El turismo predador abre su boca y muerde de un solo mordisco la nobleza tierna de cada pedazo de tierra. Hay olor a bosta en cada rincón y hay, aunque duela, un mundo que abre sus piernas y se deja penetrar por la tiranía del goce. Y no es malo el placer, ni ascética mi postura, pero de un solo pisotón, el turismo borra las huellas legendarias que pisaron la tierra aquella.

Bocas del Toro tiene belleza natural, aguas puras, islas vistosas y la realidad de Montañita o Máncora. No hay un ser local recibiendo al ajeno. Hay, por todos sus rincones, una batalla perdida ó jamás dada frente al deseo del turista. Hay exceso de ruido, de nubarrones a culturales, de grotescas deformaciones del ser humano. Está la miseria del alcohol y las drogas. Y está, lejos de mí el puritanismo ignominioso, la redundancia del vicio.

-Nos quedamos un mes y salimos todos los días. Y ya renovamos por otro mes más el alquiler.

Rita y Sofía son risueñas. Alegres, simpáticas y aventureras. Lo dejaron todo en Buenos Aires y emprendieron una travesía continental hace cuatro meses. Pero Bocas del Toro las tiene atrapadas, entre sus pupilas dilatadas y la fiesta permanente. Sus compañeros de ocasión –y según qué ocasión o día de la semana—son un rejunte de gringos e israelíes. Quizás, con suerte, europeos.

Yo, que no veo riqueza ni un latir de cultura propia en kilómetros a la redonda, comienzo a pensar que la realidad de Centroamérica es así. Que la cercanía geográfica con los Estados Unidos idiotiza y banaliza su existencia. Que la prostitución febril de la Cuba pre revolucionaria y antigua solo ha mudado de cama. Y que los colchones, enmohecidos por una constante humedad prestada, son el reposo justo para los viajeros que, sedientos de dotar de sentido una existencia devaluada por la materialidad del capitalismo, se recuestan a adornar las horas con sonidos ahuecados. Sonidos en inglés, claro.

Agua y Cristal. Y si, lo único transparente.

No me ofende ni incomoda la alegría o la búsqueda del goce y la satisfacción, pero en esta Isla Colón, epicentro de la zona, veo con nitidez las inservibles capas de ocio existencial. Ni siquiera uno creativo y seductor, por cierto. Un devenir incesante y destructivo. Un cúmulo angustiante de juerga y despilfarro. Una clara necesidad de trascender la fútil vida con la experiencia del sexo o la efímera y resolutiva abolición de la cordura y el raciocinio. Olvidarse y dejarse ir.

Y no es culpa de los corderitos, que se desnutren con la inviabilidad de un existir relevante, sino de un rebaño. Del aglomerado de circunstancias que son esos sujetos. Esas individualidades colapsadas en un colectivo angustiante que les marca diferenciación a través de la consumación del consumo. Y el consumo es, parece, el único refugio de individualidad trascendental en un sistema que ha viciado todo placer –espiritual o carnal—y lo ha fetichizado al punto de objetivar al propio sujeto.

Somos esos objetos y ya no gozamos. Ya no nos sirve servirnos de otro hombre como objeto, sino que buscamos ser nosotros mismos un objeto. Eso es lo visible en cada callecita de la prostituida y adoctrinada Panamá. Ya no hay vida propia para estos objetos que somos ahora. No hay más razones que olvidar, al menos hasta la resaca del día después –o del último suspiro–, que somos determinaciones de aquél lucro que nos gobierna. Que la trascendencia, antigua guía de los que soñaron un cambio, es hoy rectora del pesar que agolpa a estos solitarios corazoncitos autómatas y mecánicos. A estos sentires de hojalata.

El desvarío es elocuente. Me quema la rabia de buscar alguien que se rebele y no poder hallarlo. Esta isla oprime hasta las ganas de tener esperanzas. Pero como siempre hay lugar para las sorpresas, conozco a Andrés y Bernardo.

Ellos no se conocerá entre sí y los dos son economistas anudados en la zoncera de estudiar en Estados Unidos para descifrar los vaivenes de nuestras tierras. Como si eso pudiera brindarles más armas para enfrentar al mundo, cuando solo es da armas para defender el mundo tal cuál es. Ambos tienen sus búsquedas libidinosas, se en el alcohol, el surf, las mujeres o el autoconocimiento, pero con ellos se puede intercambiar algo más. Se puede dialogar. Tienen, aún en su gravitante adoctrinamiento capitalizado, un esbozo de ir a por más. Un fulgor en la mirada. Un rugir adormecido, pero vital.

Andrés se declara Chicago boy y eso me perturba. O me lo dice para perturbarme. Y se ríe. Es de Caracas y a pesar de sus etiquetas, nos llevaremos bien. Es latino y comparte ciertos códigos que nos hermanan aún en la multiplicidad de diferencias. Lo conozco en el hostal y será mi pequeño respiro ante tanto gringo. Ante tanto hablar en inglés.

Bernardo es de Mar del Plata y, también economista, se dice sin definición política alguna. Es neutro, o eso cree. Y eso, creo yo, no termina de gustarme. Pero es inevitable, cierta argentinidad nos iguala o asemeja y, seamos justos, su bondad también me agrada. No es el enemigo, a lo sumo un fusible del engranaje. Y una buena compañía para cuando el viaje hacia Bocas y cuando el maletero en la terminal de Panama City. Aquél que, triste y real, se vanagloriaba de su verde orgullo por haber reemplazado balboas por dólares y así estar “insertados” en el mundo. A Bernardo tampoco le cayó simpático.

Naturaleza. Imán de gringos.

Las horas en Bocas se hacen eternas. La lluvia no cesa y ando ganas de recuperar a Sudamérica. Creo que es un problema de geografía y, aunque se repita en varias zonas de Costa Rica después, me equivocaré.

Me iré con la lluvia y mis búsquedas a otra parte. Mi hermano me dijo hace unos días que disfrutara aún en donde no me sintiera bien y quizás tiene algo de razón. Lo hago a mi manera. Aún cuando del pecho brote la necesidad de un grito. De un despertar.

No quisiera llevarme el dolor de un refugio de la tristeza humana. Me llevo, en cambio, sus paisajes, la nobleza de dos economistas y una seguridad absoluta acerca de lo que no busco. Para cuatro meses de viaje no es poca cosa guardarme una pequeña certeza.

Me voy y dejo a Rita y a Sofía, sin entenderlas y queriendo no juzgarlas más que como resultados y efectos de una circunstancia que las excede. Que las excedió y me obliga a una denuncia. Y a una lucha que se cuelgue de aquella declamación.