La pobreza desordenada brota naturalmente en Nicaragua. Con cierto orgullo poco glamoroso y con gente, por lo general, amable y predispuesta a charlar. Pero, aún así, Nicaragua devuelve al visitante la imagen prefigurada de Centroamérica que parecía algo más oculta en Panamá y Costa Rica: la de la pobreza y el desorden.

El mercado de Rivas es un pintoresco retrato de la desordenada vida en ebullición. Vendedores de todo tipo de comidas y bebidas, en bolsas, cajas ó en la mano. Los típicos acomodadores que gritan el destino de los buses como en toda América. Los buses raquíticos y despintados, que probablemente fueran furor en los Estados Unidos durante los años sesenta. Las paredes enmohecidas y vueltas a pintar. La mugre acompañando a la miseria –porque la una es consecuencia esperable de la otra, aunque la otra no sea causa suficiente para la primera–. Los gritos, las ventas en canticos, las risas y la música ranchera o reggaetonera, pero siempre popular, a todo volumen.

Rivas es un poco como su mercado, aunque menos ruidosa entre sus callejuelas desperdigadas en los alrededores del centro. Sueltas y olvidadas, como si alguien las hubiera puesto sin pensarlo dos veces. Es la primera ciudad tras la frontera y apenas en el cruce entre Peñas Blancas (aún Costa Rica) y Nicaragua, donde ya empieza a percibirse el desorden y el olor a fritura tan de mañana. Un paisaje tan latino, tan urbano.

Venta de tarjetas de migración, un alambrado torcido en el camino a la Aduana, un corralón para el tramiterío y una fila eterna de camiones con mercancías. El cruce puede llevarles hasta tres días a ellos, según me cuentan. A mí, que conseguí un taxista que me trajera por solo cuatro dólares desde Liberia –a casi ochenta kilómetros–, me lleva solo una hora. Luego del barrial en los pies y de andar entre camiones, llego al playón municipal de buses y, entre más vendedores, consigo un ticket a Rivas. Nicaragua es el único país que cobra una tasa de entrada terrestre –luego descubriré que cobran también por la salida, aunque eso ya ocurría en Venezuela–.

-Two dollar. Two dollar- repite un taxista en un envidiable intento por hablar inglés con naturalidad.

-¿Por qué me hablas en inglés? Háblame en español hermano. Y me han dicho que sale un dólar hasta San Jorge.

-Bueno, dale, es que pareces gringo.

Me incomoda eso. Con barba o sin ella, con poco pelo o con una abundante melena, blanco o bronceado, más sucio y más cansado. No importa cómo. Para Latinoamérica soy un puto gringo y siempre lo seré. Y, a decir verdad, lo detesto.

El taxista es simpático y no tiene la culpa

Mogoyalpa. Desde el barco, el puerto.

de que yo parezca gringo. Me lleva al puerto de San Jorge para cruzar a la Isla de Ometepe, allí donde la calma y el turismo, como veré luego. Me cuenta la forma en que se subsiste a la miseria. Allí en Nicaragua todos se saben pobres, pero aseguran que se las ingenian, que siempre encuentran como sobrevivir. Y me preguntan qué tan difícil es eso en la Argentina. Yo cierro los ojos y les cuento que mucho, aunque también estemos acostumbrados a ese deporte de la abundancia esquiva y la miseria siempre latente. Que hay riquezas y que aún con ellas, sobrevivir cuesta mucho.

Luego llegamos al puerto y, tras una hora de barco, a Ometepe.

–Por ese lado venían las brigadas argentinas. Por ese otro, una de Panamá. Y ahí en el centro, otras de Chile, creo.

Ricardo se frota los ojos y continúa el relato. Es temprano en la mañana y Ometepe recibe el sol de plano. Cerca del pueblo de Mogoyalpa, se relata esta historia de la revolución. De la lucha mancomunada y honrada de los pueblos unidos, que acabó con cuarenta años de somocismo dictatorial en Nicaragua.

“Yo fui revolucionario. Muchos lo fuimos por ese entonces”, refuerza lo dicho con ojos brillosos y bien abiertos Ricardo. Y agrega: “Sandinista y luchador”. En el kiosquito que atiende con su familia –a la entrada del pueblo, apenas saliendo del puerto–, hay un televisor de plasma que a cada rato muestra la propaganda oficial. Los mensajes canónicos de la Revolución Sandinista modificada –diz que actualizada—de Daniel Ortega. Una revolución que solo aquí puede atreverse a mezclar cristianismo, socialismo y solidaridad, todas en un mismo spot publicitario. Esas son, aún contradictorias, las consignas que sientan las bases del actual sistema nica.

La televisión sigue ofertando la cara de Daniel en actos de diversa índole y un sorteo millonario para el día de las madres –que es mañana y es sagrado aquí en Nicaragua como en un tango cualquiera–. La hija menor de Ricardo trae un libro de texto y le pide al padre que corrija sus ejercicios de ortografía. El padre, tez mate, bigote prolijo y rasgos cansados, corrige con orgullo y le dice que está perfecto. En la calidez de sus besos y la caricia de su mano campesina, veo las huellas de aquella revolución con los ideales y la figura de Augusto César Sandino como bandera. De esa revolución que, como cualquiera, empieza de adentro hacia afuera.

Ometepe se recorta en el lago que baña sus costas circulares y cíclicas y me alejo hasta San Jorge y Rivas, con su mercado mugriento y alegre. Los dos volcanes en la isla le dan una imponencia excepcional. Fincas, cafetales, campesinos, playas, animales, selva. La isla de Ometepe es un lugar salido del tiempo. Con la mezcla moderna y humilde. Con el sello del pasado. Con la absoluta tranquilidad de un pueblo tan pobre como honrado. Aquí la pobreza no hace a la delincuencia, como gusta suponer a los orates y los pervertidos. Y yo, tan alegre con mi descubrimiento, me pregunto por qué será.

–En Rivas si hay delincuencia, por las mafias, las drogas y la cercanía con la frontera- me explica un tipo algo entrometido y con una cerveza en la mano. Es policía, me dirá luego.

Wilmer es policía –“de casos especiales”, según gusta decir–. Lo enviaron a Ometepe por un caso, pero dice que “no pasa nada”. Es calvo, tiene labios gruesos y morados, un lunar en la frente. Es moreno, retacón y usa camisa a rayas horizontales rojas y blancas adentro del jean. Calza mocasines y bebe una cerveza. Se parece a uno de esos detectives incompetentes y fracasados, pero buenazos, que siempre acaban triunfando por error u omisión en las películas que pasan en el cable. Se despide y me alegro. La policía, en general, me genera desconfianza y Wilmer, en particular, es toquetón. Demasiado toquetón.

Ometepe. Desde el lago.

Alberto también es homosexual. Wilmer no lo dijo y él tampoco lo había hecho. Pero su pose afeminada, su pestañeo en plan seductor y su voz agudizada por motu proprio; todos sus gestos en sí lo dicen. Y él lo calla. Tampoco importa que lo diga, pero pareciera que flirtea conmigo. Por incómodo y para no ser descortés, le hablo a Daniel, su amigo y compañero de mesa. Alberto es dueño de un restorán de comidas rápidas y económicas en Mogoyalpa, nomás entrando a la isla. Allí me siento y allí los conozco a los dos.

–Yo soy somocista. Estábamos mucho mejor antes, ahora pura pobreza y amigos de Chávez. El Salvador, Guatemala, Costa Rica, todos están mejor que nosotros. Ellos tienen más industrias, nosotros a Ortega y sus mentiras.

Daniel me sorprende con sus dichos. Pensé que “Somoza” era mala palabra en Nicaragua y me equivoqué. Algunos males, como la rabia, jamás se erradican en un ciento por ciento. Y no hace falta ser millonario para apoyarlo. Daniel me explicará más al detalle su odio al socialismo y me escuchará atentamente cuando le diga qué pienso yo de todo eso. No se ofenderá ni parecerá inmutarse con mi postura roja rojita. Él, dice, no es de “una postura u otra”. Él solo es, como dice, “pragmático” y ve que ahora están peor que antes. Yo me callo y anoto.

Al irme de allí por la mañana, me despido de los nicas árabes que regentean mi hospedaje –hoscos como poca gente que haya conocido en tanto viaje-, de los canadienses que conociera el día anterior en el ferry y a los otros gringos que los acompañan. Centroamérica está repleto de ellos. No solo de los turistas del goce. También están en su versión inmigrantes. Hay toda una legión extranjera que compra terrenos baratos en paraísos como Ometepe o Montesuma y camionetas baratas con tracción delantera. Luego ponen un vivero o una galería de arte y se instalan aquí para siempre. O hasta ahora, al menos. Jamás aprenden a hablar español.