En Panamá hay más cultura, pero claro, hay que escaparse de la capital para conocerla. A pocas horas, sobre el piadoso manto marino se esconde la comarca Kuna Yala, que se deja ver para quien quiera verla. Hay, como en todo, dos versiones: la turística, de avistaje paisajístico y fotografías al indio; y la intercultural, de sentarse a escuchar la otra visión del mundo.

-Hoy ya no existe el amor de verdad. Con tanto celular, correo electrónico y esas cosas, se perdió. El modernismo, y yo lo conozco bien, está acabando con la tradición.

La voz de Plas es fuerte. Como sus rasgos aindiados que se fijan en pómulos salientes y piernas fibrosas. Él es Kuna, aunque no viva en San Blas y sus trescientas sesenta y cinco islas, que llegan hasta la costa colombiana, sino en los pueblos alejados que abrazan a Panamá City. Es guía turístico y una especie de micro emprendedor –tiene una empresa de limpieza de oficinas en la ciudad—y reparte su tiempo entre ambas actividades. El sueño del progreso es una espiral sin metáforas. Bien directo el mensaje: un indio crece y es jefe de otros indios, que limpian la basura de los blancos. Quinientos años y ninguna flor. Setenta balcones y solo dos brazos.

Plas es quien me lleva a conocer San Blas y su cultura ancestral. También me cuenta su historia y derrotero. “En 1925 se hizo la revolución Kuna, contra la dominación colonial; y desde la lucha de nuestros guerreros conservamos nuestra tradición y autonomía”. Plas tiene occidentalizada hasta la forma de vestir, pero defiende su cultura a capa y espada. No niega la modernidad, -“pero –dice—ha hecho mucho daño”.

En la Isla Aguja descubro otro mundito indígena. Los Kunas tienen cientos de años allí y todos se plantan frente a la noción de “descubrimiento de América”. “No descubrieron nada. A lo sumo, nos encontraron, pero aquí estábamos hace siglos”, dirá Plas encolerizado y ofuscado. De igual forma me hablarán casi todos los Kunas que conoceré en mis días allí.

Isla Aguja. 50 metros de diámtero. 25 de radio (?)

Isla Aguja es un proyecto turístico de la familia poseedora de la isla. Son más de trescientos istmos y cada una tiene una familia propietaria. Solo cincuenta de ellas están habitadas. Otras tantas, se utilizan para la explotación y atracción del turismo. Pueden navegarse más de quince horas para alcanzar el último pedacito de arena sobre el Océano Pacífico.

La cultura Kuna es rica en tradición y adoran al dios Baba. Una especie de todopoderoso creador, pero sin representación física alguna. También aman a la madre tierra. Viven de ella, por la pesca, por los materiales para la artesanía ó por la belleza natural que explotan para el turismo.

Gisel. Pequeña Kuna en Isla Aguja.

-¿Cuánto te cobró Plas?

Los ojos de Gisel se rasgan aún más y la voz se hace apenas audible. No quiere que nos oigan, pero me explica que los intermediarios suelen llevarse más del doble de dinero que la familia dueña de la isla. En cada una de ellas hay directivos y los miembros familiares se turnan para cuidar ó trabajar en ellas. Durante mis noches allí estará Angelina, como única compañçia. Ella, mi carpa y los ruidos del viento y los cocos cayendo en frondoso estruendo sobre el nylon que cubre mi cabeza o en la arena aún tibia del día anterior.

La cultura Kuna es monógama y no es tan diferente a la occidental, aunque su valor espiritual es profundamente más arraigado. “No hay crimen, porque el castigo comunal es fuerte, aunque las drogas y el alcohol a veces llevan a algunos a cometer errores”. Plas está convencido de que la cárcel empobrece a los hombres y el trabajo es la única forma de redimirlos y encauzarlos. Claro, el trabajo en términos de auto subsistencia, que poco tiene que ver con el trabajo del otro lado de Panamá.

Trabajo. En el puerto Kuna antes que en Panamá.

-Trabajé en el aeropuerto en limpieza y ganaba más, pero también es muy caro vivir allá.

La voz de un joven trabajador del puerto de la comarca Kuna Yala se desgrana en pequeños chillidos. Allí todos ríen mucho, salvo cuando hablan del trabajo en la ciudad, su oprobio y sus pocos beneficios.

Cada isla tiene además un presidente y una comisión directica familiar. Alejandro es el máximo líder de Isla Aguja. Tiene ojos saltones y labios gruesos y hacia afuera. Su rostro es muy similar al de un bagre, pero sin bigotes ni escamas. Es amable, con una cordialidad diplomática y hace evidente el interés local cuando recibe al diputado Kuna, que trae proyectos de mejorías para la comarca.

El diputado habla por celular y tiene asistentes. Viene a recoger las necesidades de su gente para llevarlas a la Asamblea Nacional. Sí, aunque suene a chantaje y beneficio propio en cada una de sus explicaciones sobre cómo hacer y qué pasos han de seguir para exigir al Gobierno más apoyo e infraestructura.

Kuna Yala es una comarca autónoma y se auto regula. El Zaila es el líder máximo de todos los indios, pero no llega con sus brazadas a tanto millaje náutico y cristalino. Por eso hay, en cada una de las numerables divisiones llamadas corregimientos, caciques y dos sub caciques.

Aen viste jeans oscuros, zapatos de cuero marrón con suelas de goma negra y una chomba a rayas. Su gorra de beisbol le oculta el cabello oscuro y seco, típico de todos los kunas. Él ha estudiado y es el administrador designado de Isla Aguja. No es parte de la familia propietaria, pero a él le confían su desarrollo y me cuenta sus ideas para mejorar la isla: restaurant, internet y todo aquello que el turista precisa para olvidarse de que está en una isla desierta de solo cincuenta metros de diámetro. A veces me enferma hasta las náuseas la necesidad de servicios zonzos para el turismo tonto y desapasionado.

Cartí. Colapsada con más de 3 mil kunas.

Los kunas tienen mucho más para dar de sí que un aire acondicionado. Tienen, y a veces hasta ellos lo olvidan en su discurso, una riqueza ancestral por transmitir. Una igualdad de género pocas veces vista en los indígenas y los que nos creímos superiores y un fuerte compromiso con su comunidad. No es grave el influjo tecnológico, pero a veces –y no siempre en forma clara–, acaba con los valores loables que los ataban a la tierra y la supervivencia.

Frente a Aguja y cerca de Perro, está Cartí, la isla-pueblo con más de 3000 habitantes censados pocos días atrás. La imagen es extraña. Grotesca. Chozas y construcciones precarias, unas al lado de las otras, milimétricamente apelmazadas. También la escuela, el centro de salud y todo lo demás. En otra isla, un poco más lejos de la costa, tienen incluso una escuela terciaria para enseñar profesionalmente el desarrollo del turismo a los kunas.

“Cartí está colapsada. Por eso la idea que tenemos es la de mudar a la gente a tierra firme”. Aen me señala el monte y la selva, que se recortan entre las nubes a unos cuantos kilómetros a través del mar. Frente a las islas, en costa panameña, los kunas poseen miles de hectáreas en las que la agricultura bendice sus comidas.

Tímida. La mujer Kuna, con sus decorados.

Las mujeres se la isla me despiden con más timidez que los hombres, cuando por fin decido irme de allí. Me voy de esa soledad; y el contraste civilizatorio, paisajístico y cultural será fuerte al retornar a la norteamericana Panamá. Prostituida, ¿por qué no?

Las manos de angelina se asoman entre los múltiples decorados de sus brazos –también se cubren las piernas de colores—y me bendicen con una caricia milenaria antes de partir.