-De pronto la tierra gira, la habitación tiembla, me caigo de la cama y escucho ruidos. Como puedo, me asomo y desde la ventana –vivo en un piso diecisiete- veo explosiones por todos lados. Con más pánico que comprensión, agarro mi billetera, una manta y bajo los diecisiete pisos por escalera a oscuras y temblando. No sé si es un terremoto o un bombardeo. Me siento en las zonas de seguridad y llaga la televisión. Al otro día volé de Santiago a Colombia.

La voz de Eriberto es nítida y, aunque se corte cada dos segundos para respirar y los jadeos denoten el temor que persiste en el recuerdo, no deja caer ninguna lágrima. Así está bien, pienso. Emotivo, pero para nada morboso. El relato perfecto y el final anunciándolo todo: no hay mejor para el alivio que la ceguera o la distancia. O la ceguera de la distancia.

En el Ateneo Catalán de Santa Marta se produce el imposible y real encuentro de mundos distantes: Eriberto, pintor, bohemio, treintañero y chileno, ojos pequeños, arrugas en la frente y una sonrisa inexplicable y permanente; Anabella, samariana mulata de mirar atento, vos dulzona y aniñada, labios gruesos y sueños lejanos; Gabriel Álvarez o Dj All Varez, también samariano aunque constante viajero musical, de pelo atado con gel al cuero cabelludo, lentes oscuros, hablar cansino, pero animado; y Aníbal Vivas, arquitecto y disertante de ocasión, obsesionado con el nuevo orden mundial y la existencia de logias subterráneas que dominan la existencia humana desde los tiempos de Nefertiti y Akenatón.

La charla se me antoja un tanto aburrida y exótica. Vivas descree de todo y cree mucho en sí mismo y en la capacidad de hilar información que aparece inconexa y él la vuelve teoría conspirativa. Me iré del lugar cargado de historias y con la firme convicción de que la imaginación humana lo puede casi todo.

El ateneo es un refugio para la cultura y promoción de la paz. Internacional, con sustento en Barcelona y capaz de nuclear a todo artista con interés de exponer lo suyo. O de hablar un rato con otros, como ahora. Mientras me alejo, pienso en la extraña combinación del lugar. Fondos extranjeros para civilizar al tercer mundo y alentar la paz, siempre calma, de los pueblos aguerridos.

No hay mejor lugar para Anabell. Estudiante de Comunicación con aspiraciones que exceden los límites y posibilidades de Santa Marta. Y es que, aunque sea una ciudad relativamente pujante, en cada esquina se respira un aroma pueblerino dulce, cálido y chato.

“Yo sueño con irme y volver a morir acá”, me dice Anabell. Su idea de progreso remite a la vieja plegaria del sentido común o el imaginario colectivo. Esa que dicta que la cultura está en las grandes ciudades. En las mecas del cosmopolitismo y las vanguardias diz que intelectuales y artísticas. Puede que sea cierto en alguna medida, aunque Santa Marta me imprime un aspecto bohemio y prolífico. Siempre es igual, los de la gran ciudad nos inspiramos en la calma de los pueblos y su desandar silencioso; y los pueblerinos buscan inspiración en la bulla citadina. Lamentablemente, el dicho tiene razón y el ruido multiplicado suele servir más para acallar las voces que para grandes creaciones.

En la costa samariana –porque Santa Marta tiene el beneficio del mar, la costa, los bares en la avenida que da a la playa y el olor a sal- aprovecho para conocer un poco más a los colombianos. Antes de llegar al Ateneo para la charla, me siento en un bar entre los árboles que dan sombra y amenizan el calor agobiante de esta ciudad. Allí leo y escribo, pero sobre todo los oigo hablar. Tan jocosos y amables. Con tantas ganas de más y, a la vez, con el temor corroyéndoles los huesos.

“Yo voto a Santos, porque si gana Mockus se arma una hecatombe”, suelta el desconfiado Anibal Vivas,  un rato antes de iniciada la charla aburrida. Confieso que, aunque me esforcé por no dejarme llevar por ese comentario, influyó en mi opinión sobre el dicharachero arquitecto. Descubrió los hilos que mueven al universo y se aferra a la vana ilusión de que el mal menor sean los paracos.

-Yo con Mockus, tenemos que dar el cambio.

Anabell y All Varez coinciden. Ambos creen en la proyección del ex profesor universitario devenido político renovador y con proyectos educativos y culturales. Al menos asusta menos, pienso. Ni una ni otro son muy politizados, pero hasta le pasan el trapo a la débil defensa uribista de Vivas.

Las últimas encuestas dan a Mockus arriba y a Santos en segunda vuelta. El resto, incluído Petro, del Polo Democrático, y Noemí Sanín, la delfina del conservadurismo del ex presidente Andrés Pastrana, muy lejos. En pocos días se sabrá el resultado más significativo para la política del continente. O sigue afirmándose la rancia derecha con sus tácticas de inseguridad, ó hay un vuelco en uno de los pueblos más lastimados y temerosos, que sirva de aire fresco. No de cambio, pero sí de alivio.

No digo aire nuevo porque ninguno afectaría a la inmersión capitalista que perfora a Colombia. Ya sea porque se llegue desde Perú y Ecuador como que se vaya a Venezuela, Colombia se viste elegante y refaccionada. Con enormes malls –porque aquí se habla inglés, sir—y supermercados.

Saliendo del ateneo recuerdo la adjetivación pueblerina de Anabell para su ciudad. Este bello recodo en el noreste colombiano tiene a cinco minutos a Rodadero, una playa hermosa; y, a quince, a Taganga. A unas horas Tayrona ó Bahia Conchas. Definitivamente, cualquiera podría volver a morir feliz aquí.

Hostal. The Dreamer, en Santa Marta.


Ya el último día me despido de las callecitas alegres del centro. Son un poco grises, pero se me antoja musical. Luego de nuevo a las afueras, en donde el hostal de los italianos, que se jactan de casi todo y detestan a Venezuela. “Fea, peligrosa”, dicen. Todos repiten eso –o casi todos-, pero ya veremos.

En The Dreamer, conozco un par de changos europeos y casi no hablo. Solo dos veces en cinco días. Me aburre su historia de venir a divertirse. Y está William, un escritor neoyorquino que se la pasa viajando. Con pelo largo y gris, barba desprolija y barriga impúdicamente al viento. No me termina de caer bien y el último día sabré porqué. Mientras habla con dos alemanes, comenta sobre la incompetencia de los obreros locales –el hostal está en permanente refacción–. “Yo les dije como es mejor hacer el trabajo, pero no hacen caso. Ni sé para qué me preguntan. Acá no les da la cabeza”, dice en un perfecto y cada vez más arrogante inglés. No más preguntas, su señoría.

Serio. Los gringos me robaron la sonrisa (?)


La última noche conozco a dos bogotanos que llegan al Tayrona y pasan una noche aquí. Me divierto tomando algo con ellos y agradezco recuperar el español y el latino. Uno estudia Ciencia Política e intercambiamos experiencias sobre la pútrida infección academicista yanqui que nos afecta por igual. Ellos van con Mockus y tienen fe. Temen, ellos también, porque el colombiano –dicen- es ignorante y cree aún en el discurso de “guerra a la guerrilla”. “La ignorancia llega hasta no votar a Mockus porque tiene Parkinson”, se mofan y lamentan, todo en un mismo momento.

Me voy de Colombia queriéndola, aún más que cuando llegué. Su gente, orgullosa pero humilde, amable y entrañable, hará valer su grito. Para que la paz nunca recubra la miseria y para que la falsa paz deje de existir. Yo sí creo en los colombianos.