Tati me habla mucho de mi ego y mi soberbia y, finalmente, se enamora de mí. Y yo de ella, pero quizás me enamoro precisamente porque desnuda mi ego y mi soberbia con absoluta naturalidad. Es el amor y otros demonios, diría Gabriel García Márquez. Y Gabo, como otros costeños, saben mucho de amor y de casualidad. O inventan, como hago yo.

Del frío y la calidez de Bogotá, volamos a Cartagena sin escalas. Desistimos de Medellín, porque es una gran ciudad. Tati tiene solo diez días y quiere playa. Yo, eso y, sobre todo, lo más barato posible. El avión nos cuesta igual que el viaje en bus y demora veinte horas menos. Hay cuestiones que no entiendo y me planteo dos posibles explicaciones: las compañías aéreas están de remate porque, al ser seguras las carreteras, todos eligen los buses ó las compañías de bus sacan ventaja de la avidez viajera de los colombianos que ahora se animan a la aventura. Quizás es por el precio del combustible solamente, pero eso no explicaría que los aviones, que también son a combustible, pudieran costar tanto menos.

Aún en el aeropuerto se nos pegotean las ojotas al suelo. El Caribe nos abofetea con su calor agobiante y la bofetada, lejos de disgustarnos, nos agrada. Los ánimos son inmejorables. Los viajes son sus horas, lugares y, ya sin ninguna duda, las compañías.

Tati me mira con dulzura. Ya instalados en el hostal San Blas, descubro que el hoyuelo que la sonrisa le marca éntrela mejilla y la comisura de su bocas, es permanente. Y me río y nos reímos. El patio ventoso, el calor húmedo, las estrellas que se niegan a salir y nosotros entre calores y una cerveza helada. La vida, siempre redonda y acomplejada, se me hace profundamente sencilla aquí.

-Papichulo, unos masajes para tu espalda? Estás todo estresado.

La oferta podría ser tentadora para el común de los mortales o turistas, pero yo detesto los masajes. Me generan ansiedad, me dan cosquillas y, sobre todo, me ponen incómodo. Ha de ser por la sensación de dominio y obediencia. No me gusta sentir la sumisión ajena y no me siento estresado, pero la mujer insiste y me da masajes de prueba entre el hombro y el omoplato derechos. A Tati le masajean un pie.

Cartagena. No más palabras.

La playa céntrica de Cartagena, a unos kilómetros hacia la izquierda de la ciudad vieja y amurallada, está repleta de vendedores. Frutas, pulseras y masajes, cómo en cualquier calle de Cusco. Mientras insistimos con la cerveza y luego de un chapuzón refrescante en el mar, abrazo a Tati y pienso que nadie podría pasarla mal aquí. Y, ante todo, que no existen razones para estar estresado y que abunden los masajistas. Aunque, claro, el rebusque y las necesidades reproducen oficios y artilugios de subsistencia a orillas del Mar Caribe.

La tarde se nos escurre entre los dedos y la arena deja de estar caliente. Horas que se van y no vuelven, pero van forjando sensaciones novedosas. Y las hago palabras como puedo. En el pecho desnudo y a medio broncear de Tati, hallo el refugio perfecto para mi extinta soledad. Su pecho es mi casa y en el mío, intento, su seguridad.

La noche cartaginense está viva. Las callecitas del barrio Getsemaní explotan como ampollas y por entre su gente brota supurante el deseo de bailar. En una esquina cercana al hostal descubrimos un hermoso bareto de música cubana. El Habana me recuerda que mi viaje tiene un horizonte y yo, que he olvidado hacia donde voy y lo he reemplazado por el placer de estar, dejo escapar una sonrisa condescendiente para con mis planes. Intuyo que Tati lo percibe, porque me da vuelta y me propone un juego danzante que termina en besos y más risas. Yo no sé bailar, pero juego.

Con Milton y Joha recorremos las calles de la ciudad amurallada. Me sorprenden sus enormes pórticos, la belleza simplona de sus construcciones coloniales y el sabor a rumba costeña. La temperatura y la cercanía con el mar, hace a los costeños más jocosos. Infinitamente más fiesteros e indefectiblemente más avispados. Con su tonada cerrada y la simpatía picaresca en la punta de sus labios, son capaces de vender hasta lo imposible. O como nos dijera Naty, la novia de Jairo, en Bogotá: “Te venden hasta una loca”. Antes de dormir veo esfumarse mir miedos en la transpiración de una botella de cerveza. Amaneceré enamorado y ya. A veces las cosas tan solo suceden y aunque lo racionalice todo, me desborda un sentimiento y una sensación embriagadora. Esta vez, me importa poco buscar explicaciones. Siento, luego existo.

-“Quieren poner hoteles como el Decameron y privatizar las playas. Echarnos a todos.”

Mirlanda también me hace sentir. Rabia, dolor e incomprensión. Tiene poco más de cincuenta, pelo enrulado y varios kilos de sobra. Hosca al principio, luego empieza a darme charla y me entero de su historia al borde de la Playa Blanca, en la Isla Baru –frente a la costa de Cartagena-.

Para llegar al paraíso debe tomarse una buseta en la India Catalina hacia Pasacaballos. Viajar una hora con la espalda pegada al asiento y por barrios de olores nauseabundos del mar ó un mercado, luego cruzar el río en canoa y, finalmente, viajar media hora en moto entre el río y el mar. Atravesando pobladíos por un camino de tierra o en su defecto arena. Luego sí, tras unas dos horas de calor oprobioso y con varios pesos menos, uno llega al paraíso. Y vale la pena.

Paraíso. Playa Blanca.

También puede llegarse por lancha, Solo cuesta el doble y se pierde uno de la mejor parte. A eso de las cuatro de la tarde, cuando se va la última lancha, en Playa Blanca –que se llama así porque la arena es color marfil—uno queda solo con los pocos habitantes de la zona.

Varios kilómetros a la derecha está el Decameron, un resort cinco estrellas que tiene por dueño a un argentino. Según Manuel, que ofrece pulseras y collares en la playa, es bueno y los deja vender a veces. “Y hasta nos da propina. Los malos son los gerentes, que nos prohíben la entrada”. Hago un esfuerzo inhumano por no mirar los ojos marrones de Manuel. No quiero decirle que el argentino les da la limosna como el beso de judas. No quiero decirle que luego les prohíbe la entrada a la hacienda, a manos de sus viles capataces. La ignorancia hace felices a los hombres. O idiotas útiles y despreocupados. Por todo concepto, intercambio una mirada con Tati y me siento acompañado.

Público. El paraíso.

Antes de salir del paraíso me despido de Mirlanda. Le digo que protesten y que me avise si pasa algo. Que todos debieran levantarse y hacerse oír. Son pueblos pobres que viven de la limosna del turismo y si les cierran las playas, serán desplazados. Algunos, los beneficiados y bendecidos por el señor patrón, harán las veces de mano de obra barata. Y estarán agradecidos. Los otros, morirán olvidados. Como ahora, seguramente, pero con hambre.

La otra cara del turismo, siempre vital a las economías pauperizadas, es la indefensión de los que viven en enclaves de placer. A veces parece zonzo negar el beneficio de la inversión que atraiga turistas ávidos de gastos. Otras veces se aprehende la existencia real de los humanos tras las paredes pintadas de verde o amarillo en un bonito hotel. En la playa o en la ciudad, el mundo de unos se derrumba y el de otros se construye con pequeñas miradas.