sobre la que se asienta este sistema y su expresión corpórea da la fisonomía a las grandes urbes. Cali es una de ellas.

Mis primeras impresiones son débiles. Sigo oyendo pintadas y empiezo a creer que Colombia es un hervidero, pero pronto nos sumergimos en un barrio de esos que podrían pertenecer indistintamente a Francia o Estados Unidos y uno no notaría la diferencia. Ahí está el hostal Iguana. Las chicas quedan allí, yo solo lo aprovecho como guarda equipajes, baño, cocina y centro inalámbrico de operaciones. Está repleto de gringos –de arriba o de la derecha, es casi igual aquí- y es un submundo. Nada de lo que busque está allí. O sí. Su nombre es Beatriz.

Betty sonríe poco al principio, pero luego se afloja, ha de gustarle que seamos latinos entre tanta gringada. Tiene treinta años, más o menos, es gordita y esta es su última noche de trabajo. Madre soltera –una más, una menos, Latinoamérica- prefiere quedarse en su casa cuidando a los niños. Tiene dos y no quiere exponerlos al gringo en vacaciones. “La última semana estaba todo sucio y fumaban marihuana delante de los chicos”. Vive, trabaja, respira y sueña por sus hijos. Por ahora. O quizás por siempre.

Betty ha trabajado de camarera en España, “hasta que el paro copó Tarragona”, y sus hijos tienen la “bendita” doble nacionalidad. “Ojalá les sirva, pero espero que siempre estén cerca de mío”, suspira. Betty es un prototipo perfecto de madre soltera, humilde y amorosamente latina. No lo sabe, pero lo es.

Ella será la encargada de revertir lo revertido previamente. Álvaro dijo que las grandes ciudades están más seguras. La vendedora de arepas de maíz y queso, que las ciudades pequeñas sufren por eso. Y Betty me da otra vueltecita de ideas: “Cali es una de las ciudades más violentas de Latinoamérica. Es muy peligrosa”.

Entonces tenemos: ciudad más grande segura y ciudad pequeña insegura, pero al final ciudad grande también insegura. Dónde cuernos está la mejoría, me pregunto. Y me ilumino: en las carreteras ha de ser.

La cara de Betty  asiente a desgano. Ella detesta a Uribe. “Sí –dice resignada-, antes no podías andar en bus y ahora es seguro, pero ¿a costa de qué? Aquí hay pandillas hasta en las zonas residenciales ya”.

Las palabras de Betty me las llevo a Bogotá. Me despido de las chicas entre abrazos y muestras de cariño. Llevamos un mes de andar juntos y las extrañaré, pero me gusta la idea de caminar solo por un rato. Solo y conmigo.

En unos días llegará mi familia y pasaré unos días con ellos. Después de más de dos meses de lidiar con el mundo, me gusta la idea de un pequeño refugio. Luego acabaré creyendo que si el Che Guevara hubiera visto a su familia en mitad de su travesía, jamás hubiera habido revolución. Hay lazos que tienden a desalentar las luchas, aunque a posteriori haya demostrado lo contrario.

Subo al bus en la terminal de Cali y sigo oyendo nuevas pintadas. Colombia es un renovado desafío geopolítico y cultural. Me va a llevar tiempo comprenderla. Pero hay escenas que son universales.

Hace unas horas, cuando la caminata por la avenida Sexta hasta el centro comercial Chipi Chape, encontré un hombre descalzo y harapiento. No pedía, no hablaba. No respiraba, creo. Solo desentonaba con la pulcritud reluciente de la zona residencial caleña. A una cuadra de allí, otro hombre en idénticas condiciones. Luego ya no más y el mall más impresionante que haya visto jamás. Gigante, con mucha seguridad y aire libre. Con negocios, gente linda y decoración. Con una insoportable sobre dosis de indiferencia y felicidad impostada.

Chipi Chape y Cali son como todo lo que conocí de Colombia hasta ahora. Sobran los militares y las metralletas. Jamás vi tanto armamento al descubierto. El verde olivo copa el paisaje y asiste grácil a la indiferencia. De eso sobra en Ipiales, Pasto, Popayán y Cali –ya en el Valle del Cauca, otra provincia-. Pero también hay un grito.

La gente, casi sin excepción y diferenciando los pastusos, más tímidos que los caleños y los bogotanos, es amable y calurosa. Y aún tiene mucho que decir y hacer. Lo oigo en sus pintadas silenciosas que le cantan al vidente la crudeza de su realismo mágico.

Popayán. La ciudad blanca.