De un suave color blanco…

Bogotá se tiñe y, por unos días al menos, entrega su verde reinado al manto piadoso de la cultura. De la oficial, claro, y de la otra. La crítica, la que pica y genera escozor en los escenarios típicos del buen bogotano y su pulcra ofrenda verde, militar e indiferente.

Baja la tela de gasa blanca .de esas que permiten filtrarse a la luz y a las figuras que se posan detrás- y el público aplaude. Algunos hasta se paran para aplaudir. De un suave color blanco…

Pablo Palacio es ecuatoriano y poco tendría que ver con Bogotá, sino fuera porque llevo días leyendo sus obras completas. Escritor aventurero y lúdico, des acartonó la seriedad de las letras ecuatorianas de principios y mediados del siglo pasado.

Lo llevo conmigo desde la recomendación de mi amiga María y lo reencuentro en una obra del grupo Mala Yerba en el Festival de teatro alternativo de Bogotá. Sus palabras fluyen para desestimar lo establecido, para cuestionar la entidad de la verdad y la realidad y para garabatear payasos y caricaturas allí donde tenientes y coroneles. O médicos y jueces. Nada más acertado para estos días en que Bogotá se desviste de gala y recibe con su desnudez más pura al calor de un revolcón y encontronazo cultural.

Jairo abre los ojos y le brillan. Entre el fulgor redondo y la boca amoratada, le brotan apenas algunas palabras. Cuenta sobre su experiencia al frente de un grupo teatral en Zarzal, su pequeño habitáculo en el Valle del cauca. Allí él, veintidós años y efervescencia a flor de piel, dirige el grupo dramatúrgico tras la muerte de su director a manos de la mafia paramilitar y narco.

-Director es tan solo el que se dedica. En los pueblos como el mío, más cuando al que fue tu director lo matan, se hace cargo el que se da maña para organizar y tiene fuerza.

Imagino la sangre hirviendo tras los rasgos amerindios de Jairo. Lo he conocido hace unos días al salir de una obra sobre los derechos de la mujer y la sofocante revolución burguesa y francesa. Una pizza, varias cervezas y la empatía. Poco después somos amigos entrañables y compartiré muchas otras horas colombianas con él y su troupe. La comitiva de Zarzal incluye a su pareja, Naty, una morocha de voz dulce y aniñada con infinitas ganas de hacer –aún sin saber qué hacer-, al Jaider, hermano menor, risueño y regordete del Jairo. A Julián, hijo de una africana y un costeño, escritor y promotor de turismo,  y a Jenny, una hermosa pequeña de ojos claros y profundos, que acusa –y me asombra- solo catorce años.

El foro sobre la situación del teatro latinoamericano alternativo me resulta estimulante. Las palabras de Jairo y de José Miguel –un pedagogo politizado en las fauces de la nueva vieja izquierda latinoamericana- le imprimen un matiz político a lo que, hasta entonces, era una exposición de penurias compartidas de la dramaturgia crítica de Alaska a la Patagonia.

Ahora sí, pienso, si el arte es político y los críticos del sistema comprenden su rol, entonces el festival, amén de dar sustento a los actores, sirve para algo más grande. Sirve a la causa de la liberación mental o al intento de des enajenar algunas cabezas.

Bogotá tiene mucho para dar y todo pareciera brotar al calor del festival. Las callecitas empedradas, bucólicas y marrones de la Candelaria se pueblan de ideas. La gente abarrota boleterías, gradas y hasta el Chorro de Quevedo. En el mítico confín donde se erigiera la primera fundación de la ciudad, hoy de reúnen a contar cuentos los soñadores y a prenderse fuego los malabaristas. Por dentro, siento el estallido de la acción. Los ríos de vida que fluyen por las venas y arterias de una Colombia mutilada en beneficio de la seguridad.

-“El mayor tesoro es la libertad”.

El cartel lleva dos días vistiendo el frente de la catedral en la Plaza Bolívar. Allí se congregan millares de feligreses ó turistas a ver las hormigas que decoran el congreso y las celebraciones religiosas de la santa semana. Por entre el Palacio de Gobierno y la casa del independentista Nariño, los guardianes de la música en trombón y bombín, dejan su lugar a otros guardianes. Desde el cartel, observan mi dolor y estupor anti militar Pablo Moncayo y Josué Calvo.

-“Que es bonito y una pena que aún exista eso”.

Plaza Bolivar. Tati y, detrás, Calvo y Moncayo.

Una mesera del bar literario y cultural más lindo de la calle diecinueve me explica el porqué de sus ojos vidriosos. Han soltado a Moncayo y Calvo, tras años de cautiverio. Mientras una pantalla muestra el regodeo de familiares, arribistas y uribistas, yo solo miro detenidamente los ojos silenciosos y enrojecidos de Colombia. Luego sí, pregunto y descubro lo predecible: Con Uribe no, con los secuestros, al menos aquí, tampoco.

-“Yo sueño con ver qué pasará en cincuenta años, porque algo ha de ocurrir. Y la verdad, yo si le tengo aprecio a las FARC un poco. Quisiera ver a mis hijos con las botas y un fusil”.

Las palabras de Calvo resuenan en mi mente. Discutiremos y, finalmente, guiñará uno de los ojos achinados que la mata espesa de pelo que le chorrea por la frente deja entrever, para decirme con ese gesto que sí. Que está de acuerdo con que la guerrilla perdió su horizonte hace años, pero que sueña con el cambio.

Calvo es tan amable como los colombianos pueden ser. Desde la cajera o el repositor de un supermercado, hasta el chofer del colectivo. Es la primera vez en la vida que uno amabilidad y chofer en una misma oración. Colombia tiene ese no se qué.

Calvo es director del grupo Peripecias de Neiva y conviviré con ellos algunos días. Todos prolijamente socialistas o progresistas, entre el Polo Democrático, el M19 o las guerrillas, soñando con el Che y actuando sobre la locura en una obra teatral a la que arrastraré a dos amigos ingleses. Laurie y Jessica se prestan al juego mímico de no comprender más que por los gestos, la escenografía, los vestuarios y el énfasis de las palabras habladas en un español que no comprenden del todo.

“A mí me gustan Perón y Evita”, se diferencia Hugo Tamayo. Me sacude el sopor de la mañana inacabada cantando la marchita peronista. Él es escritor y dramaturgo –quiere hacer una obra sobre Eva- y a cada europeo le pide que corrija las traducciones de sus obras en su web, dramaturgia.org: “¿Qué porcentaje le das a esa traducción?”, repite Hugo hasta el cansancio. Nos haremos buenos compadres compartiendo política entre tintos o mates Yo le ofrezco mi argentinidad hecha yerba y él me ofrenda su colombianismo a base de granos.

Un día antes de dejar Bogotá me cruzo a Lucy Baños. Ella es directora en un teatro del Barrio San Antonio, de Cali. Con su inquieto grupito de adolescentes que dirige, ha llegado para el festival y se ha quedado hasta el final para verlo todo. Tiene edad de abuela joven, ojos dulces y cansados, pero vive. Tiene energía acumulada y tengo la sensación de que el festival le devuelve la esperanza.

“Con el demonio cada vez estamos peor”. Su definición de Uribe lo dice todo. Lucy cree que hay que hacer algo y, claro, tampoco sabe bien qué. Apuesta por Mocus, un ex profesor universitario y ex intendente que “modernizó Bogotá” y trajo cultura y educación. Su Partido Verde, armado para la ocasión, reporta sospechas en Hugo: “Lo hace para juntar dinero de las ONG’s y partidos ecologistas de Europa, no tiene ninguna chance”. Hugo quiere que gane el Polo, con su renovada influencia de ex miembros del M19. El verde, militar o eco fascista, siempre me cae igual de verde.

-Es una requisa, apaga ese cigarrillo.

-No hay problema, revísame. No apago el cigarro.

-Apágalo y date vuelta, contra la pared.

La policía no siempre es amable. Risas.

Le doy el cigarrillo a Tati y ella me mira mientras doy la vuelta. Me requisan, averiguan mis antecedentes por handy y me recomiendan andar con el pasaporte a mano. Lo despido con silencio e indiferencia, que ocultan temor y rabia. Ya no fumaremos porro en la vía pública en Colombia.

-Yo estoy por obligación, detesto esto. Me quedan dos meses del año, pero es mucho.

Los ojos de Andy me dicen más aún. Cuánto dolor en el desarraigo, en la obligación de portarse de verde y cargar los fusiles del orden y en decir siempre que si y que no, según hacia arriba o abajo en la escala que el ejército otorga a la humanidad. La espesura brumosa de tanto verde suele ocultar la humanidad que se desnuda tras los trajes.

Calvo insiste con que quisiera que ganara Uribe –“que lo dejaran reelegirse”, dice- para ver “cómo se agudiza el conflicto y se hunde solo”. Pero no lo dejan y será Santos, su ministro de seguridad y comisario más sanguinario, el encargado de intentarlo. Es peligroso un país militarizado y doblemente peligroso si lo controla un tipo deleznable como el comisionado Santos.

Retumba en mi despedida de Bogotá el pedido de Jairo por politizarlo todo y los anhelos de Calvo para ver qué pasa. Se mezclan las palabras de ambos y dejan la última sentencia que me llevo de Bogotá: “Hay que hacer algo ahora y en cincuenta años podremos ver lo que pasó”.

Y los hijos, claro, con botas y fusiles o aún descalzos.

Hostal. Trabajo.

Hormigas. En la catedral de Bogotá.