“Es mentira la imagen de pura vida y paz que le hemos vendido al mundo y que han comprado. En Costa Rica la situación está complicada y, sobre todo, por la explotación de los recursos naturales”.

Laura Brenes se dispersa fácilmente y perderé el hilo de la conversación. Es mi primer contacto ciento por ciento ticos autóctonos y nos hacemos amigos con la simpleza que permiten las inquietudes en común. Laura, psicóloga, veintinueve años, profesora de la Universidad de Costa Rica –UCR—y con ideas a mitad de camino entre la espiritualidad, el ambientalismo, el feminismo y la izquierda tradicional.

Bicicleta. Lo mejor de Puerto Viejo, fuera del pueblo.

Laura habla mucho y salta de tema en tena. A Laura se le patina la erre, como a muchos ticos, pero cuando la conozco en Puerto Viejo aún no conozco a muchos ticos como para darme cuenta de eso.

“Perdón que hable tanto, es que es una descarga porque estuve todo el fin de semana en la comunidad indígena BriBri con una co-profesora titular odiosa, que me maltrata y me anula”. Laura desagota el caudal de dolor y rabia exorcizándose con palabras y me prestará un mundo diferente sobre Costa Rica. Un panorama que pinta distinto, caótico y más real. Que iré conociendo al pasar los días y, sobre todo, al llegar a San José. Paradójicamente el paraíso calmo y natural resultará un poco artificial.

Llegué al país tricolor hace unos pocos días con la imperiosa necesidad de alejarme del turismo predador y viciado de la gringada, pero en Puerto Viejo también se puede observar. El pueblo, pequeño y vistoso, tiene raíces hippies, rastafaris y, claro, un mestizaje furioso. Laura no será la única en mencionarlo. Pero sí la más clara: “He venido mucho durante muchos años, pero hace tiempo que no venía. Lo encuentro mucho más armado en estructuras y completamente extranjerizado”.

El cruce fronterizo trae la imagen que Costa Rica brinda al mundo entero. Entre frondosa vegetación y una calma bella ó exasperante –según la ocasión y el estado de ánimo–. El pase de Bocas a Changuinola, y de allí a Sixaola –todo en Panamá aún—es en automóvil. El taxista, amable, me advierte que compre cigarrillos del otro lado, porque en Costa Rica son mucho más económicos. En Sixaola está el ejército panameño dando la bienvenida y al otro lado del puente divisor, en otra ciudad–también llamada Sixaola, pero bajo bandera azul, roja y blanca—hay un puestito migratorio y ya. Costa Rica, como bien publicita y recuerda el Premio Nobel de la Paz Oscar Arias, no hay ejército. Hay Pura Vida.

20 camas. Y ninguna flor.

Un bus algo destartalado –aun no llegué a Nicaragua para ver lo que es realmente destartalado– me arroja en Puerto Viejo y me despido allí de tres fotógrafos argentinos que recorren Costa Rica hace un mes y a quienes conocí en el puestecito fronterizo. Único portal de entrada terrestre que exige ticket de salida del país. Madre, hijo y nuera, de las grutas sureñas argentinas a Costa Rica, tuvieron que pagar un ticket de salida simulado para poder entra, habiendo cruzado la misma frontera en sentido inverso días atrás para conocer Bocas del Toro en tierra panameña. La burocracia no entiende de excepciones. La burocracia está aceitada y torpe también en Centroamérica.

El hostal donde me alojo es económico y cómodo. No vale la pena hacer grandes menciones al respecto. Ni luchas o epopeyas contra insectos, ni olores desagradables ni compañeros excepcionales. Aburrido y cómodo.

Puerto Viejo, ya desde el comienzo, se me hace gringo y furiosamente turístico. Y, a diferencia con otros lugares, poco guarda de su cultura propia para ofrecer. Por todo concepto tiene sus cartas en inglés. Pero los días allí son silenciosos. De bellas playas y recorridas en bicicleta por los bordes kilométricos del Caribe. En sus pueblitos puede respirarse alguna presencia local. Alejándose por el sendero arenoso, hacia Playa Uvita, Cocles o Manzanilo. Aunque, claro, imposible andar sin gringos pisándole los talones a uno.

Cuando veo la interculturalidad fagocitándose al extinto orgullo tico, Laura me cuenta de su experiencia con los indígenas cercanos, “allá en el monte aquél”. Y, más cerca culturalmente, de las duras peleas políticas en San José y otras ciudades menos populosas. Contra el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos –en 2007–, contra la minería a cielo abierto en Crucitas –al norte y por Guanacaste–, contra la asunción de Laura Chinchilla. “Es un títere de Oscar Arias, sin discurso de género y aún así amparada en su condición de mujer para mostrarse como un supuesto recambio” dirá Laura indignada.

La familia Arias es la que maneja todo en el país. Y de pacífico no hay nada. Sin ejército, es cierto, pero con una policía –OIJ sus siglas—que, entrenada por EEUU e Israel, comienza a ser más cruda y dura. Aunque, argentino y orgulloso digo: no hay como la bonaerense o la federal. La OIJ apalea, pero ni cerca a la cultura asesina y represora de nuestra bendita madre patria.

Naturaleza. No todo es lo que parece.

Así me voy de ese bello pueblito que se re fabricó al gusto del viajero. Conserva la naturalidad  del paisaje y lo agreste de sus caminitos y senderos de tierra y piedritas. Conserva cierta magia, pero cada vez más oculta con el cemento de la extranjerización.

Me voy con Laura a ver los embates y la cultura de San José. Antes pasaré por el puerto más importante del país, en la ciudad más pobre, Limón. Donde la mayoría de la población es negra y llegó para satisfacer las necesidades esclavistas de los criollos o colonos de antaño. También viene Stephan con nosotros. Es un alemán de veinte años, aterrado por una gripe y que se la ha pasado durmiendo los últimos tres días. Se le nota en la voz temblorosa que es pura niñez y que le pesa el mes que lleva lejos de casa y sin ver a su madre, que le envía cartas, mails y le pregunta cada media hora cómo se encuentra y qué remedios tomó. Lo cuidaremos un poco con Laura y me quedará la extraña sensación de ser un interesante europeo en viaje, que viene a vivir algo de la cultura ajena sin pisotear. Sin juzgar ni someter.

Hay veces en las que me ensaño contra la expresión del turismo que somete y otras con la sumisión del receptor. O, peor aún, el entreguismo.

Me voy a San José a ver su cultura y su lucha por evitar el desguace típico del tercermundismo. Costa Rica conserva aún la maravilla de un Estado que controla gran parte de sus recursos naturales, la energía, las telecomunicaciones, la salud y la educación; pero, claro, contra esa tradición se cierne el cuervo lascivo neoliberal y privatista. Y hay lucha. Y hay represión y sometimiento mediático. Hay, y me alegra saberlo, un pueblo vivo y ardiente.