“Empezaron a soñar con el regreso, en la puerta principal del aeropuerto, las valijas repletas de ilusiones, los bolsillos vacíos y con miedo…”

La canción de mi amiga uruguaya Laura Canoura no podría ser mejor compañía para estos días en San José. Porque es dulce y melancólica sin ser triste y porque, sobre todo, describe con mágica precisión la sensación de los exiliados. De los emigrantes rioplatenses y su esencia. Poco importa que sea montevideana y no porteña o tucumana. Tampoco que la historia que quiero contar no tenga puertas principales, sino traseras. Y, claro, las valijas –o mochilitas—más vacías y humilladas que ilusionadas.

-De la cárcel me llevaron a Ezeiza por la parte de atrás. A mí y al Negro, que era del comité principal del partido –PRT–. Nos encerraron en una especie de armario o locker frente a frente. No podíamos ni hablarnos de tan pegados. Cuando nos sacaron vi a uno de mis hermanos al pasar –el otro ya había “sido exiliado“–. Me dio una valijita con un sweater, un pantalón y unos calzones. Así nos embarcaron a Perú. No pude ni despedirme.

Jorge cierra los ojos y arruga la cara. Hace fuerza para recordar un nombre. En realidad no importan mucho los nombres propios, pero es lógico que lo haga, pienso. Es probable que sea la forma menos tortuosa de evocar una memoria llagada por quemaduras permanentes. Los nombres, los colores de la ropa o los detalles de algún lugar. Cada pedacito de memoria relatada se proyecta en sus grandes ojos recubiertos de arrugas pequeñas y lágrimas secas de otras épocas. Luego los cierra, recupera un nombre y sigue adelante.

Jorge es el padre de Marcos. A ellos llego porque en Buenos Aires han dejado familia y, muchos años después, un hermano mío conoció al hijo de un hermano de Jorge. O sea, su sobrino. Los enlaces humanos tienen conexiones que exceden la lógica espacio tiempo y siento a su casa tan suya como mía. También siento que le he traído algún recuerdo de sus antiguas luchas y búsquedas.

El relato se quiebra en los años duros del peronismo rancio. Cuando el “Brujo” López Rega, su Triple A y las ilusiones juveniles truncadas. Primero apresado, luego exiliado cuando le llegaron los dieciocho años. Un adulto, claro. Pero no iba solo. Un hermano, un amigo, otro amigo y miles de jóvenes argentinos sedientos de vida y utopías relevantes. Y no por embellecer y adorar al pasado. Los muertos no se reviven con idolatría ni las derrotas con adoración. Simplemente por recuperar a esa generación que, errante, acertada o errada, quiso una nueva humanidad y lo firmó con su sangre tan convencida como derramada.

Los que no murieron se desangraron por dentro, pienso mientras escucho las peripecias de un Jorge adolescente yirando por Latinoamérica hasta caer –por orden partidaria para hacer las respectivas denuncias contra la ya vigente dictadura militar—en Costa Rica. Cuando digo desangrarse, claro, hablo de exilio.

Jorge tuvo una vida feliz. O lo más parecido a eso dentro de los límites del desarraigo, la derrota política y la continuación de sueños. Hasta los ochenta siguió conectado al partido. Luego se disolvería y él, ya abocado a Marcos y Daniela –sus dos hijos–, se dedicaría al desarrollo de su empresita editorial e importadora de libros. Muchos de ellos ideológicamente afines a la izquierda. Izquierdistas. Hay cosas que se conservan por siempre. Son como marcas.

Marcos oye a su padre y pregunta, con timidez, algunas cosas. Yo también trato de hacerlo sin reventar ninguna ampolla de dolor. Inevitablemente, alguna se rompe. Como cuando recuerda el suicidio de su hermano –ya exiliado en Suiza él—y, rápidamente, vuelve a aferrarse a los nombres.

“Charles Harrington”, grita exaltado y con los cachetes enrojecidos. Así me entrega el nombre del agente de la CIA que le dio la visa a los Estados Unidos para que visitara la Feria del Libro de Nueva York a la que había sido invitado por su trabajo en la editorial. Que, casualmente o no, era parte o estaba vinculada con movimientos de la Teología de la Liberación y se nutría de textos y obras revolucionarias o, al menos, progresistas. Llegó allí porque al llegar a Costa Rica fue recibido por un obispo local de una zona de San José. Si mal no recuerdo, era en San Pedro.

La historia también tiene sus crisis. Aunque a esta altura ya es épica por aquellos momentos que me narra cargados de tensión y aventura entre Perú y Ecuador, donde las dictaduras se alternaban y él urdía planes para cruzar las fronteras y no ser deportado y sin dinero. Una de las crisis fue el simulacro de fusilamiento previo al exilio. Otra de las crisis fue el segundo simulacro de ejecución previo al exilio. La tercera crisis fue la última. Después el exilio. Y allí las crisis eran vicisitudes. Falta de dinero. Falta de alimentos. Falta de compañías.

También están las partes simpáticas de la historia. Cuando conoció al Lula da Silva luchador y sindicalista, es una. Cuando organizó un viaje transporte de armas a Nicaragua para ayudar a su revolución, es otra. El viaje fue fallido porque el conductor designado volcó el auto, por cierto.

-Yo siempre extrañé. Me casé con una argentina, de Paraná, y siempre estuvo presente el tema del regreso y la familia. Sobre todo cuando los viejos se fueron poniendo viejos.
Los Aruj andan partidos. Unos en Buenos Aires, otros en San José. Marcos, ya recibido y de novio, no ha querido marcharse de su Costa Rica natal. Jorge lo dice con aceptación y, sobre todo, con ganas de que sea diferente. Pero el desempleo, las múltiples idas y venidas y su arraigo en San José, lo hacen dudar a él también. Aunque el doctor Peralta –otro exiliado, pero cordobés–, que lleva treinta años aquí, me dice: “El Gordo siempre quiso volver, yo en cambio no. No tengo familia allá. Mis hijos son ticos, mis padres murieron, ya está”. La resignación es la mejor amiga del exilio. Una resignación positiva, que asiente y no empuje al emigrado al cosquilleo eterno del retorno omnipresente y no siempre real.

El doctor Peralta nos recibe en su casa. Nos brinda un asado criollo, un vino de Mendoza con sabor dulzón y un lemon pie. Un hogar cálido a base de leñas, abrazos, cariño y mucha argentinidad. En la mesa charlan Jorge, Peralta –Raúl—y su mujer Leda, una tica que ama a Mercedes Sosa, Cabral –el tucumano exiliado de este grupo de refugiados antes políticos hoy emocionales—y su esposa Gladys, Marcos, las hijas mayores del doctor, su hijo menor con dos amigos y yo, emocionado y con la vista empañada.

La charla, los recuerdos, el afecto que los une, el calor que me prestan, las bromas tan argentinas y lejanas. Y la voz de la Negra antes de morir, que canta desde el aparatejo musical como un clisé obvio, pero pintoresco y, por qué no, necesario.

Raúl me pide que escriba una carta y me sirve una copa de vino. Otra copa, a decir verdad. “Hermano, se la llevo a tus viejos porque mañana viajo a Buenos Aires por unos trámites. No sabes lo que es para un padre recibir noticias de un hijo en el extranjero”. Raúl me abraza cuando le doy por fin la carta. Veo en sus ojos la emoción de un pasado incumplido. Yo, exiliado ocasional y por elección, le recuerdo algo. Le doy algo, aunque no sepa bien qué es.

Quizás le esté dando el don de la memoria. La sensación efímera de que su suerte y su lucha no fueron en vano. Que aún hay soñadores y gente con ganas de llorar y gritarle al mundo sus tragicomedias. Para que no haya sangre ni exilios masivos. Para que algún día vuelvan a nosotros, en un abrazo o un papel, los muertos, los desgarrados y los expulsados de nuestra tierrita zonza que los vomitó.