-¿Tú de dónde eres?-, me pregunta una chama en migraciones del aeropuerto internacional de Tocumen, al llegar a Panamá. Yo, por toda respuesta, le doy mi pasaporte.

-No pareces argentino. Por el acento-, ríe ella.

Supongo que la mezcla de tonadas apelmazadas durante estos cuatro meses de yirar por Latinoamérica, han mellado un poco mi típica forma porteña. “Si quieres te hablo argentino, che”. Ella ríe simpática y me dice que le gusta el acento. Me devuelve el pasaporte y respiro aliviado, mientras me dirijo a la aduana.

Tenía cierto temor porque todos me venían advirtiendo sobre el riesgo de llegar a Panamá vía aérea y sin boleto de salida. Pero no ocurre nada y, después de esa primera charla, salgo de allí.

Panamá es una incógnita. No espero mucho de ella y, de entrada nomás, me gratifica en lo emocional. El abrazo cerrado con el Ruso es una cálida bienvenida. Amigo canalla de fútbol en Buenos Aires, vive en Panamá City desde hace poco más de dos años y se ha acomodado bien, pero en solo tres días notaré su necesidad de caras amigas. De pequeñas compañías.

“¿Sabés qué pasa Torito?, yo extraño esas pequeñeces. Jugar al fútbol con los amigos, un asado, una cerveza con los chicos. Acá mejoré económicamente eh, pero la vida social es irrelevante. No existe. Acá aprendí, a la fuerza, que la plata no es tan relevante”.

Con ese descubrimiento ya le valió el viaje, pienso.

En casa del Ruso y Pao –su señora—me hacen sentir como en mi propio lugar. Y a diferencia que otros hogares ocasionales y aún familiares, aquí la argentinidad me envuelve. Pao también me cuenta de sus sentimientos ambiguos y de cómo extraña. De su nostalgia. El proyecto de ambos es juntar dinero, comprar una casa en Buenos Aires para no vivir alquilando y, al fin, volver. Pero sin la frente marchita.

Panamá se desnuda desde el principio como un paraíso material y consumista, pero muy lujoso. La chorrada de dólares embrutece a la sectaria comunidad judía local. De casi once mil miembros, todos conocidos entre sí y aún más encerrados que en Argentina. En su gueto.

“Acá los pibes no estudian. Un pendejo de diecisiete ya tiene una camioneta de más de sesenta mil dólares y hace que trabaja en la empresa del padre. En el mejor de los casos trabaja un poco”. La zona elegida es la “franca”, desgravada y similar al Once porteño. Sin impuestos, y con algo más de glamour y fama.

Además de soberbios y millonarios, los miembros de la comunidad son profundamente sectarios y racistas. Incluso con los propios judíos extranjeros. A Paola y al Ruso, eso no les cuaja y se desligan. Saben que en casa también hay de hipocresías similares, pero insisten: “Nosotros nos mantenemos fuera de esas cosas, pero acá o te zambullís en sus parámetros y formas o te quedás solo. Es terrible el aparentar. Es atrasado, hasta arreglan los matrimonios”, exclama Pao. Me sorprendo a medias. Algunos cráneos confunden cultura milenaria con milenarios atrasos.

La segunda noche en el emporio de los malls, los rascacielos y los autos de lujo, me encuentro con Brian. Un amigo de mi hermano menor y a quién conozco prácticamente de toda la vida. Es bueno verlo y saludarlo. Me trae dulce de leche y yerba, como si fuera un preso. Quizás sea también un poco eso, pero solo de mi andar.

Viene, dice, a probar suerte. Llegó hace unos días y se lo ve contento. Ha conseguido un empleo por algo más de mil dólares en la zona franca, aunque me confiesa que ha venido más por la experiencia de distraerse en tierras lejanas y solo que por el trabajo. Por cierto, en el dineral de Panamá, a los panameños no judíos los emplean por no más de trescientos dólares. Como siempre, la miseria se distribuye mejor que la riqueza.

Tomamos unas cuantas cervezas con otros argentinos judíos en diáspora. También hay un uruguayo. Ellos viven hace años en este norte y son un poco dueños de todo. Uno de ellos, en realidad, vivió en Miami durante nueve años, pero los problemas de visado lo arrojaron a estas costas pestilentes y ricachonas. Turbias.

“Pfff, claro que me acuerdo! De vos, de tus hermanos, de Pipa y de Hillel”. Los ojos de Leo brillan. La última vez que lo vi éramos dos pre púberes imberbes y hoy nos reconocemos a miles de kilómetros de casa, él con una barba desprolija, yo con una barba Hussein y ambos, decididamente ajenos a esos años de country, fútbol y campamentos.

Recordamos, entre cervezas, la ocasión en que se cayó en un hormiguero durante un partido de fútbol. De cómo tuvo que salir por una horrenda reacción alérgica. Nos ponemos al día. Él y Levi me invitan una cerveza tras otra. Incluso la entrada de un bar. A veces los pequeños lazos comunes en la memoria compartida hermanan y anudan presentes en la simpatía del exilio.

¿Qué más decir de la ciudad Panamá? Sus calles son territorio de los autos. Apenas tienen veredas, porque aquí, ricos o pobres, nadie camina. Cómo extraño mis callecitas de Buenos Aires o Bogotá, a veces. Siempre está, por suerte, el terreno neutral de las mesas de café. Esos tableros lisos en los que repliego mis melancólicos recuerdos y, como si estuviera en Lima o Caracas, me permiten leer, escribir y sentirme –con el calor del café en las entrañas—como si fuera habitante de ningún lugar y a la vez de todos ellos.

Me quedaré poco en esta tierra infértil de política y vida cultural. Nadie estudia, el presidente es un empresario dueño de medio país, el éxito es un decálogo de pertenencias y el mayor atractivo son sus centros comerciales repletos de gente. Ascéticos, mundanos y con las tiendas más lujosas. Es Miami, pero sin el inglés. O sea, es Miami.

Es cierto que algunas construcciones son más bonitas que otras, que la zona de Allbrook tiene verde y casas bellas. Que su casco histórico es agradable y sus calles, tranquilas. Pero aún con eso elijo el enfermizo ajetreo de Caracas, con sus contradicciones en ebullición, al raquítico y abúlico devenir histórico de la parálisis panameña. No es feo, es aburrido.

De todas formas, aprovecharé para trabajar y regodearme entre algunas caras conocidas. En el viaje es necesario tener ciertos respiros. Sí, aún en un lugar que venera a Balboa –asesino de indios diz que colonizador—y a los EEUU, que históricamente expoliaron los beneficios del mítico canal de Panamá. Entreguismo de manual.

Serán días de goce al calor del abrazo, el buen comer y dormir a gusto. Será la plataforma de quiebre entre la miseria hermosa de Sudamérica y la miseria hermosa de Centroamérica. En el centro, enquistado en el corazón de Latinoamérica, Panamá es un fuerte contraste con lo vivido y, quién sabe, con lo que vendrá. “La Suiza de Centroamérica”, bromeará un ilustre desconocido. Yo no me río.