“Eso es la República Independiente de Taganga”, retumba en mi cabeza como una sentencia gastada y maldita. Lo uno porque lo dicen todos y la repetición, claro, gasta. Lo otro porque hay recelo y envidia. Y de esos sentires solo puede desprenderse una maldición. Sí, aún en forma de chiste.

Anabell aprieta los labios mulatos y pone los ojos en blanco. No dirá más sobre Taganga, pero no hará falta.

-“Taganga é una cosa fea y peligrosa, io estuve de vacaciones y me gutó, claro, pero luego viviendo aquí uno se entera de lo malo”.

Fulvio habla con soberbia y rechazo. Con los ojos entre cerrados y el pecho inflado, gestos inequívocos de la reprobación moral. Miguel es su amigo y juntos pusieron un hostal en Santa Marta. Eran meseros en un hotel cinco estrellas en su país. Son de Italia. Un europeo deja de ser mesero para ser dueño al cruzar el atlántico. Desde Colón y Cortés, poco ha cambiado. Miguel piensa igual que Fulvio, pero habla con más calma: “É un asco”, concluye lacónico y marchito.

El último en hablar es Eric. Su opinión cuenta como las otras, pero las aventaja en mi orden de preferencia: en primer lugar, es colombiano; en segundo, vivió y trabajó en Taganga por seis años; y, en tercero, es colombiano ¿Qué ya lo dije? Será que tiene mucha relevancia, no se me distraigan y no perdamos el hilo.

“Ahí, parce, todo es vicio y la gente de pierde. Conocí una argentina que tenía un hijo todo pulcro y ahora es indigente. Ella hace artesanías. Se murieron ahí.”

La metáfora me suena exagerada, pero solo la transcribo. Tampoco conecto la lógica de toda la frase, a decir verdad, pero Eric me cae muy bien y se gana notoriedad en este capítulo. Total es mío.

Pero ya basta de sentencias y veamos por propia experiencia lo relatado. Si algo aprendí en la más alta casa de estudios argentina es el valor de la empiria y la objetividad. Claro que son patrañas recubiertas de academicismo y ciencia, pero quién soy yopará juzgar, Un viajante desocupado y barbudo. Subversivo. Sus versitos.

-Taxi, siga a ese auto!

-Eh?

-Nada, esta hambre voraz de resolver el enigma Taganga me puso en modo Poirot. No siga a nadie, parce, vamos a Taganga.

Y nos vamos.

A solo quince minutos de Santa Marta, detrás de uno de los infinitos e indecibles morros que cubren los límites de esa ciudad, asoma Taganga y se desnuda para las visitas.

Lo primero que se ve es el mar, que es calmo y, encerrado entre morros, devuelve un espejo de agua sobre el que se recorta la imagen del pueblo, como si hubiesen doblado la tierra por ese borde y la hubiesen pasado por papel carbónico.

Lo segundo que se ve es su fisonomía. Calles de tierra, viento cálido pero fuerte, casas coloridas de poca infraestructura, un paseo marítimo bonito al costado de la playa –más tarde sabremos que es nuevo—y no mucho más. Un par de almacenes, un par de restoranes y un par de hostales. Todo de a pares.

Lo tercero que se ve es un español que te persigue hasta que consigas hostal y te pide propina. Tiene arrugas en toda la cara. Incluso entre los pliegues de las arrugas. El sol lo está secando, pienso. Lleva años en Colombia y algún tiempo en Taganga. Nos lleva una hora deshacernos de él. No le dejo propina. Tati no se opone. Ya sabemos, detesto la colaboración insistente y rentada de los aparentes desinteresados. Si no pide, lo invito a una cerveza. Ó no, pero me caerá mejor.

La brisa es viento por la noche y las lucecitas bañan de luz al pueblo. Comemos, reímos, dormimos. Al otro día, entre la calma del del agua y su espejo carbónico, veremos el sol poniente e imponente de un atardecer de postal o película, pero de verdad. Con la ventisca en la piel chamuscada, con la bola naranja ajando el agua entre las nubes y con las sombras dibujando siluetas de morros sobre la playa. Minutos antes nos habremos casado.

Taganga.


-“Por el poder que me confieren los artesanos, los caso. Podés besarla. Qué le vas a regalar?”

Un artesano colombiano nos da charla por diez minutos y logra que compremos un regalo de bodas. Cree que sería mejor algo de oro, pero igual. No nos conoce, pero nos divierte y logra su cometido. Ahora somos marido y mujer de macramé.

Pululan seres inauditos por Taganga. Mancos, cojos, hippies y locos. Un submundo repleto de turistas ávidos de caminar descalzos por un pueblo de calles de tierra y en el que, dicen, la fiesta es interminable. No la buscamos ni nos encuentra, pero los resabios de la locura se ven desde la orilla. El mar se plaga de seres amorfos y desahuciados.

Atardece. Y no es poco.

Pero síganos, que encontramos aire puro más abajito. Sí, ahí, sobre la arena y de cara al mar y al morro que la separa de Santa Marta. Hasta acá se acerca el Loco Luis. Luis por parte de sus padres, loco por antonomasia.

-De Bogotá soy, pero acá vivo hace años.

La boca de Luis se abre grande y entre bocanada y bocanada, expulsa palabras con una velocidad asombrosa. Lleva el cabello largo y así también la barba. Canosos ambos, aunque teñidos por el sol y el tabaco. Los ojos pequeños y cubiertos de arruguitas que dibujan espirales en rostro y le otorgan distinción. Ojotas, short de tenis blanco, cinturón de tela marrón y beige, remera dentro del short. Bolso cruzado al hombro. Perdone usted, morral. Y, toque distintivo si los hay –o al menos le otorga notoriedad–, manecillas, cintas e hilos colgando de su cinto. Amarillas. Azules. Rojas. Azules, rojas o amarillas, diría Sabina. Y ala Magdalena sí le aporto.

“No hace falta, pero gracias”.

El Loco Luis se guarda los cuatrocientos pesos que le brindo. No tenía más y tampoco los pidió, pero los merecía. Nos ha dejado sendas tobilleras con los colores del país que tanto ama. Lejos del nacionalismo, por amor a su gente, a los paisajes y a la mera tierra. Antes de irse –y mientras quema la punta de mi tobillera para pegarla—nos habla infinitas palabras sonbre Colombia. Sobre el amor y sobre García Márquez. Y nos recomienda “Del amor y otros demonios”, porque “nadie ha escrito sobre los costeños y este lugar como él”.

Ambas. Playa y montaña.

Y se va, bendiciendo nuestra presencia e interés real por su cultura y su pueblo. Y hasta se emociona y me eriza la piel. Con palabras y sus ojitos húmedos y los bigotes amarillentos.

Ahora somos marido y mujer y colombianos, pienso. Tati no habla, pero ha de pensar lo mismo, porque congela su vista sobre una casa en el morro y se imagina cosas que luego dice: “¿Podemor vivir ahí?”. La casa es hermosa y la ubicación ideal. Quizás algún día vivamos allí, bajo ese techo de lajas naranjas  y entre sus paredes y columnas blanquísimas. Allí, del otro lado de donde se pone el sol. Si eso ocurre, les diré si cambio de opinión sobre Taganga. Mientras tanto, maravillado, los invito a pispear el paraíso irredento del loco Luis.