Antes de hablar sobre San José, necesito un descargo. Me lleva días retomar las palabras y, mientras lo hago, veo el título que dejé escrito un par de tardes atrás en forma premonitoria. Estaba sentado en un bar del boulevard central de San José, donde llegué tras caminar un par de kilómetros desde la zona de Guadalupe –donde viven Marcos y su padre y me hospedan por unos días—y tras sortear la persecución de tres ticos que querían birlarle sus riquezas a mi cara de extranjero.

A esa hora en que escribía este título por la noción de que en la ciudad puede verse un poco de lo que ocurre detrás de la mentada Pura Vida. Por ese sismo emocional y pasional que recorre el subterráneo pero verídico devenir del pueblo tico. Sus luchas, sus búsquedas y sus lógicas derrotas. Su terremoto, precisamente.

A esa hora –decía–, en esa misma tarde y en el preciso momento en que ponía ese título simbólico a lo que vendría –y aún sin notarlo–, la naturaleza me guiña su ojo magnánimo y acaricia la tierra por este costado. Y las paredes se mueven, los suelos crujen y la gente, claro, grita. Pero yo, tan ignorante y absorto en mis escritos, jamás sentí el rugir de la tierra. Sería en la noche que me enteraría por fin de los seis punto tres grados en la escala de Richter. Y también me enteraría que ocurrió a las dieciséis y dieciséis, mientras yo escribía un título así, sentado en un bar del boulevard central de San José y sin siquiera haberlo notado.

Ahora sí, volvamos a San José.

Lo primero que se aprende en San José –y se extenderá a casi todo Centroamérica–, es que no hay direcciones como las conoce uno y, de hecho, pareciera que se entra en un mundo paralelo de referencias y símbolos. De metrajes, pasos y aventuras.

–Trescientos metros al sur del Fuerza y Luz de Guadalupe, segunda casa, color terracota, a mano izquierda.

Guadalupe. Una vista a San José desde el barrio.


La explicación de Marcos parece una broma, pero no lo es, es parte del realismo mágico y encantador de este lugar. Para llegar a una dirección, uno busca la referencia –en este caso el Fuerza y Luz de Guadalupe—y pregunta hacia dónde está el sur –o la dirección indicada—y camina contando cuadras, pasos o lo que quiera y crea conveniente. Luego busca la identificación especificada. Sea color, tamaño o lo que fuere. Y créanme, aunque se pierda en el intento, uno siempre llega a destino y es más fácil de lo que parece.

La ciudad no es linda, ni por estética ni por atractivos específicos. Sí iré a algunos museos –la colección del museo de arte moderno es, al menos, entretenida–, pero no es que haya mucho por hacer en ese sentido. Aunque tiene la Universidad pública y enorme centro cultural y académico y varios bares culturales. Buscaré ambos.

–Mi nombre es Cesar Angulo y escribo por lo que este país necesita. Por el amor y el ser humano.

Los ojos abiertos de par en par, la erre patinando y amenazando con caer de la punta de su lengua, la remera con mensaje contrario a la minería de Crucitas y una energía abrasiva. Cesar ha bebido y eso le suelta la charla. Y se apasiona:

–Aquí se pretende que todo está bien, pero vamos. Minería a cielo abierto, tratados de libre comercio que se aprueban en pocas horas, aumentos de salarios para diputados, intentos por privatizar la educación y las telecomunicaciones. El problema es que aquí los Arias son dueños de todo, como lo era Somoza en Nicaragua.

Y el mundo entero ve en Arias a una figura de paz. Un luchador diplomático y diplomado.

Cesar me cuenta, casi a gritos, que se ha manifestado junto a algunos compañeros contra la asunción de Laura Chinchilla. Y me cuenta que se manifestó contra la minería a cielo abierto y a favor de la naturaleza, a los gritos y en plena asunción de la delfina de Arias. Y que fue, claro, golpeado y abucheado. También me muestra el video en su celular.

En el Lobo Estepario la luz se apaga y la música también. Pero solo por un instante, hasta que una voz dulce, aunque algo ronca, descompone las armoniosas notas de su guitarra y recompone una centelleante e iluminada versión de Mediterráneo. Yo pienso que Serrat le sienta bien y Luis, cantautor local y tan ecléctico como sensible y talentoso, dice que ha recibido su influencia, pero que ahora busca “otros rumbos más locales”.

Con su cabeza calva y su media cola de caballo, su camisa descolorida y la cerveza en la mano, me cuenta proyectos, del amor por su país y Latinoamérica, de sus ganas de ver cambios en el ser humano. Y me abraza con fuerza al partir, al tiempo que me desea buena suerte en tanto viaje.

Al costado de la despedida reverdece otro encuentro y apenas girando, Cesar me presenta a la hija de Luis. Una excéntrica estudiante de filosofía –o algún tipo de experiencia metafísica similar—que no se concentra mucho en su alrededor, aunque me habla de dios, la humanidad, la divinidad y la presencia de lo bueno y lo malo en el mismo mundo. Yo la comprendo –o creo hacerlo–, aunque por todo concepto le digo que la divinidad está en el ser humano y, claro, de la naturaleza que el mismo emerge. Y que, con o sin dios, la humanidad debe recomponerse en su propio nombre y no bajo el mandato de ningún ente superior. Me dice que sí, pero que es agnóstica y que, “por las dudas”, no niega la existencia de dios, aunque no ciña su existencia a él. Simpática, pienso. Y, claro, bastante acorde con el lugar: una fiesta de una revista de Filosofía con artistas, filósofos, fotógrafos, cineastas y hasta un extranjero.

Salgo del bar con el espíritu revuelto y los oídos cansados. Repleto de historias, de formas alternas de ver el mundo. De ganas de dar y darse. Y, aún en el barullo y el desorden, satisfecho de encontrar a la otra cara del costarricense. Que, lejos de la depresión y con el Pura Vida siempre a mano, sigue alerta a su entorno. Aunque mejor lo expresa Cesar, el poeta de ojos abiertos, cuando le dicen Pura Vida y él, ofuscado y causando estupor en los aletargados compatriotas, dice: “No mae, Pura Vida no, hoy tuve un día de mierda, ¿sabes? Se puede estar mal también”.

Hay cosas malas en Costa Rica y eso me alegra. No porque sea un hijo de puta envidioso y argentino, sino porque conociendo eso, se conoce un poco más de las miserias en que vivimos y en las que el extranjero se regodea al son del Pura Vida al llegar a Costa Rica.

Otra vez el barrio. No llevé la cámara al centro.


Las mañanas de San José son frescas y trabajo en casa. Es raro estar así después de cuatro meses de viajar. Desayuno, laburo, almuerzo –porque Jorge cocina para todos–. Luego las tardes son mías y las camino pensativo o relajado, según el camino.

Una de esas tardes –en las que no llueve, por milagro para la época—camino hasta la famosa ciudad universitaria de San José. La UCR, donde la autonomía promovida por las reformas que comenzaron en 1918 en Argentina permite que se respire, piense y viva un mundo ligado pero ajeno al que se halla afuera. Solo cruzar el alambrado y la policía no puede meterse. Y no lo cuento como apología del delito impune, sino como muestra de que aquí la Universidad es sagrada. Aunque hace unos días –me cuenta Laura barriendo con las excepciones-, en un acto de increíble atropello, sesenta agentes de la OIJ entraron a tierras autónomas con la idea de apresar a un agente de tránsito interno de la UCR, que se supone cobraba multas y cobraba coimas por ellas.

Sin tener en cuenta la posible viveza tica, Laura asegura y advierte que ese irrumpimiento de la policía es histórico y sienta un precedente. “Que –dice ella—buscan aterrar a los jóvenes y a toda la población, porque saben que en la universidad somos combativos”. Y acusa: “Sacaron a la gente que protestaba por esa intromisión fuera de los límites de la UCR para golpearlos y arrestarlos”. Yo doy fe de eso, pueden verlo en Youtube los que no crean.

La ciudad universitaria florece de ideas y juventud. Y donde la juventud, que es la parte irreverente y aguerrida de la humanidad, está la germinación del cambio. O sus búsquedas. Allí conviven los médicos y filólogos, con los de bellas artes y ciencias económicas. Y los psicólogos con los cientistas sociales y los bioquímicos. Allí hay parques inmensos, palmeras, bancos, bibliotecas, un periódico de tirada local e internacional, un canal de radio y uno de televisión. Hay Pura Vida por todos los rincones y hay un río que atraviesa la Universidad. Y los puentes, claro, que son la metáfora de Costa Rica.

Dos terrenos unidos por un puente. Uno se sacude con el rugir de la tierra y de los humanos. El otro de acuesta a la orilla del mar o se interna en campos y selva. Y conviven, pero no se ignoran. Solo se observan hasta que los sacudones lleguen al otro lado del puente y saquen a los “Pura Vida” con fuerza. Con la convicción de que  se necesitan mutuamente. Para ser reales y que no se vuelvan presa fácil, ninguno de los dos, de los que se sirven de su aparente pasividad.

San José se sacude y se relaja. Cada día repite la secuencia y se deja ver para aquel que se asome, por la muralla de la Costa rica exótica y natural. Para gritarle al mundo que ellos no se compran, aunque sean relajados y amables, el discurso de una paz para los idiotas.