“Lamentablemente no voy a poder ir, chico”. Alex habla con tono melodramático y se lo ve sinceramente apenado. Yo no me aflijo tanto, he conocido y convivido familia desde mi llegada a Venezuela y se me antoja estimulante la idea de partir solo a otros rumbos. Alex es un buen chico, pero como dijo su tía Cheli en Mérida, miente bastante. En realidad no sé si sean mentiras, más bien pareciera que promete mucho y cree fervientemente en su capacidad de cumplirlas. Pero, a decir verdad, la mayor parte del tiempo está apenándose por algo que no pudo cumplir. Me da un poco de pena, porque es un gran amigo y con menos de la mitad de lo que me ha brindado, me hubiera hecho sentir bien igual.

Al salir de Maracaibo solo se siente calor y el deseo de huir. Por suerte, el aire que se cuela por las ventanas del micro me alivia un poco. Casi ocho horas de viaje y varios medios de transporte me dejarán en Tucacas, un pueblito costero en el estado de Falcón. Allí llego luego de pasar por Coro y sortear una huelga local que cortaba la ruta.

“Acá solo podés entrar hasta las diez de la noche. Después de eso cierro la puerta y dormís afuera”. Carlos no es nada simpático, pero con las horas se irá haciendo amable y servicial. En su casa consigo una habitación digna, pero repleta de mosquitos y calor. Carlos habla más cerrado que el resto de los venezolanos y tiene achaques de viejo cascarrabias. Aún con eso, acabará por ser un buen guía local y se mantendrá bondadoso –aún cuando siempre tenga el entrecejo fruncido y se rasque la cabeza disgustado—hasta mi partida.

Quizás se haya ablandado por el verde dólar: cuando le pago me ofrece cambiar bolívares a seis punto cinco y eso me vale su gratitud. La única vez –y espero última también—en que vendo mi amistad y buen trato. Qué triste se me hace la gente que siente con los billetes.

En la mañana me despego de la cama con esfuerzo y me ducho en mi habitación –con agua podrida de un tanque–. El recorrido tempranero me dará varias horas en las playas más impresionantes que jamás haya visto. Un paraíso relativamente virginal. Cayo Sombrero es el más impactante de los destinos. Agua cristalina es un clisé, pero es así. Azules intensos hasta hacerse grises y la mágica inmensidad de la soledad en compañía del viento.

No sé qué decir.

Playuela es un paso previo y deslumbrante, pero menos que lo que llega después. Cuando encuentro un tronco donde reposar y dejarme abatir por el sol en forma despreocupada, me avisan que es la hora de partir.

En la lancha –que por cierto se tambalea en el vaivén de las olas golpeando con fuerza y poniendo a prueba mis nervios—conozco a cuatro maracuchos alegres, pero infinitamente opositores y enojados. Son trabajadores de un casino de Maracaibo y se quejan de absolutamente todo. Son de clase media y media baja. Cobran entre mil doscientos y cuatro mil bolívares y llevan entre dos y doce años en la empresa que, reconocen, los explota.

“Esto es desastroso porque sacaron a los que manejaban las empresas estatales –PDVSA, ENELVEN, etc.—y pusieron gente impropia. Todos los presidentes ponen y sacan funcionarios, pero este ha politizado las empresas”.

No sé por dónde comenzar a desarticular el discurso apolítico de mi interlocutor de ocasión. Alberto se acomoda los anteojos y se acaricia la panza prominente. Mira y escucha atento, pero tiene su visión muy clara: “El único medio aceptable es Globovisión”. Cuando una conciencia está tan dormida y el cordero tan encarrilado, me da pena. Una profunda pena, pero sobre todo me aburre soberanamente.

De alguna forma logro explicarle que a mi visión todo es político. Que es lógico que un Gobierno quiere el control de las empresas vitales de la economía nacional con “su gente” y que, sobre todo, las inversiones privadas, que él endiosa, son las que expolian su propio trabajo. Alberto está de acuerdo con que una empresa privada explota, pero de alguna u otra manera se las ingenia para restarle importancia y hablar de las miserias de un hombre: Chávez. El Presidente es precisamente eso. Un hombre, una pequeñez con miserias y bondades. Un hombrecito con contradicciones y mucha vocación de lucha. Aún errante y sin un sesgo unívoco.

Sé que algo quedará n Alberto y las tres mujeres que bebían cerveza y bostezaban con nuestra conversación. Será poco, o algo, ya verán ellos. Yo queriendo discutir sobre las miserias del capitalismo y ellos tan empecinados en cuestionar a una figura y en subirse lo más posible a las migajas que el sistema les tiene preparadas.

Cuando me cuestiono sobre la capacidad del oprimido para ver su situación, encuentro a José y Carla, dos caraqueños de clase media alta. Ellos, que tiene todos los vicios de su condición de clase –oro, joyas, viajes y preferir Estados Unidos a todo–, al menos ven cosas positivas en el proceso chavista. Y yo, tan ajeno y desnudo de libros, trato de entender el porqué.

José es ingeniero en sistemas y trabaja para una naviera. SU novia trabaja en migraciones en el aeropuerto Maiquetía. Tienen camionetas y planes de riqueza y viajes. Son, como el venezolano promedio, bon vivants. Aún así buscan ser medidos y respetan mi socialismo anticuado –porque aquí corre el del siglo veintiuno, claro–.

José y Carla me llevarán hasta Caracas en su camioneta lujosa. Les agradeceré porque en Venezuela es difícil que te lleven a dedo. La gente es miedosa e individualista cuando está a bordo de sus naves solitarias y sectarias.

Tucacas me deja sus cayos enquistados en la retina. Tanta belleza natural colapsa los sentidos y embellece hasta la tonta belicosidad de Alberto y sus maracuchas. Ir a Caracas se me hace difícil en principio. Porque se dice peligrosa. De cualquier forma, quiero ver el epicentro del proceso bolivariano y chavista. Aún hay mucho por descubrir y comprender allí.

Estaré solo quizás, pero me guardo la cálida compañía del mar y las aves que pululan por Tucacas y sus cayos. Mientras José habla de cambiar su camioneta y Carla refuerza y renueva su amor por Disneylandia –“¿A Cuba?, mira que si te sellan el pasaporte ya no podrás ir a EEUU”—miro el mar a lo lejos y el sol de la mañana recordándole su amorío nocturno con la luna que aún no se va. Allí, donde el aire es salado, vale recordar que la felicidad es inmaterial y no se la aprehende en ningún objeto. La vida, con tanto anhelo material, se cuelga de la nada y pierde sentido. O, al menos, lo retrasa. Lo disimula.

La plenitud excede al ser humano. Que se contente con joyas o con besos, eso ya está en cada quién. En Tucacas, al menos, solo hay que respirar. Inhalar, exhalar. Así.