“Yo no lo puedo ver. Es cierto, adecos y copeianos se repartían todo lo robado antes, pero este es peor”. Las palabras de Cheo –José—rebotan en las paredes blancas de su bonita casita colonial, en un barrio tranquilo de clase media en San Cristóbal. La ciudad es opositora y el departamento de Táchira casi que también, pero entre gobernación e intendencia –alcaldía aquí—se cuelan chavistas y eliminan a los antiguos trabajadores del Estado local. Cheo y Rosa, su esposa, eran parte del staff público. De ahí proviene parte de su furia anti chavista.

La familia Saavedra vive bien. No pasan apuros, pero tampoco les sobra dinero en exceso. Cheo es hoy director barrial o comunal, o alguna otra figura similar, y Rosa vende hallacas y bollitos, entre otras delicias venezolanas hechas con harina de maíz, carne, frijoles y arepas. Los hijos son grandes y se bancan solos ya, pero conviven los cinco. Además de mamá y papá, están Jhonathan (30), Jefferson (28) y Jackson (18). Ah, también la novia del segundo, que está embarazada de ocho meses en estas fechas.

Jhona. Saavedra y Táchira, genética pura.

Llego a casa de ellos por una amistad entre mi hermano Abuty y Jhona, que se originó en la Copa América de 2007 jugada en ese país. Me reciben como un miembro más y en solo una semana me ganaré su cariño. Y ellos, claro, el mío.

Los dichos de Cheo sí agotan, porque habla fuerte y mucho. Pero sobre todo porque le añade pizcas de discurso ético, moralista y abrumadoramente soberbio. Es un gran hombre, cálido, chistoso y atento. Solo se descarrila a mis ojos cuando habla de Chávez y le salta la térmica. El bigote prolijo se mueve al compás de su labio superior nervioso y las venas del cuello y la frente se le tensan y marcan. Rosa es infinitamente más conciliadora y me cuida como a un hijo más. Me alimenta, se preocupa por mis viajes y se interesa por mis diatribas izquierdistas con respeto. Creo que hasta logra entenderme.

“No digo que esté todo mal, pero nos limitan todo”. Jhona no comparte conmigo. Sí me entiende, pero tiene una cuestión de piel con Chávez. Y, claro, algo más pragmático –igual que Alex, el maracucho—, ambos viajan mucho y van seguido a la Argentina. Su preocupación pasa por la escasa cantidad de dólares de los que pueden disponer para viajar.

El tema del dólar es uno de los más complicados en toda Venezuela. Claro, en los que acceden a esa divisa o pretenden hacerlo, no en las mayorías. Oficialmente a 4,3 bolívares por dólar, pero en posible alcance desde 6,2 hasta 8 bolívares por dólar americano. Oficialmente vedado a los venezolanos que, en afán turístico o consumista –pues hablamos de clases que pueden darse ese lujo–, se quejan y hastían. La medida es, oficialmente, para parar la fuga de capitales, pero hay tantas formas de violar la norma que parece ridículo. Además, los empresarios ligados al poder y sus resquicios siempre habitables por funcionarios y manos negras con acceso, suelen hacerlo sin problemas. Y no son los únicos.

Jeferson me cuenta de las maniobras que se tejen en Cúcuta con la compra de cupos y el paso de tarjetas. Los intermediarios ganan miles en esa tranza. Y, si bien hay control, el negocio no cesa. Él trabaja en un banco y tiene su auto propio y su Blackberry lógica. Ni decir que odia a Chávez. Es un gen en los Saavedra y en casi toda persona de clase media de Venezuela.

D'artagnan. Y sus tres Saavedras.

Jhona y Jackson también tienen sus correspondientes Blackberry. Son sencillos, pero no analizan más que desde su interés personal. Como Cheo, aunque él, padre y ético, viste su discurso con el perifollaje del bien colectivo y la limpieza política.

Ninguno me concede bonanzas, pero reconocen que antes tampoco hubo buenos políticos. Hay algo de automatismo en la queja. Chávez logró ser líder omnipresente y le valió amor desquiciado de muchos, pero también la culpa de todo lo que allí ocurra.

“Acá si no llueve es culpa de Chávez”, me dirá un amigo chavista en Caracas unos días después. En la broma hay mucho de verdad y poco de gracia. La realidad venezolana es estimulante y el proceso –que tiene dinámica, aún incómoda y desorganizada—, muy vivo.

Entre los Saavedra comprenderé un poco más el espíritu antichavista y la familiaridad de estar como en casa. Es arduo no caer en una defensa de Chávez cuando las críticas son tan sosas ó, peor aún, egoístas. Por años, han vendido al venezolano promedio una cultura de alcohol, consumo y más consumo.

Jhona será como un hermano temporal y hasta me conseguirá un trabajo. Una changa digna. “Pasame un chori, che”, me dice cerca de las dos de la mañana. Yo llevo seis horas al frente de una parrilla en la fiesta para trabajadores del supermercado en el que trabaja. Serán siete horas de laburo, quinientos chorizos y quinientas mazorcas asados en una carreta con parrilla empotrada. El calor y la exigencia de los empleados festejantes, pero cerveza libre y cienco cincuenta bolívares para mi economía viajera. Yo me divierto como loco entre las bailarinas de salón, un Sargento García y cuarenta vaqueros. La fiesta, claramente extranjerizada, es de cowboys.

Allí conozco a dos panas interesantes que algún día quizás vuelva a cruzar. Son divertidos y frenéticamente venezolanos: adoran la fiesta, el alcohol y el buen vivir. Son divertidos y están tristemente corroídos por una cultura pervertida a los intereses capitalistas. Y, entre tanto, entre cerveza y compra, entre aguardiente y fiesta, el mundo gira y pisotea a los desposeídos y olvidados que no tienen acceso a la fiesta. O, peor aún, a la fiesta sí, pero a los regalos no. Solo a la resaca.

Esa es la idea que se despierta conmigo y la resaca del día después. Es triste y no quiero la hipocresía del moralista. Yo quiero una cerveza y me gusta vivir bien, pero soy consciente de lo colectivo. O eso creo. O eso digo y grito. Conjunto que, para bien o mal, tiene que comerse inevitablemente a lo individual en algunos casos.

Tirano es quien no sepa dominar su propio interés. Tirano quien hable sin vacilar sobre las limitaciones a su consumo. Tirano el que olvida a las masas oprimidas. Los Saavedra me conmueven por su hospitalidad y su clara vocación de brindarse. Lamento que se reduzca al núcleo íntimo.

Saavedra. Bondad y familia.

Cuando el ser humano promedio extienda su cariño a la humanidad completa, será más sencilla las faena emancipatoria. Hasta entonces tendremos millones de Saavedras. Bondadosos, cálidos y emocionantes, pero inocente o inconscientemente egoístas.