-Ya eres como un hijo más-, me dice Vianney con una calidez demasiado natural como parecer impostada. O tal vez exagerada.

Y no, por más que suene así, la dulzura con la que me trata y el esmero por brindarme techo, comida y afecto hacen que sea incuestionable su afirmación de amor. Lo mismo da que lleve solos dos días aquí. Los sentimientos, cuando son genuinos –porque lo son con firmeza inobjetable–, poco saben de tiempos.

Los ojos de Vianney me escrutan como a un extraño. De hecho aún lo soy. Llego desde Montesuma y sus lluvias incansables, tras varias horas y aventuras en diferentes transportes. Me reciben y abren su hogar como si me conocieran desde siempre. Llego hasta allí por la hija del medio, María José, que me ha contactado con ellos apenas habiéndome visto dos o tres veces en San José. Es la novia de Marcos y allí me han tratado como un amigo, pero lo mismo soy un extraño. La nobleza y simpleza no parecen entender de esas cosas. Al menos aquí entre San José y Guanacaste, en Costa Rica.

Palestina, así su nombre por estar pegado a Belén del Carrillo, es un pueblito familiar y campestre. Con pocos habitantes, callecitas de tierra, casas humildes pero sin carencias notorias y mucho verde. Mucho pastizal y animales sueltos. Mucho barro y silencio.

Ordeñe. A cada ubre, su mano.

Si me pongo excesivamente detallista es por no saber cómo transmitir la calidez y lo apacible del pueblo. De sus personas que son, claro está, todos familiares. Incluso las vacas, que se dejan ordeñar con una pasividad sabia y la mirada dulce fijada en ojos de quien toca sus ubres. Miran como agradeciendo por las manos que aplaquen la hinchazón de sus tetas flácidas y pesadas. Tienen tetas tristes, a decir verdad, y miran como resignadas, pero orgullosas de pertenecer a la familia. En sus negocios, porque casi todos viven de huevos, lácteos o algo similar y brindado por los animales, pero también en sus comidas y en sus costumbres.

Entrada. Barrial en la puerta de la casa de Vianney.

Nunca me atrajo el capo en sí mismo. No soy amante de la bosta ni el barro, aunque reconozco que me agrada la tierra diluyéndose bajo mis pasos. Me llaman y atan a Palestina sus historias, el amor que Majo le tiene y la idea de un lugar típico del país que los gringos han tomado prestado para su lujuria turística.

-Uf, fijo mae -se aclara la voz Eduardo–, este lugar es lo más folclórico que tenemos los ticos”. Guanacasteco orgulloso, me agita la mano y me cuenta su feliz procedencia. Se ilusiona con un recorrido como el mío, pero se le hace impensable despegar de allí. Trabaja donde la pulpería del hermano de Vianey. Allí donde también trabaja David, el menor de los Angulo. Allí donde todavía hay pulperías que se llaman pulperías.

David tiene dieciocho años y aún debe biología del último año del bachillerato, por eso la madre lo mandó a trabajar a Belén, hasta que pueda rendirla e ingresar a la Universidad. De todas formas lo malcría y reconoce que el más chico es algo caprichoso y una debilidad para ella. Los hijos en general son una debilidad para esta madre soltera y aguerrida del interior costarricense.

“Majo es mi mejor amiga”, dice Vianey contenta. La hija vive ahora en San José, donde estudia Economía y ya terminó sus estudios en Administración Pública. La distancia solo las une aún más, por teléfono o por los viajes constantes de una y de otra. En mi estancia allí hablarán más de tres veces al día.

Cocina. De negocio, para Vianney y su madre.

Luis Andrés es el hombre de la casa. Tiene veintiocho años y ya es juez en Liberia –la ciudad más grande de la zona, que está a treinta kilómetros de Palestina–, tiene andar lento, hablar pausado y mucho respeto para con su madre.

Del menor ya hablamos. Su sueño y pasión es el fútbol. Quizás se dedique a la educación física o quizás no. El estudio es importante para la madre, pero en Palestina no parece ser tan relevante. David lo rubrica con sonrisas, y una pelota bajo el brazo que lo acompaña a casi toda hora.

Las manos rugosas y frías de “Papito” me recuerdan la milenaria conexión de los hombres con la naturaleza. Maneja su yunta de bueyes propia, que guían una carreta desvencijada. Maneja el ordeñe y las gallinas. Tiene ojos calmos, de esos que transmiten la pasividad de una vida sosegada. De la inagotable fuente de vida que el aire del campo le brinda. Y, claro, las arrugas del cansancio. Que son como las de la experiencia y lo vivido, pero además tienen algunas sombras oscuras. En este caso, por la tierra impregnada en los huecos y pliegues formados.

–Con Mamita cocinábamos y vendíamos tortas. Ahora está enferma y yo ya no trabajo, me dedico a la casa y a cuidarla.

Vianey no parece dolida en su orgullo ni mucho menos. La tarea es la más honrada que le ha tocado. Se lee en su sonrisa permanente. En ciertos lugares no existen los intermediarios en el amor y el afecto. No hay geriátricos ni se piensa en eso.

Palestina es un campito y las lluvias de esta época preocupan. Pueden tapar las calles, pero también agrietan algunos techos. No de las casas, aunque a veces ocurra, sino de la escuela. Allí, entre paredes coloridas o descascaradas, pastizales y lápices de colores, van a clases cerca de treinta caras sucias, con sus zapatos ennegrecidos por el barro y la sonrisa cubierta de chocolates. La escuela tiene un par de maestras –literalmente dos—y brinda la atención individualizada que ha logrado maravillas en los alumnos. Incluso tiene computación, comedor y kínder, con una tercera maestra.

Comedor. En la escuelita rural de Palestina.

“Cuando yo estudié aquí, éramos solo diez alumnos en una salita, no existía todo esto”, relata Vianey, mientras los ojitos le dan vueltas como sus infinitos rulos morados. Se le sale el orgullo por las pupilas con su necesitada pero adorada escuelita rural y personalizada. En Palestina, todo es motivo de orgullo, aunque se repita hasta el hartazgo. Es el placer de mostrar a la familia. De celebrarse entre ellos.

Las maestras, que madres y tutoras, dan renovadas virtudes al arte de dar a luz. A la mayéutica del habla, pero también del cuerpo. Con caricias, conceptos o miradas, reverdecen las vidas de los pequeños palestinos, futuro invisible y presente perfecto de Guanacaste.

La provincia vive del turismo y saliendo por la carretera –hasta Santa Cruz o Liberia–, pueden verse un sinnúmero de hoteles lujosos y carteles que evocan las rutas a las playas y anuncian paraísos terrenales a módico precio, valor dólar. Centros comerciales –pocos en Costa Rica–, restoranes y galerías de arte en inglés. Palestina y Belén –incluso Santa Cruz—son zonas fuera del mundillo extraviado del turismo. Son parches verduzcos de descanso. Zonas de retiro, sin tiempo ni tarifas.

A las cinco y media a ordeñar, luego el almuerzo y el descanso. El arriero, que se ayuda con bueyes, y las lluvias que entorpecen el trabajo, pero le dan emoción. Palestina se me anuda en el pecho y se acomoda a mi retina. Es probable que siga eligiendo el ruido de los camiones aplastando a los sapos que el rugir de los grillos, pero aún así me queda su apacible serenidad y bondad como memoria de paso. Como registro de su existencia.

“Acá las rejas son para que no se metan los animales a las casas, pero no por los ladrones”, me cuenta “Papito” con naturalidad.

Dueño. Papito, padre de las vacas.

Palestina es, extraño o no, un pedacito de varias hectáreas casi vírgenes, pero pobladas por familias que se aferran a sus lodazales con el amor más puro. Poco les importa el afuera. Lo reciben, lo conocen y le sacan dinero y mercancías, pero ninguno de los habitantes que conozco allí elegiría otro sitio para vivir. Incluso Majo y Luis Andrés, que ya ha regresado, sueñan siempre con la vuelta después de emigrar a la capital para estudiar.

Luis Andrés, por cierto, es quien me lleva a Liberia bien temprano en la mañana para que haga mi cruce a Nicaragua por Peñas Blancas. En el auto hablamos de política y humanidad. Él, que está lejos de la izquierda –como explica –, pero apela a la honestidad cívica y la igualdad –aunque aún siendo juez sabe y reconoce que la igualdad jurídica es ficticia en lo material–, detesta a la inescrupulosa familia Arias. Y, claro, a su delfín gubernamental Laura Chinchilla. Ese odio, percibo, empieza a ser una generalización en ciertos sectores ticos.

Me llevo, de su hablar cerebral aunque apasionado, la certeza de que el manejo turbio de los recursos naturales para su beneficio es el mayor interés del pacífico Premio Nobel de la Paz. Me llevo su extraña mezcla de jurista e igualitario. Dejo parches verdes y otra familia de Latinoamérica que me abraza en este andar continental. El tiempo empieza a hacerse espuma y me alegra tenerlos. En San Cristóbal, Cusco o Palestina, esas familias son las que me dan fuerza y renovadas ganas de contar. Por ellos, pero sobre todo por los que, cegados por el oleaje de la cotidianeidad, olvidamos su latir que es rugido ancestral. Su existencia calma y cálida. Sus pedidos en abrazos y sin palabras.