-Hace ocho meses que no llovía, ahora es la época, digamos.

-¿Pero siempre llueve con esta fuerza?

-¡No, en mi vida vi tanta lluvia!

A esta altura debo decir que las palabras de Jaime no me sorprenden. El agua golpea con fueza el techo de chapa de la pocilga hippie en la que me hospedo. El ruido metálico me adormece, pero es tan fuerte que me despierta cada media hora. A las seis de la mañana estoy agotado. Es más cansador el dormir en forma interrumpida e intermitente que el hecho de no dormir.

La segunda noche será peor. Pero como digo, llevo varios meses en los que las lluvias, inundaciones, terremotos, tsunamis y volcanes en erupción son la norma. Ya a esta altura, no me sorprende que Montesuma, esta playuela cercana al Pacífico sur de Costa Rica, sea un nuevo desastre natural.

“¿Tienes miedo?”, me pregunta Katie con los ojos bien abiertos. Yo no puedo mentir. Literalmente, desde pequeño fue un problema para mí la mentira. Siempre jugué con ella, fantaseé con usarla e idearla, con llevar a cabo grandes mentiras, pero nunca tuve éxito. Mis hermanos solían descubrir mis engaños o invenciones con extremada facilidad. Por alguna tonta mueca delatora en mis labios. En suma, me negaron la posibilidad de mentir al verme descubierto una y otra vez. Y, por cierto, tengo pánico.

Doy pasitos cortos, son siete en total, y llego al otro lado. La noche ha sido tan lluviosa que los puentes se han roto, los ríos han crecido y mis temidos derrumbes retornaron. Llevo la llaga de Machu Picchu conmigo y aunque parecía olvidado o superado, la naturaleza me da pavor. Cuando por fin cruzo el puente semiderruido, mis manos tiemblan. Flamean como si el viento las venciera hacia uno y otro lado. Pero no hay tal viento.

Montesuma es agradable, pero nada que no haya visto en el recorrido. Naturaleza, un par de ríos, playas negras, alguna cascada como atractivo turístico mayor y la idéntica combinación de toda la costa Costarricense: gringos, europeos que se quedaron a vivir, algún hippie antiguo, tres o cuatro neo hippies, hoteles faraónicos, hoteluchos, hospedajes y precios caros. Por suerte, mañana –u hoy, según donde me pare en esta historia- me voy. Estoy cansado de los parajes turísticos. Aunque Montesuma sea más calmo, sigue la filosofía del extranjerismo y la pura vida. Quizás sin lluvia no me generaría tal malestar.

A Katie la conocí en el ferri que une Puntarenas con Paquera. En realidad no hablamos, pero luego nos cruzamos al llegar a Montesuma y coincidimos en el hostal. Ella, veinticinco años, blonda descendiente de holandeses, de San Francisco y trabajadora de una ONG pseudo progresista que elabora proyectos en países pobres de Centroamérica, es algo diferente a la mayoría de los norteamericanos que he conocido en el viaje. Está interesada realmente en la gente local y sus culturas. No busca solo el goce del subdesarrollo. Eso, aunque parezca poco y sea limitado, la hace una compañía cómoda. A veces los viajes en solitario hacen que una simple coincidencia ocasional permita convivencias impensadas.

-No llores –le digo-, en última instancia vas a tener que decidir si lo perdonas o no. Y ya. Aunque duela, no es grave.

Le suelto un consejo que podría ser algo agresivo. Llora por su novio –o ex–, un mexicano al que describe como misógino, que la ha engañado con otra, según relata. Me daría algo de pena en cualquier ocasión, pero me estruja el pecho en este día. Yo estoy devastado e irascible por mis propias minúsculas razones. Porque once desalmados y abatidos perdieron tres a cero a miles de kilómetros y a mí se me anudó la garganta. Se me hizo una incógnita en las ganas.

Las tragedias personales tienen ese no se qué. No se explican porque afectan a uno solo, y nadie –o casi nadie—podría comprenderlas. Lloré con ruido primero y en silencio después. Intenté caminar, dormir y luego emborracharme. Nada sirvió para calmar la pena. Tati me consuela a la distancia, unos pocos amigos también. Mi gente me quiere abrazar, pero el vacío se hace enorme e insalvable. Hay dolores que solo pueden alejarte del resto de la humanidad.

La inmensidad del desasosiego me golpea cuando logro comunicarme con mi viejo y lo escucho abatido. Mis hermanos ni contestan. Más tarde el menor me pedirá perdón y dirá que no tiene nada por decir. La soledad se hará carne y me sentiré perdido. Katie dejará de llorar y luego lloraré por dentro. Cada quién en su pequeña telaraña de desilusiones La mía se llama Rosario Central y me quiebra. La sola idea de mis hermanos en la cancha y mi viejo viendo el partido solo me hacen cerrar un poco el pecho. Con los días el orgullo y la grandeza rebrotan. Es solo fútbol, al final, pero es tan lindo y divertido ser de Central, que la locura y esa irracionalidad no incomodan. Aunque cueste unas lágrimas zonzas.

El dolor de la soledad y la falta de interés en el turismo turista me hace pensar en ir a San José. A recuperar a Marcos y Jorge. A Cabral y a Laura. A toda esa realidad local. Desisto porque se me da interesante ir al pueblito rural de Majo, la novia de Marcos. Ver a su familia, el campo, la vida típica en el interior del país. El devenir apacible de los guanacastecos. Aquellos que permanecen alejados de las playas y el turismo, claro.

La odisea comenzará con un diluvio matinal incesante. Son las ocho de la mañana y los caminos están cerrados. Los transportes que hacen el recorrido entre Montesuma y Paquera no circulan por el estado de las rutas y los puentes. Resurgen, mientras pienso en la forma de salir, mi miedo y el recuerdo nítido de las muertes a tres mil seiscientos metros de altura. De pronto siento ganas de estar en casa y el trauma de la naturaleza se hace recurrente.

La tierra se mueve bajo mis pies. Yo me sacudo los temores y trato de buscar alguna seguridad guardada. Ya en el camino sortearemos varios inconvenientes y optaré por ir al campo. La amabilidad de algunos ticos me devuelve las ganas de conocer gente y hablar en español.

Montesuma pronto es un recuerdo borroso y pienso constantemente en la naturaleza fortuita. Con las horas se me irán los dolores y descubriré a la Costa Rica que está detrás de las playas. Dormiré en cada uno de los cuatro buses que me llevarán hacia allí. La tensión hizo polvo mis nervios y el cansancio se dice en inglés.

A dos meses de emprender el regreso, la imagen de mis costumbres y personas se hace más fuerte. Quizás la única forma de evitarlo sea sintiéndome en casa allí donde vaya. El turismo debe ser olvidado por un rato. Creo que evitaré los atractivos turísticos de acá en más. Venía mezclando ambas cosas, pero la realidad paralela y atemporal me saturó.

Puedo abrazar a cada ser humano en su naturalidad desnuda, pero ya no a la tierra. Ya no a la arena, que no tiene la culpa de ser imán de idiotas ajenos. Prefiero infinitamente la tibieza de una mirada y la sinceridad de un abrazo, que el regocijo del agua en la orilla. La voluptuosidad miserable de la ciudad o pueblo a la inerte desidia de la playa extranjerizada.