Crac, cric, tlac, rrm, ñam, stac.

Cualquier sonido onomatopéyico podría server para este momento. Se mezclan consonantes con vocales, vocales con vocales y consonantes con consonantes. Mis músculos recuperan cierta tonicidad –puedo sentirlo–. El viento gotea por el contorno de mi cuerpo. De pies a cabeza. Las rodillas se destraban y hacen ruido. Flexiono cada articulación y contraigo y expando cuádriceps y pantorrillas. Y gemelos, claro.

Avanzo con agilidad y me hago uno con el viento. Lo siento. Mis oídos se tapan y destapan. Yo solo corro.
“Más rápido argentino, más rápido”, ríe Edwin con ganas. Me inspira e incita el parcero paisa –de Medellín–. Cuando llego me subo al camión y apoyo las palmas de la mano en las rodillas. Encorvo mi espalda hasta alcanzar un ángulo de noventa grados con mi cintura. Una gota de sudor baja de la frente a mis labios secos. Es salada y arenosa. Respiro, agitado y moribundo, respiro. Estaré así los próximos veinte minutos de viaje hasta el Cabo de la Vela –en la Guajira colombiana–.
John, un australiano soso que conozco hace una hora y que se irá sin avisar al otro día, me regala cigarrillos y cerveza. Es su agradecimiento por correr dos kilómetros por la carretera para recuperar su mochila caída de la camioneta. Los acepto, pero lo hice por el gusto de correr un poco y sentirme agitado. Es un placer morboso el de sentir el límite de las propias energías. En todos los ámbitos, por supuesto.

El Cabo es un lugar especial. Uso esa palabra porque es la única que podría explicarlo, además de que aún siendo genérica, es la única que no dice más que la verdad. Especial, y no especifiquemos más.

Volver. Los hijos Wayuu reciben a papá.

Para llegar se requiere de tres transportes y paciencia:

-De Santa Marta a Riohacha: dos horas, treinta minutos y quince mil pesos.
-De Riohacha a Uribia: una hora y once mil pesos (uno de rebaja).
-De Uribia al Cabo: dos horas, treinta minutos y diez mil pesos (cinco de rebaja).

Infinita paciencia para el polvo pegado al sudor y el calor superior a la media tolerable. Al llegar se ve el mar. En el Cabo vive una comunidad indígena de doble nacionalidad. Los Wayuu son colombianos y venezolanos por igual, viven en cabañas, sin agua caliente ni luz –solo un generador de cinco de la tarde a diez de la noche–. Tienen cerros, morros, mar calmo, mar fuerte, mar cálido, mar fresco. Mucho mar. Hay una salina, desierto, ovejas sin lana. Poca gente en temporada baja y cerveza venezolana a bajo precio, como el combustible. Lo dicho y probado: un lugar especial.

Faro. La vista del Cabo, desde arriba.


Los días suelen tener veinticuatro horas, pero el concepto del tiempo no cuenta mucho entre la arena del Cabo. La orilla baña mis pies con su calidez única del Caribe y me repone tras unas horas de caminata solitaria por un desierto que me llevó hasta el Pilón de azúcar. Allí, entre arenales y una salina, se eleva el morro y esconde tras de sí una playa recóndita y paradisíaca. Es temporada baja, dije, y solo estamos los Wayuu y yo. También me cruzo dos chicas del interior argentino con las que intercambio saludo y luego a Iván, un publicista bogotano con el que pasaré mi último día en ese lugar. Con él compartimos unas cervezas en un pequeño costado de la “civilización”. En la tienda “Ballena Azul”.

Paraíso. Solitario y tras el Pilón de azúcar.


“Mi primo desapareció, pero ya lo consideramos muerto. Los paracos se lo llevaron por la fuerza, lo obligaron a formar parte de su lucha. Y murió en una emboscada de las FARC. Nunca se encontró el cuerpo, pero sabemos que nadie sobrevivió a esa masacre”.

Los ojos de Jon se empastan con un reflejo de su dolor infinito e interno. El brillo dice mucho y las palabras le brotan con una naturalidad que estremece. El dolor ajeno nos duele, pero la superación, esa enmienda superficial que recubre al dolor con aceptación, ese nos estremece. O debiera.

“Mi tía jamás pudo superarlo. Le han ofrecido mucho dinero, pero nada le devolverá a su hijo y no, no lo ha aceptado”.
Cruza una mirada comprensiva con Iván. Ambos nos vemos tocados en algún recodo íntimo por la historia de Jon. Luego el bogotano le pregunta lo que yo no: “¿A quién vas a votar?”

“A santos, porque quiero que se acabe la guerrilla ya”.

Iván me mira azorado, se enjuaga el sudor de la frente y le explica a Jon que no, que la seguridad democrática es una falacia. Que Santos es peligroso y que ellos, con Uribe, son aliados comerciales de las FARC con sus paracos asesinos. Jon asiente y entiende, dice. Pero también dice que, aunque quisiera creer en Mockus, han sufrido mucho y ya no creen más.

Salina. Y mis compañías.


De a poco el sol va comiéndose al mar y la charla se apaga. Antes me llevaré unas apreciaciones sobre Venezuela. Jon vivió unos años en Maracaibo y aunque no idolatra a Chávez, habla bien de los venezolanos. Es el primero en Colombia que lo hace y vence el prejuicio común y mediático. O casi el único y, con eso, me devuelve las ganas de pisar cada Plaza Bolivar que haya en ese terruño diz que socialista.

De vuelta en la hamaca que me hospedó las últimas noches comparto unas últimas horas con Marlene, la dueña de casa. Amable y comprensiva, me ofrenda comida ante mi escasez de efectivo y me da pequeñas lecciones de indigenismo. O lo que queda de él en Latinoamérica por estos días.

Choza. El hogar de Marlene y de sus visitas.


“Uribia es tierra de paracos, como Riohacha y tantos otros sitios. Antes los indígenas éramos los dueños, hoy nos ofrecen unos pesos más de lo que vale cada cosa y se quedan con todo”. Jon explica la decadencia de Uribia, capital indígena de Colombia por definición oficial. Y antigua, claro.

“Cuando estuve en Riohacha ni me atreví a salir. Cada auto polarizado es de un paraco. Acá es carísimo eso y sabemos de quién es.” Iván habla con muecas de asco y luego sabré porqué. No es porque el padre, periodista socialista y opositor le haya transmitido el odio en forma genética. No, tampoco por ser un publicista peculiar que se opone al consumismo –extraña paradoja, por cierto–. Ni porque le den miedo, aunque le dan.

A Iván lo frenaron dos motociclistas a una cuadra de su oficina, en Bogotá. Fue hace dos años y los labios aún le tiemblan al recordarlo. Por eso el asco, imagino. Por la persecución, por las amenazas y porque tuvo que cambiar de vivienda y rutina por culpa del asedio paramilitar.

Jon e Iván son solo dos nombres de una historia que más que historia es herida. Abierta y con una cicatriz crujiente a medio formar, que no termina de cerrar. Son la metáfora de la Colombia real, esa que no sale en los diarios. Ni en oficiales ni en opositores. Son caras anónimas del polvo batido sobre el que se juega el destino de la humanidad sin que puedan reconocerlo siquiera. Arden en dolor y rabia. Se muerden los labios hasta que la sangre, siempre hirviendo y al borde de la muerte, se mezcla con sus lágrimas.

Colombia, surcada por el miedo y el terror, cosecha los granos de café con el turismo como bandera de la novedosa seguridad.

Iván hablará un poco más de sus esperanzas en Mockis y de su descreimiento hacia Petro. De la suerte actual del M19. De los ideales truncos de las FARC y su actual negociado con los paracos y narcos. Son tan parecidos que hasta tienen una vacuna conjunta, según relata. Iván me explica el porqué de los buses tan caros y resuelve el enigma que me aquejaba hace un mes, cuando llegué a Colombia por el sur. Para circular por las carreteras las empresas pagan a guerrilleros o paramilitares, según quién controle la zona de paso. La famosa vacuna, que todos conocen y nadie dice. Enigma resuelto y miseria hermanada.

De cualquier forma Colombia me deja el sabor de la acción. Algo, en pintadas y gente, está pasando. Eso, como me dijo María en uno de sus últimos mails desde Quito, da esperanza. En esa esperanza pienso al irme del Cabo y de Colombia.