“Cúcuta es muy bonito, podés ir a muchos centros comerciales”, me dice Rosa, la mamá de Jhonathan. Ella es bondadosa y cálida, pero no sabe cuánto detesto la fascinación de los venezolanos con los shoppings y el consumo. Empiezo a creer que los problemas con Chávez, el racionamiento y la escasez tienen más que ver con una devoción por el consumo que con un problema real. Por suerte, con los días veré que no. Qué es eso, pero combinado con torpezas de un Gobierno que no acaba por tener un rumbo definido.

Llego a Cúcuta por aventura. Ya estando inmerso en Venezuela, no hay necesidad de regresar a Colombia, pero hay dos motivos para mi viaje hacia allí –que requiere sólo dos horas–. Primero están las ganas. A los trece años, con unos compañeros de la secundaria formamos un equipo de para un torneo de fútbol cinco con el nombre del equipo de esta ciudad, Deportivo Cúcuta. Para más emoción –o ganas—a ese equipo lo dirige hoy Juan Carlos “el Nene” Díaz, que es amigo de Claudio Jara, mi entrenador en Buenos Aires. Pienso visitarlo y entrenar con ellos. En segundo lugar aparece la búsqueda del temor. De alguna forma Venezuela lo fue –por las advertencias previas—y Cúcuta lo es, por las voces que mencionan a gritos el peligro fronterizo.

Cruzaré como pensaba: a pie y sin problemas. Incluso busco yo mismo los puestos de migraciones a ambos lados de la frontera, porque los locales –de ambas banderas—circulan libremente. Evidentemente el discurso que cubre el sentido común de los loros y los medios, sigue recortando el pensamiento independiente.

Ya en la caliente Cúcuta camino con un recién conocido hare krishna hasta el centro de la ciudad. Es agradable y me invita a comer al restorán de su templo, pero desisto porque prefiero buscar un hospedaje antes de que oscurezca. Diremos de vernos luego, pero no lo haremos. Hay algo de su espiritualidad que me agrada, pero algo de su pasividad resignada o elegida y amable, que me exaspera.

Entre el imponente Mall Aventura y la Plaza Centra, obviamente Santander, como San Martín en casa y Bolívar en Venezuela o el centro de Colombia, se disparan centenares de negocios y más comercios. Si es cierto que en Venezuela también hay, pero Colombia no suele destacarse por ello y en Cúcuta, como su fuera una estrategia de seducción al punto débil del venezolano promedio y consumista, brota el comercio por doquier.

No hay mucho más allí, aunque la ciudad no sea fea y me guste sentarme a tomar café y ver a la gente pasar. En el hospedaje me aseguran que la zona es peligrosa en la noche así que vuelvo temprano e intento dormir con ayuda de un ventilador y un agua mineral tibia. Seré aventurero, pero sé cuando resguardarme a tiempo.

Ya en la cama encuentro el debate pre electoral entre los seis candidatos presidenciales con más chances para la prensa “especializada” de Colombia. Santos, Mockus, Petro, Noemí Sanín, Vargas Lleras y Pardo. Entre el del Partido de la U –de Unidad y Uribe–, la conservadora, los liberales y tembleque Mockus, no hacen más que tirarse flores, disculpas y concesiones. El único que disiente con firmeza y expone con criterio ante el embate de los otros –excepto Mockus que, intuyo, algo esconde—y aún de los “neutrales” periodistas, es Petro, del Polo Democrático. Me agrada su oratoria punzante, si chicana precisa y que no se pone nervioso. Claro, por eso mismo que me gusta es por lo que no ha de ganar: firmes propuestas de un programa socialista.

El debate me duerme finalmente, pero antes alcanza a decepcionarme Mockus en un ochenta por ciento. Tibio, le pide perdón a Santos y a Uribe y no se juega en nada. Estratega, pero la mejor de esa noche, en ese sentido, es Noemí, que parece tener un doctorado en marketing político. Igual, si a prensa no se equivoca ni manipula –-risas sugerentes golpean mi mollera–, Santos entrará en segunda vuelta junto a Mockus. Mala suerte, habrá que volver a apoyar al tibio para evitar al demonio. La historia se repite. Siempre.

Amanece más fresco y camino al estadio. El Nene me ha dicho que pase a las siete de la mañana, para el entrenamiento. Es a esa hora por el insoportable calor. En Cúcuta se ven más shoppings y menos militares que en el resto de país. Apariencias engañosas que engolosinan al venezolano, claro. Llego al estadio y, mientras me recibe el profe, descubro la facilidad con que se accede al entrenamiento de un equipo de primera división. No sé porqué, pero me sorprende en un país en el que se respira temor.

Veo todo el entrenamiento, en el que destaca el ex Parma de Italia, Jorge Bolaños, y luego de patear un rato con los que quedan afuera, espero la salida del profe para charlar un poco. Los entrenamientos de primera no son tan diferentes a los de un equipo de amigos. Trenzas, centros, definición, ataque contra defensa y el infaltable picadito. Lamentablemente no me animo a pedirle al Nene que me pruebe de cinco o de tres, al menos. A modo de cierre a mi inexistente carrera de futbolista, me prendo un cigarrillo.

Juan tiene un hablar paisano. Se alegra de ver un conocido y se le nota. Amable, con ganas de triunfar y de ver a su familia. “Uno vuelve cada tanto para no acostumbrarse a la distancia. Eso es lo que es más feo, cuando te acostumbras. Bueno, vos estás viajando y me entendés, seguro”, sonríe el profe. Yo la verdad no sé si entiendo el desarraigo del que se asienta en un lugar. Viajar en forma permanente expone al hombre a la constante sensación de ser ajeno y estar solo. Aunque logre familias y gente con que jamás dejará de tener un lazo en el ovillo de la memoria viajada, repite sensaciones de extrañar y de soledad. Es un desarraigo distinto, pienso.

“Qué pena que no pudimos hablar más, si volvés venite y buscame che. Suerte en el viaje y saludos a Claudio y a Adrián”. El profe me abraza con sus manos ásperas y entre las arrugas al costado de la boca, leo las ganas de un asado en familia. Aunque, claro, también quiere triunfar allí y que le renueven el contrato. “La vida es así, a veces te sorprende. Yo estaba en San Antonio –pueblo fronterizo con Cúcuta, del lado de Venezuela—y estaba muy mal. Nos había ido bien en el primer torneo y luego de ascender nos fuimos a pique. Encima es muy pobre, ni un peso veía. Ya me estaba por volver a casa, pero jugué años acá y me llamaron para agarrar el equipo”, dice con los ojos iluminados.

Se lo merece, pienso, mientras me muestra los buzos que le pidió a los arqueros para llevar al clubcito de San Antonio. Donde nadie le pidió nada, pero al que él siempre vuelve. Luego sí, me despido y él se queda hablando con el cura local para que bendiga al equipo antes del partido del domingo.

Camino rápido hacia el Mall Aventura porque Leo –amigo de Jhonathan—me viene a buscar hasta esta ciudad y es la hora acordada. Esto sirve para refutar la idiotez del venezolano hostil, pero ya me liberé de prejuicios cuando dejé el rol de cientista social un par de capítulos atrás.

Leo se retrasa y yo hago lo que más me gusta. Compro dulce de leche y lo disfruto, mientras leo en un banco enfrente del mall.

Una vez más a las fronteras y sus sorpresas. Mientras cruzamos el puente y ya habiendo sellado mi pasaporte, veo a ambos lados los símbolos del contrabando. Changos, parces, panas o chamos, llevan mercadería de un lado a otro. No doy crédito a la insolencia. No la de los peones, que no es grave, sino la de los ejércitos, que se la dan de severos y no son más que,  otra vez, simples espectadores. Colaboradores y rectores de lo que dicen evitar a punta de pistola. Menos mal que Argentina tiene un ejército débil, sino todavía estaríamos aún más fregados. Lo sé, una obviedad amarillenta y setentosa, pero con ferocidad latente aún hoy.

Ahora sí, adiós a las armas. Como Hemingway, dejo el país del ejército más presente y ya no volveré. Aunque su gente sea dulce y el éxtasis de su café un Olimpo. Lo extrañaré, pero no por su costado aparente en Santander. Allí en el norte, donde Cúcuta se pervierte para atrapar al venezolano.