“Cuando Fidel vino a Chile en épocas de Allende dio un discurso para una multitud que lo aclamaba. Pero años más tarde, cuando estuve en Cuba –ya exiliado—, nos dijo a todos los extranjeros que nos maravillábamos con la isla y su revolución: ‘¿Les gusta? Entonces váyanse mañana mismo a intentar implementar algo así en Nicaragua, Bolivia, Chile o cualquier país de América”.

Gerardo recuerda la historia con fulgor en su mirada Un brillo que hace pensar en la memoria viva y el fuego aún crepitante de un soñador que ha luchado. Gerardo tiene poco más de sesenta años, un bigote desprolijo y la camisa desalineada. Se exilió en los setenta y hace más de treinta años que vive en Caracas. Junto a Michel y Ramón, son la vieja guardia chilena en el exilio. Ellos dos son unos años más jóvenes, pero no muchos.

Estamos sentados en un café de la Sabana Grande, zona céntrica y bastante comercial de Caracas. Como en buena mesa de café, no faltará la charla política –al fin y al cabo trabajan en el Gobierno y a eso he venido–. Pero también se hablará de mujeres y de fútbol. Aunque Gerardo es el más entusiasta y quiere que le hable de eso, y Ramón le recuerde que tenemos asuntos más urgentes que tratar. Temas más “serios”, como si hubiera algo más serio que el fútbol, las mujeres, la política y el café.

A Ramón llego a través de María Garcés, mi amiga ecuatoriana. Se conocen desde hace años, cuando ambos intercambiaban discusión política en la diáspora. Ella, quiteña, él, de Valparaíso; y juntos, en Argentina. Ramón es de estatura mediana, sonrisa medida y gestos fuertes. El primer día me paseará por el centro caraqueño y sus mil historias. Del libertador Bolívar y su plaza, de los edificios públicos y más importantes, del museo donde estaba la cárcel donde alojaron a los antiguos guerrilleros de los sesenta y de las zonas de Bellas Artes y Parque Central, entre comercios, gentíos y museos varios. También por el Hotel Alba, que fuera Hilton primero y expropiado después.

Caracas se me abre en un frondoso campo de batalla imaginario en el que se dirime a diario el rumbo y destino de un proceso para muchos, y para Ramón, revolucionario. Recorremos bastas zonas y usamos el transporte púbico local y efectivo. Nada parece ser lo peligroso que prometía.

Cemento. Y desorden.

A Caracas llegué por la mañana con José y Carla. Ellos me dejaron en el Barrio San Antonio –o “ciudad”—a media hora de auto del centro. O una y media con tráfico. San Antonio es conocida como la ciudad dormitorio, porque la mayoría de los habitantes de ese rincón de clase media alta, baja desde el cerro de la gran Caracas al centro, para trabajar. Allí cojo un bus.

“Yo de joven viajé por todo el mundo de mochilero. Soy socialista, pero Chávez no hizo lo que prometía”. Ignacio Lezcano es paramédico y conferencista. Suelta las palabras de a una, pero en marejadas y  sin un orden definido. Conoce casi todos los países del mundo y lo encuentro –extraña suerte la mía—en ese bus que me internará en el centro de Caracas. Me habla, escucha y me aconseja. Con la bondad que reluce en su hablar calmo y pausado –y en la incipiente calva que se acaricia con melancolía, como si añorara sus viajes y sus pelos–, me acompaña desde Plaza Venezuela a la cercana calle de los hoteles, donde espera paciente mi búsqueda de alojamiento.

Ignacio me da una mano con eso y luego se despide. Me deja sus datos y me pide un solo favor. Que lo llame o le escriba al regresar de Cuba, para que le cuente lo que vi y mis impresiones al respecto. Él, socialista y viajado, ya tiene las suyas. Prometo cumplirle y lo haré. No veré de nuevo a Ignacio en Caracas, pero guardo profundo respeto por su historia y su pensar consecuente. Todo queda sellado en un fuerte apretón de manos. La mía, suave y bronceada por la sal del mar Caribe; la suya, blanca y rugosa, bien de ciudad y trabajo.

Mientras desandamos las calles de Caracas, Ramón me cuenta todas sus apreciaciones sobre el proceso que vive Venezuela. Él y sus compadres coterráneos son fervientes defensores de Chávez y su accionar. Cuando llegamos a Parque Central, trepamos al Metro Cable que lleva hasta el cerro céntrico de San Agustín. El ultra tecnológico y lujoso medio de transporte tiene solo seis meses de funcionar y alivia el tránsito de millones de caraqueños que descienden en las cinco estaciones aéreas que visten los cerros aledaños.

Allí, en la altura, hay barrios únicamente. Es decir, villas, pobres, techitos de chapa, ladrillos rotos, adobe, paja, cemento desnudo y todo muy desprolijo. El transporte público no subía hasta allí. Tampoco lo hacen los camiones de basura, por eso tienen conductos metálicos en las laderas de los cerros, por donde botan la basura hasta el centro bajo donde es recogida. O donde debieran hacerlo.

Caracas es muy sucia, pero Ramón explica que la culpa es del propio Gobierno y el mal manejo de las recolectoras. Él trabaja ahora en un proyecto para mejorar la gestión. “Hace años que me dedico a esas tareas”, explica. “Yo ni terminé la universidad, soy un soldado más que un intelectual”, añade luego. Hay cinco empresas –tres públicas—y quieren unificar el servicio para congeniar un diseño y recolección más eficiente. Vendría bien.

Caracas. Y sus cerros.

En San Agustín no bajamos, pero en nuestro vagón viajan: un joven de treinta, un viejo de setenta y dos niñas de diez que escuchan su reproductor de mp3 y cantan a los gritos. El joven de treinta y el viejo de setenta, ambos con los ojos cansados y acostumbrados a ver tanta miseria, alaban el Metro Cable y agradecen: “Chávez es el primero que hace para los pobres”. Yo agrego –cuando bajan y para Ramón–, el primero que hace para los pobres y con calidad y nivel de ricos. De igualar también se trata, creo.

Le comento que Eva Perón dijo eso, de hacer cosas para pobres, pero no “de” pobres. Le advierto que lejos estoy del populismo peronista, pero le reconozco la vital importancia del Metro Cable para ese sector de pobreza. Él me cuenta que están proyectando nuevas líneas en otros de los infinitos cerros que miran y asedian al valle central en el que está la Caracas pudiente. La Caracas de unos.

Ramón también alaba ese transporte. Yo dudo si es una medida positiva, pero populista o si, efectivamente, en Venezuela algo del oxidado engranaje del capitalismo se está incendiando finalmente. Aún en la duda insisto: el consumismo y el capital son los reyes de este país.

“Es cierto que el capitalismo está vigente y hay elementos burgueses enquistados en el Gobierno, pero este es un proceso grande y fuerte, huevón”. Ramón está convencido de lo que dice y, por eso, aceptó el pedido de Michel –a quien conocía desde su exilio conjunto en París hace décadas—para trabajar aquí bajo su mando.

Michel es el más intelectual del grupo. Es escritor y trabajó mucho en sectores culturales de la gobernación caraqueña. Lleva ocho años allí y está convencido del progreso cultural. La tríada chilena –que completa Gerardo—se reconoce firmemente socialista y decididamente chavista. Y repiten a cada oportunidad la noción de proceso. De algo dinámico e inacabado. De una lucha quijotesca que se está librando contra los siglos de dominio cultural y vida licenciosa del consumo como  panacea. Los molinos de viento devienen Blacberrys y camionetas.

Ya escribiré sobre la batalla cultural y contra hegemónica –sobre todo la comunicacional—que se está dando, pero bien vale reconocer que en Caracas se está gestando y moviendo algo real, con dejos del viejo mundo que aún predominan, para ser justos y necesariamente realistas, pero bien real y dinámico.

Así lo vive también Gabriel, un jovencito franco chileno que viene a Venezuela a tener su pasantía en el Gobierno. Su experiencia tercermundista para cerrar su carrera de grado en la Sorbona francesa. “Acá está pasando algo grande, por eso elegí venirme”, dice en un perfecto español con mezclas de acento francés y latiguillos venezolanos y chilenos por igual. Gabriel, que llama la atención por lo blanco de su piel –ahora rosada por el sol—y su aspecto europeo, también piensa vivir un buen tiempo en Caracas. Joven y socialista, está seguro de que no hay en todo el mundo un proceso así. “Que valga la pena”.

Me despido de la vanguardia chilena y francófona entre abrazos y agradecimientos. Seguiremos en contacto y habrá mucho por hablar, pero sobre todo me llevo la certeza de que el combate está lleno de aliados. Aún sin saber qué sucederá con Chávez. Si logrará deshacerse de la cúpula burguesa. Si realmente quiere eso. O si es, tan solo, un líder mesiánico y populista que pasará a la historia bendecido por algunas dádivas.

El tiempo que demore averiguarlo no interesa si es que efectivamente van hacia allí. Ansiemos que la desilusión quede encerrada en el viejo y olvidado diccionario. El socialismo espera impaciente y la batalla, al menos para unos cuantos, ya ha comenzado.