Vamos a dejarlo claro desde el inicio: la concesión del parque Tayrona la manejan empresas privadas extranjeras. Ahora sí, podemos avanzar en las horas acaecidas en uno de los lugares más bellos que haya pisado jamás.

El parque nacional Tayrona está al norte de Santa Marta, apenas a unas dos horas en buseta. Hay infinitas formas de llegar, por lancha, bus, caminando ó en taxis. La entrada es siempre la misma y para los extranjeros significan treinta y cuatro mil pesos colombianos. Algo así como veinte dólares. Para el viajante –ya a esta altura me considero uno-, un imposible.

Eludimos la puerta principal y cogemos un taxi hasta la finca San Martín, dos kilómetros más lejos por la misma carretera que nos trajo. Hasta allí llegamos por indicación de Anabell, una morena samariana que conocí hace unos meses por un trabajo sobre el blog del gordo Casciari. Ella estudia comunicación social y su tesis sobre blogonovelas la llevó al autor más prestigioso. El gordo la trajo hasta mí –y otros amigos- para que contestáramos sus preguntas. Luego el viaje, el contacto y la inefable amabilidad de Anabell hicieron lo propio. Con su ayuda y la de sus primos, que viven dentro del parque hace treinta años, buscaremos sortear el pago de la entrada.

-Cogen el sendero, cruzan el río y de nuevo el sendero. No hay pérdida.

El guía se equivoca y pasaremos más de veinte minutos para hallar el camino tras el riacho. La aventura de cruzar tras la finca San Martín es excitante. Del otro lado del río le digo a Tati que espere y me sumerjo en la selva para hallar el camino. Vuelvo agotado y sudoroso, con palpitación al galope y las venas hinchadas. He hallado la casa del primo de Anabell tras la selva –dentro de ella- y he vuelto a las corridas para evitar, por segundos apenas, la desesperación del temor en los ojos de Tati.

“Ya pensaba que dormíamos acá”, me sonríe aliviada y me alivia. La beso, me mojo en el río y avanzamos hasta la casa de Plinio Camargo y Rafael Plinio Camargo hijo. Allí nos esperan para indicarnos el camino al parque. Allí intentaremos ir por una carretera, pero los guardias nos harán volver y decidiremos dormir en casa de los Camargo. Nos invita Plinio gustoso, y nos tiende unas hamacas con mosquitero y todo.

A las cuatro vamos a una playa escondida que por acceso único tiene la selva. Está entre dos peñascos, tiene un cartel que advierte más de cincuenta muertes e invita, prudente, a no sumarse a la estadística. En Colombia, por amables o en un exagerado esfuerzo de organizar la existencia humana, todos dan indicaciones precisas. Desde las personas, claro, hasta las cosas, puede uno toparse con avisos o consejos en rostros, carteles y hasta en cajas de vino tinto. Consúmase en la tarde del domingo. En serio.

La perfección irrumpe en llanto. Los ojos verdes de Tati escupen su alegría emocionada. Los míos no dan crédito a lo que ven. Ni al llanto ni al paisaje. El mar recorta la orilla a machetazos y la selva se acaba raudamente sobre un manto de arena clara y pedregosa. El viento silba y nos quita la humedad a la que nos sometía la vegetación cobertora de la jungla. El silencio se pliega a los cánticos de las olas y nos abraza la plenitud de una soledad maravillosa. La merienda golpea nuestro vacío estomacal e intentamos algunas palabras que expliquen el lugar o lo que nos genera. Y no. En Los Naranjos se está pleno y no puede decirse el porqué.

Emprendemos el retorno por la misma selva y mientras me pierdo en un torrente atávico de pensamientos sobre la magnanimidad natural, caigo en la cuenta de dónde estamos. De la gente que allí vive –“unos doscientos”, dirá Plinio más tarde—y de que allí habremos de dormir. Los ruidos de los animales y las hojas que chisporrotean con el viento, me anudan las palabras. Tati lo sabe y ríe. Yo río en silencio.

“Mañana se levantan a las cinco y media y van por la selva, en el desvío a la otra playa y por ahí hasta el control del museo, sin que lleguen los guardias. No hay pérdida”. La voz de Plinio es seca, se escapa con dificultad de su garganta chupada por la delgadez. Las piernas fibrosas y raquíticas, le valen por desandar el monte y la selva.

Tienen miles de hectáreas y no les dejan sembrar más que unas pocas. Llevan treinta años y la concesión del parque quiso echarlos, pero no han podido. Su rancho, de adobe y paja, con algo de madera, amenaza con caer. Pero para arreglarlo deben tramitar un permiso para talar una palmera que está haciendo añicos su techo. Es increíble, pienso en voz alta. Su propia tierra, su propia historia y ni aún así tienen dominio sobre el techo que cobija sus vidas.

Comemos temprano. No tendremos luz en breves instantes. Hemos traído latas de conservas, pan, fiambre, galletas, alguna fruta, dulce de leche y agua. Con eso afrontaremos los próximos tres días. A Plinio le dejaremos café, leche y azúcar, por consejo de Anabell. Hay que ser agradecidos, pienso.

Antes de dormir charlamos de hamaca a hamaca. En un rincón del mundo Central pierde injustamente con Argentinos Juniors y me entero por un mensaje en mi celular. En este rincón del mundo, la brisa nos abriga y las luciérnagas iluminan la nada oscura de la selva que late en cada sonido. Con los ruidos acunándonos quedamos vencidos sobre las hamacas. A pesar de lo pensado previamente, dormiremos cómodos y saldremos a las seis para la playa.

-Ey, ustedes dos, no traen manecilla, deben pagar en la entrada.

Luis Ortega es parecido al Profesor Jirafales. No solo por su carácter vigilante, si no por tamaño y bigote incluso. Nos mira desde su altura blanca de guardián y nos da la espalda. Llevamos hora y media de caminar por la selva y la playa y me niego a retornar. Aducimos ser visitas de Plinio y, finalmente, le otorgamos una paga irregular de veinte mil pesos al profesor. Con su túnica blanca nos indica el camino a Arrecifes –primer paraje con camping y playa del parque hacia adentro- y allí vamos. Llevamos la dicha de no pagar tanto, pero sobre todo el placer de lo experimentado. De los rasgos silenciosos y los movimientos sigilosos de los baqueanos Camargo y su hospitalidad, de los sonidos y los paisajes. De cada paso dado entre el verde acogedor de la selva y la brisa húmeda de las playas solitarias.

A media mañana ya hemos resuelto el desayuno en Arrecifes y una siesta. Incluso una ducha reparadora tras más de veinticuatro horas de caminatas, de sudor pegado y de dormir en una hamaca. Arrecifes es más económico, pero el cartel reza más de doscientas muertes y la prohibición de bañarse en el mar, así que optamos por seguir hasta Cabo San Juan.

Playuela. La selva cae en la playa.

A solo diez minutos de Arrecifes los ojos se cubren de lágrimas otra vez. Como dos esmeraldas recién talladas, brillan por el reflejo del agua cristal y azul. Antes del Cabo está La Piscina, y aún antes un pequeño enclave playero todavía más bello. Nos han dicho que el cabo es mejor y parece imposible, pero luego del almuerzo en la arena de La Piscina –calma bahía cubierta por corales a más de doscientos metros donde rompen las olas- seguimos en busca de donde asentarnos. Llevamos algo de ropa y comida, además de una bolsa de dormir.

-Amigo, ven un segundo.

-Dime, te oigo.

-Que vengas, para requisar tu bolso.

El frío de la derrota me tuerce la boca. La espalda se asusta y contrae. El policía, siempre fiel al verde, nos requisa. Yo intento una jugarreta para ir al baño y llevarme el único porro que teníamos. Pero no puedo y Tati queda expuesta y sola con el porro y el policía. Cuando vuelvo me comenta que lo ha quedado el garante del orden y que ha hablado de doscientas mil formas de arreglarlo. Ella le ha dicho que no tenemos y yo negocio un rescate menor con lo que nos queda de dinero. Para abaratarlo todo, dormiremos por quince mil los dos en una sola bolsa. Cinco mil me guardaré para volver y quince mil le ofreceré al poliladrón. Y le pediré el porro, me digo aún sin estar convencido.

Ya recostados en el Cabo, unión de dos costas gemelas partidas por un manchón de arena tibia y blanca, solo podemos olvidarlo todo y retomar la felicidad. El espejo azulado que recorta ambas orillas renueva las ganas de dejarnos ir. Y lo hacemos, hasta que otro cabo, de verde, nos hace gestos con la mano.

Qué ves. Recostados, en el Cabo.

Ha caído la tarde con velocidad asombrosa y queremos terminar el mal trago. Le hago señas y voy hacia él. Ahora debo hacerme cargo por haberla dejado sola con un imberbe de veinticuatro años y aparatos fijos que ha coqueteado con ella.
Le pregunto su nombre y da un respingo. Se asusta. Aprovecho las defensas bajas de Charly, tomo el porro que me deja bajo un coco y le dejo allí los quince mil. Pienso en lo idiota del tipo y la triste elección de ser policía. Pienso que si al menos hubiera tenido el valor de ser fiel a una idea, pero no. No siquiera eso. Recién salido, aún verde y ya verdoso.

Le digo que pensamos que existía la ley de tenencia mínima legal. Dice que ya no y ríe. Sabe que a todos los turistas les quita dinero de igual forma. Me voy mirando de reojo el reflejo del sol poniente en sus braquets infantiles de metal. Me alegro de quitarme el peso del torpe y asqueroso brazo de la ley de encima. Me apeno por ver una cabeza tan sumisa y sujeta al mundo que le quisieron vender y que, no solo ha comprado, sino que lo elige y defiende.

“Solo veinticuatro años”, exclamo. Y Tati, cómplice, me abraza. Y la abrazo.

Vital. Cigarros y dulce de leche.

La noche pasa con cierta dificultad. Los mosquitos se van al amanecer y dormito algo. De todas formas amanecemos abrazados y pegajosos. Aún así contentos. Unas horas inciertas en la playa y la vuelta entre cantos y risas. Somos jóvenes y bellos, le digo. La revolución es inminente, me miento. A veces la felicidad viene sin buscarla y en dosis impensadas.

En Santa Marta pasaremos una última noche linda. El amor y sus mezclas de alegría y nostalgia nos invaden ante la partida inminente. Las últimas horas se plagan de llantos y sus ojos verdes enrojecen al máximo. Contengo mis lágrimas y le dejo la paz del abrazo. Me quedo con sus besos, el sabor de su labio superior, el olor de su piel quemada por el sol. Le dejo mis canciones. Nos convidamos algo de amor.

Antes de que emprendiera el viaje me regaló uno de sus libros favoritos: El Principito, de Antoine Saint Exúpery. Mientras se va, precisamente en un avión, pienso que nuestra historia se resume en ese libro. En pelear por ser siempre niños. En nunca ser adultos de adultez insensible y estadística. En recordar siempre la enseñanza del pequeño aquél.

El bus que me lleva de regreso al centro solitario de Santa Marta se puebla de niños que vienen volviendo de la playa con sus madres cansadas de cargarlos, pero sonrientes. Me río mientras seco la única lágrima que derramaré. Ella se fue y será lejanía física hasta más adelante. Ella no lo sabe y se preocupa, pero no debiera. Algo me dice que nos hemos domesticado.