Un mito, una leyenda o un cuento. Todo aquello que se tiene por cierto sin necesidad de comprobarse su verdad. Pero yo soy un cientista –entre científico y cuentista– social y he de embárrame de mierda para descubrir si la comida es lo que sale y huele tan mal. No me basta la fe, así que voy por la corroboración. En Colombia se dice que Venezuela es la mierda –y en Argentina también, claro–, así que allí voy. Hacia el mismo cloacal si es preciso. Nomás sea para honrar la ciencia, porque seré renegado, pero cientista social al fin.

Baja el telón.

Los que dicen son los medios y los que repiten, los loros. Y los humanos, que no tienen plumas verdes, pero que bien podrían. Único animal con la herramienta del raciocinio y escoge la vía inerte de la repetición. No hay más triste que la pereza intelectual y la aceptación pasiva del discurso ajeno. Los diarios dicen, las radios dicen y yo, se puro berrinche, también he de decir lo propio. Si alguna palabra se repitiera –disculpe usted señora, disculpe estimado caballero–, es culpa de lo acotado del lenguaje ó de mi incapacidad descriptiva. Seguramente de ambas.

Cruzar a Venezuela desde la Guajira es sencillo. Las ciudades fronterizas –primero voy del Cabo a Uribia a las cuatro de la mañana—reciben de madrugada. Cuando llego a Maicao, emporio del contrabando y el chiquitaje, así como de los grandes mafiosos que se ocultan tras los vidrios polarizados, recién me estoy sacando las lagañas.

Como Jon, mi amigo wayuu, me indicó bien, no me dejo embaucar por piratas ni naufragios posibles y me embarco solo en la copetrana. Para eso espero a doce personas que quieran salir. Poco acostumbrados, la presencia de un extranjero agita el avispero. Pero como toda novedad, mi presencia acaba por camuflarse y hacerse invisible al cabo de la primera media hora de espera. Luego esperaré dos horas más hasta que la vieja copetrana de amarillo rabioso –símil Toyota antigua—junte gente al grito de “Maracaibo-mara-mara-Maracaibo”.

Ya de cruzada empiezan mis miedos. Todos fomentados por el decir ajeno. Que en la frontera mataron a dos. Que es peligrosa. Que ahora está jodida. Voy con once guajiros y su correspondiente doble nacionalidad. La copetrana, obediente y paga, aguarda mis trámites migratorios. Las aves migratorias tienen una enorme ventaja, pero ya llegará un presidente tirano e insensible al alma libertaria y volátil de un gorrión y echará candado a sus alas alegando violación del espacio aéreo de su parcela mundana y mundial.

Paso sin inconvenientes e incluso me sorprende que, al existir tanto contrabando en la zona, ni siquiera revisen mi enorme mochila de furioso bordó y veintidós kilos. Claro, parece tonto que un argentino que tiene sellos de tantos países en los últimos tres meses y viaja con once guajiros vaya a querer contrabandear algo en las narices del ejército. No de uno, sino de dos; y, para buenas aventuras, al borde del conflicto. Y tienen razón, no revisen que no llevo nada.

Lo dicho. Los guajiros tienen doble nacionalidad y libre acceso. Al menos por aquí. A mí, barbudo, ojeroso y argentino, me pedirán diecisiete veces el pasaporte entre la frontera y Maracaibo, una hora de carretera más adentro. Una vez chequeado, sin problemas. Aunque me ensucie mucho, salí pulcro en la foto del pasaporte.

Al fin Venezuela y las pintadas rojas. Al fin el diz que socialismo, patria o muerte. Al fin la mierda. O no.

Los cuatro mitos que carga el extranjero se evaporan al sumergirse en la marea roja de Venezuela siglo XXI. Oleaje rosita tibio, Caribe, a decir verdad. Seguro es porque en Rusia hacía frío. Las condiciones del contexto hacen a los procesos emergentes. Incluso el clima che.

Cuatro son las enseñanzas que le endilgan a la República Bolivariana de Venezuela puertas afuera. A saber, repitamos todos loros:

a)      Venezuela está muy mal. Es caótica la situación.

b)      Todo el mundo odia a Chávez, pero no hay libertad de expresión, entonces no hables de eso con la gente.

c)       Hay mucha inseguridad eh. Toda la inseguridad, de hecho, está ahí.

d)      Los venezolanos son gente hosca, bruta, nada amables. Ay, son tan distintos a los colombianos.

Las primeras tres horas en Venezuela, para ser sinceros, refrendan esos mitos. Pero si el viajante tiene paciencia y soporta estoico esos ciento ochenta minutos, puede descubrir mucha realidad tras los mitos que suelen llenar las portadas de los diarios que repiten los loros en el continente.

Llegar a Bomba Caribe no es la mejor opción, es cierto, pero ni ahí hay tanta mierda ni huele tan mal. Es real que uno siente algo de temor y aroma a robo inminente, que es sucio, desordenado y ruidoso. Pero nada malo me ocurre. El propio venezolano teme a ese sitio, pero son las dos de la tarde y nadie me ataca finalmente. Los maracuchos y los venezolanos en general, hablan pestes de los guajiros. Ladrones, malhechores y delincuentes. Vagos y mal entretenidos. Los que yo conozco, los veinticinco o treinta esos, han de ser la extraña y amable excepción. Tanto sentido común y colectivo no puede estar errado.

El taxista que me rescata de allí rompe con la regla. No es hostil. Muy al contrario, me pasea por el mismo precio y me recorre el paseo del Lago, el centro, la Basílica, la Catedral y la Plaza Bolívar. Sin enojos me lleva de hotel en hotel hasta que hayo uno que me cuaja en presupuesto y ubicación. Todavía llevo temor y aunque el cani-calvo taxista sude y sea amable, me sigue repitiendo los males de la inseguridad. Muy hostiles no son, aunque algo más secos que los colombianos quizás. El miedo, pienso, actúa con las mismas propiedades en todos los rincones. Por eso esta gente no se habla ni me habla, están muertos de miedo, locos del susto y ni siquiera están habituados a ver turistas.

Ya instalado y asustado, para ser un buen conciudadano y camuflarme, busco algo que ver o hacer allí. Maracaibo no tiene gran cosa. Un centro desordenado y feo, mezclado con calles lindas, una iglesia lujosa que no sale de la norma, una plaza a su virgen –también lujosa y estéticamente agradable–, la calle Carabobo, con su belleza muy Caminito, muy La Boca, de colores fuertes y atelieres de arte y art decó. El impactante paseo del Lago, alrededor del cual suele haber palafitos –igual que en el río Limón–, que son casas sobre el agua y dieron el origen de la ciudad. De su nombre.

Palafitos. Y la mierda que no asoma.

Luego sí, pregunto en una pequeña panadería céntrica qué puede ofrecer esa ciudad. “El Galerías o el Sambil”. Ambos son centros comerciales, malls, shoppings. En Maracaibo –luego veré que se repite en otras ciudades del país—lo más atractivo son los centros comerciales. Qué triste, pienso y me voy a dormir con aire acondicionado en mi hotel que es telo –tiradero aquí—y me deja alojarme solo a pesar de. Antes pruebo contactar a Alexander, amigo de un amigo de un amigo. O sea, un amigo.

“Menos mal que atendiste porque mañana mismo me iba de la ciudad. Qué hostil la sentí”.

Le confieso a Alex mi impresión, mientras tomamos la quinta cerveza de un cajón de treinta. De las pequeñas, aclaro para los voceros de mis vicios. Me recibió, me contó un poco de su lugar y me invitó a lo de su primo a beber. Gran idea.

Paisa. Alex, con su sonrisa pegada.

Maracaibo amanece mejor y me voy a casa de Alex a instalarme. Él estudia diseño gráfico, trabaja en una agencia de Mercadeo –renunciará el mismo día que me mudé a su casa—vive con sus dos hermanos, los padres y el abuelo paterno. Tiene veintiún años, mucha chispa para cualquier cosa que se le proponga hacer –vendrá conmigo a Mérida–, risa estridente y contagiosa y cara de colombiano. De paisa, con labios gruesos, para ser precisos.

Con la familia león descubro otro costado de la ciudad. Cálida y amable. En su barrio todos se conocen, los vecinos dejan las puertas abiertas. Puede entrarse a cada casa y la familia, muy latina, siempre unida. Las tías, las primas, el primo, el hijo del vecino. Cada uno me trata con dulzura y hospitalidad esmerada. En cuatro días ya soy miembro de la familia y todos me alimentan y dan consejos. La abuela materna, hueso duro de roer y tragar, me reta por la barba crecida, por las ojotas que llevo –cotizas, según ella—y me da ponquecitos –muffins latinos– para el viaje a Mérida. Así es mi vida en el mundo de Alex. Allí la amabilidad es ley y uno, inevitablemente, se siente en casa.

“Hey, Bin Laden”. Así me dice un chamo que cuida la puerta de un local de hamburguesas. Ni me ofende ni lo intenta, es alegre y quiere simpatizar. Todos, a decir verdad, lo quieren. Todos aman a la Argentina con devoción elocuente e incomprensible. Fran, un vecino de quince años que ya me idolatra por haber nacido en Argentina, me dice: “Nunca conocí un argentino en persona. ¡Qué alegría!”. Me sorprendo, claro, y no puedo evitar la risa. Es fanático de la AFA –así le dicen a la selección—y Alex también lo es. Él si vio argentinos: estuvo cuatro veces en Buenos Aires y vuelve en unos días. Fanático de verdad.

En Maracaibo se me pasan os días con facilidad. De a dos se pierden en el anecdotario del viaje. Conozco, entre otras cosas, la Universidad del Zulia, pública y de nivel. Y allí, adivinen qué, el comedor para alumnos cuesta cincuenta centavos de dólar, las aulas tienen aire acondicionado y un ciber propio para los alumnos absolutamente gratuito. Yo, orgulloso pero pasmado y envidioso, tengo a la UBA.

Sinamaica. Puerto en la laguna.

Creo que lo dicho hasta basta para desterrar de un paso dos mitos de cuatro. Venezuela no es hostil ni su gente hosca. Se cruza el umbral del miedo con facilidad y, créame, no se arrepiente uno. Venga, haga el intento. Por otra parte, no parece ser tan inseguro, pero: ¿Qué puedo decir yo turista, si se quejan los maracuchos?

¡Ya sé! Puedo recordarles a todos, sean de donde sean, que existe la inseguridad y existen los paranoicos. Que existe la inseguridad y los fomentadores de ella. Que existe la inseguridad en todo lugar en el que la desigualdad cale hondo –y lea historia m’hijo, Venezuela se quiebra en dos en el momento de la distribución de la riqueza: los que todo (pocos) y los que casi nada (todo el resto)–.Que existe la inseguridad, pero que antes sus causas. Como siempre dije en mi inseguro país: si anulamos eso tenemos analistas ciegos y, peor aún, soluciones de mentira. De esas con policía y armas y mucho pero mucho castigo ejemplar.

Yo no quiero eso. Ni para mi país ni para Venezuela ni para ningún terruño inhóspito de este planeta que no se muere aunque lo intentemos con ahínco. Y para eso es que hay que desterrar los mitos. Venezuela dos, mierda cero.