“Yo quiero que el barriiiiismo crezca”.

Gamín me habla con los ojos rojos, mientras se saca la camiseta de Atlético Nacional de Medellín, que le regaló la gente de esa barra. Estamos en su casa, donde vive con su novia embarazada –“está brava porque no dejo la barra”—y unos amigos. En el departamento de planta baja de un mono bloque típico de las ciudades de Latinoamérica. Tomamos agua y él algún sorbo de vino en cartón. Lo conocí ayer en el partido del Deportivo Táchira en el Estadio de Pueblo Nuevo –“El Templo”–, donde dicen que Caracas FC no viaja y donde la leyenda cuenta que incendiaron el bus de ese equipo hace once años. En Venezuela, más acostumbrados al beisbol, le dicen juego.

Chávez. Siempre presente.

“Perdón por lo de ayer, estaba pasaaaado”. Gamín se disculpa. Hoy está sobrio al menos, pero sus gesticulaciones y modismos lo hacen ver igual. Fanático del Táchira y de Chávez, habla estirando las vocales del medio y, a veces, las del final. Un ejemplo, cuando le digo que acá la barra es más sana que en Argentina y dice: “Claaaaaaro, Papaaaaaa”.

Hablemos un poco de eso. De la barra “sana”. Es domingo cuando llego a San Cristóbal y Jhonathan, que me hospeda en su casa, es fanático del Deportivo Táchira y me lleva al juego. Allí estoy en mitad de la barra más brava de Venezuela, con mi camiseta de Central –aunque sea un regalo del profe Marcovich, ex Táchira y fanático canalla, a Jhona–. Todos se me acercan. Un hincha argentino en un estadio de fútbol venezolano genera una atracción incomprensible aunque explicable: veneran a las hinchadas argentinas, su organización y su mística televisada.

Central. Presencia canalla en Táchira.

“Yo quiero eso para mi equipo, pero sin lo de la mafia”, explica Gamín con su voz en modo lento y cortado. Es exaltado, rubio, de ojos claros, tez blanca y panza de poco ejercicio y mucha cerveza. Panza de Venezuela.

Gamín es parte del comité principal de la barra y trabaja en la boutique del club. Me regala una remera –franela por estos lares–, un gorro y me muestra los innumerables tatuajes de los fanáticos del club en un video de youtube. Me pide que lo contacte con los hinchas de Central y que difunda al Táchira en Argentina. Por él, pero sobre todo por la infinidad de amigos que dejo en esa barra –me llevo bufanda, pulseras y hasta posters–, cumplo.

Táchira tiene solo treinta años o algunos más, un bonito estadio que fue sede de la Copa América y dos jugadores argentinos, Nico Diez –aquel campeón del Mundial Sub 20 con Riquelme y Cambiasso—y David Solari –el menor de la dinastía–. A ellos los conozco apenas salen del entrenamiento al que me lleva Gamín y quedo para cenar con Solari, confeso hincha canalla. Finalmente no podremos, pero me llevo la gratitud de volver a sentir el calor que se genera cuando dos desconocidos hinchas de Central se encuentran en algún rincón del mundo.

El Che. Otro que siempre está.

Con los chicos de la barra –mucho alcohol, pocas drogas, ninguna delincuencia—pasa algo similar. Ellos están embelesados con mi argentinidad futbolera y yo les reconozco el desmadrado esfuerzo para que crezcan el club y, sobre todo, la hinchada. El equipo está tercero y no superan los diez mil fanáticos en las tribunas. El partido con el Deportivo Mónagas comenzó mal y se revirtió. Me toman de amuleto y me invitan a seguir su rumba hasta Caracas, para el clásico del miércoles, pero tengo un viaje relámpago a Cúcuta que no me lo permite. De todas formas los que no viajan se juntarán a ver el partido en un bar del Barrio obrero –irónicamente una zona símil Palermo de San Cristóbal—y allí estaré yo, para sufrir el revés del cero a uno inmerecido. Me iré bebido y con el orgullo de que me incluyeran a tal punto de que les dejo una canción para que suene en su barra. Sería un honor que los locos de la Avalancha Sur y la banda de la Vereda canten mi pequeño regalo.

Gamín intenta explicar que no vive de eso, que trabaja en la boutique y que su familia tiene mucho dinero. A pesar de estar pasado y enajenado por el fanatismo y algunos licores de más, es inofensivo, cálido y le creo. No así cuando habla de socialismo y revolución. De Chávez y de su familia, que tiene dinero porque trabaja en logística para el Gobierno y otras yerbas del PSUV.

La Avalancha Sur. O la Banda de la Vereda.

Gamín –su verdadero nombre es ruso y no lo recuerdo– sabe de las necesidades de los que no tienen, pero no tiene puta idea de hasta qué punto llega su enajenación y las palabras le brotan de la garganta.  Se ahogan en un oleaje balbuceante e indefinido. Apenas comprensible. No volveré a verlo, pero ojalá pueda tranquilizarse y ser más calmo, como Jhona y Andresito. Ellos lo llevaban a la cancha cuando era un chamito apenas. Ojalá por él, por Táchira y por el hijo que vendrá. Es un buen tipo y se le nota, pero visiblemente enajenado por el barrismo y el socialismo superficial.