“Todas me gustan”, grita Pedro y sonríe con la boca llena de ganas y de hambre. Con ojos vivaces y luminosos, con una mochila colgada a los hombros y las hamacas en las manos. Mercancías para el turista, que es fiel visitante de las callejuelas de Granada, una de las ciudades más antiguas de Nicaragua. Con su maravillosa estructura y arquitectura colorida y colonial. Con sus callecitas estrechas y sus iglesias imponente o destruidas. Granada tiene cientos de años y Pedro, Pedrito, sólo ocho. Y una sonrisa que redime la tristeza de verlo trabajar. Con dientes desprolijos, pero blancos y muecas simpáticas. Tiernas y graciosas.

Las callecitas de Granada, tienen ese no se qué.

Es el día de la madre y la Casa de la Mujer en Granada ha inventado un evento con escenario, bailes, canto y muchas pero muchas mujeres. Muchas madres solteras de barrios alejados, que por única vez son reinas en la Gran Calzada, peatonal principal y tradicional de la ciudad, donde bares, alojamientos, restoranes y artesanos, recuerdan que es zona de turistas. Allí bailan seis chiquitas pre adolescentes que mezclan inocencia y seducción inconsciente. Allí Pedro las mira y me responde con los ojitos bien abiertos y la sonrisa intacta: “Todas. Me gustan todas”.

Mientras termino una cerveza en una de esas mesas que están ubicadas en mitad de la peatonal, asoman Steven y Gus. O Charlie y Javier. No recuerdo sus nombres, pero sí sus gestos y caras. Uno es de Canadá, el otro de Australia. El primero, artista; el otro, kinesiólogo o quiropráctico, una de esas profesiones que trabajan sobre el físico humano, y está abocado a la tarea de ayudar a niños con problemas motrices. Son gringos, pero no lo son. Me piden permiso, me saludan y se esfuerzan heroicamente por hablar en español. Y, mal que mal, lo consiguen y les reconozco ese interés por conocer esa otra faceta de Latinoamérica.

Me indagan acerca de la situación política, social e histórica de Colombia, Costa Rica, Venezuela y Nicaragua. Hablamos y les aviso que es solo mi punto de vista, pero se los ve conformes. “Queremos saber más, pero siendo gringos, no siempre nos cuentan”, se lamentan a dúo. Ambos están hospedados en el mismo hostal que yo. Allí, en La Libertad, consigo algo de silencio y la complicidad de Cristiana y su novio Silvio, que me rebajan el precio. La condición es que no se enteren ellos: los gringos. Algunos pocos, como Steven o Gus. O Charlie y Javier, no merecen eso. Aunque, de todas formas, agradezco la hermandad latinoamericana.

“Hoy casi no comí, pero ayer sí”. Pedrito no deja de sonreír y me duele. La cerveza se me ha subido rápido a la cabeza y son las cuatro de la tarde. El sol castiga y Pedro, Pedrito, sin comer. Ya que no quiero comprar su hamaca, lo invito a sentarse y le pido una hamburguesa y un refresco. Mis compañeros de mesa acceden al regalo. Pedrito sigue sonriendo, como si sus dientes estuvieran sellados y entrenados en una mueca agraciada. Como si no fuera diferente hablar de las niñas, que le gustan todas, del hambre o de lo que cuenta después.

Pedrito estudia en Masaya, a unos kilómetros de Granada. Es la zona artesanal por excelencia, donde miles de turistas desfilan a diario por su mercado, en busca de aquello que satisfará sus ansias violentas de consumir algo de cultura local. Viene de jueves a domingo a Granada en bus, a vender para su familia. Él sabe hilar las hamacas. Es un legado de familia, por cierto. A veces con un primo, otras veces viaja solo. A veces se vuelve en las noches, pero hay días en los que no regresa y se queda allí, con sus ocho años, su correspondiente miedo y su lógica indefensión, a militar las calles granadinas.

“¿Tú te haces responsable?”, me pregunta María con gesto preocupado, adusto. Que sí, le digo. Que es solo un niño, mujer. En el bar no ven del todo bien que Pedrito coma gratis y sentado con nosotros, los turistas. Una etiqueta que detesto y rechazo. Intuyo que María tiene órdenes del mandamás, pero igual me apena un poco. Logro calmar sus temores por la presencia de Pedrito y Pedrito come casi sin hablar. Eso sí, la sonrisa permanece.

Pedrito se va con un abrazo y un choque de puños apenas acaba su hamburguesa. Antes se habrán ido los gringos. Yo me quedo viendo el fin de ese evento materno barrial y me pregunto por qué Pedrito no estará con ella hoy.

Pedrito ya no es más que una imagen difusa y lejana con hamacas en la espalda y me lastima saberlo tan solo. Y que, con esa sonrisa tan viva, la picardía hirviendo y a la vez inerte, se haya acostumbrado a eso. A veces Pedrito solo es Pedrito y todos nosotros, los lobos.

Entre Cristiana y Silvio me invitan unas cervezas y me hablan de su Nicaragua. De su miserable miseria, de su dolor agudo y de la subsistencia. Y lo mismo pasa con Rodrigo, el chango que me recibe en el restorán a la vuelta del hostal. Todos ellos creen, y quizás tengan razón y me convenzan, que a pesar de su pobreza infinita ellos sobreviven, pero que en Argentina es más complicado. Quién sabe. En eso de comer las sobras, todos los latinoamericanos somos hermanos.

Un gallopinto abundante y con queso y maduros fritos por veinte córdobas. Un dólar que, otra vez, tiene la rebaja de la amistad latina. Rodrigo acaba por ser un buen compinche por esos días y comeré allí donde él cada noche en Granada. Al irme, por la mañana, escucharé su saludo lejano: “Ey, Toro, buen viaje y vuelve”. Mientras se aleja con su bicicleta a toda velocidad lo imagino comprando el desayuno. Por la bolsa y porque tiene su hija, que además de ser un monigote rechoncho y hermoso, es la única razón por la que él vive, trabaja y, aún con eso, sonríe. “Ni por mi mujer haría tanto, aunque la ame eh, pero mi hija lo es todo”. Adiós Rodrigo: además de los olvidadizos, Latinoamérica también tiene algunos padres gloriosos.

La última cena me encuentra escribiendo en el restorán con el gallopinto a medio terminar. Me interrumpe James, un gringo de Minnesota, que vive hace seis años viajando y que hace tres que se instaló aquí. En realidad en las Corn Islands, donde planifica un negocio cultural y productivamente social. O socialistamente productivo. James, ojos saltones, cabeza ovalada hacia los lados y pelo rapado, sueña con un mundo mejor. Y lo practica cuando se despierta.

“Es una larga historia…”, me dice moviendo la cabeza hacia ambos lados, y pienso que no me dirá por qué vino hasta la ciudad, pero aplico la técnica más vieja: el silencio. Nada como eso para que el otro se sienta en el deber de ocupar ese espacio vacío y hable. Y vaya si lo hace.

Los malos triunfan cuando la gente buena se queda callada.

Al principio la historia me resulta de lo más inverosímil. Luego le creo ese cuento.  De cómo su padre, preso ahora y aquí, fue engañado por un mal tipo que le puso droga y policía en un mismo lugar. De cómo el abogado que le pusieron los estafó y les dijo que hacía cosas, pero no hacía nada de lo que decía hacer. Y de cómo su país, arrogante y todopoderoso, nada puede.

“Me leí todas las leyes de Nicaragua eh”, ríe James. Ya está encaminado con otro abogado y pedirán la deportación. De esa forma cree, podrá salir libre en su país. Mañana al fin podrá ver a su padre luego de tres meses. “Dicen que está bien”, me cuenta. Más tarde ríe en una muestra de resignación y explica que, si bien le jode, está haciendo todo lo que puede y el resto ya no está en sus manos.

James  habla acelerado y, si no fuera porque llevamos un par de horas de conversación, pensaría que está pasado de cocaína. Quizás esté bajo los efectos de esa u otro sustancia, poco importaría. Su acelere podría ser también por su increíble odisea.

“No está en mis manos”. Las palabras de James resuenan en mi cabeza al irme de Granada. Es el día después y me acuerdo de las manos vacías de Pedrito. Que sonreía con hamacas en las manos. Que sonreía con hamburguesas en las manos. Y que sonreía también con las manos abiertas y vacías.

De a poco se me cierra el puño y me llevo una especie de granada en la mano. La ciudad me deja su fruto y siento que James o Pedrito tienen las horas llagadas por las esquirlas de una explosión silenciosa e invisible. De una granada que les reventó en la mano.