6 de septiembre de 1976. La tropa somocista se adentra en la zona preselvática entre Rivas y Ometepe. Se oyen algunas indicaciones, dos o tres disparos y el silencio mortífero, cómplice de la eternidad. Hay caídos. Hay retroceso. Las brigadas extranjeras de apoyo al Frente Sandinista de Liberación Nacional se reagrupan. La noche los encuentra sucios y con miedo. Pero sobre todo, con hambre de redimir a los oprimidos. Y con hambre de comida también.

La comandante guerrillera Mónica Baltodano da vueltas sobre su propio cuerpo. No la incomodan el fango ni el hedor de sus cuerpos. No le molesta el rugir de las balas ni la comprensión real de que la muerte deja de ser una cosa posible para ser una posibilidad cierta. A eso vino. A vencer o morir en el intento. Luego, entre guardia y guardia, logra dormir unas horas.

30 de mayo de 2010. Día de la madre en Nicaragua. En cada de la diputada Mónica Baltodano se ven las caras de siempre. Las de la familia, que siempre está. La abuelita, a mitad de camino entre este mundo y su final; las primas; las tías; las hermanas; y, claro, los hijos, maridos, tíos y abuelos, que festejan a sus mujeres.

La madre es sagrada, aquí o en cualquier rinconcito de Latinoamérica. Mónica, hija de la otra Mónica y compañera de estudios de El Capital en la Universidad de Buenos Aires,  es la que me presenta a todo el gentío, mientras se acaba la picada y se entibian las primeras cervezas. Me habla de cómo a las madres se las venera y festeja. Me cuenta del tío presidente de la Corte Suprema de Justicia y de todos los otros, con etiquetas menos rimbombantes, pero igualmente únicos e irremplazables en esta reunión como en toda reunión familiar.

La diputada, coqueta y alegre, atiende a sus visitas y se esmera entre sonrisa y sonrisa. El calor se hace sentir en la casita bella y florida de Villa Fontana. Allí, a minutos del centro de Managua, el calor está en el aire y también en cada miembro de esta bulliciosa familia. Una escena tan conocida que me cuesta situarme en Managua y, por unas horas y días, juego a ser de esta familia

19 de julio de 1979. Una marea roja y negra copa la Plaza Central de Managua. La plaza central del país. Los miles de luchadores que llegan en columnas desordenadas se abrazan al reconocerse y lloran al mismo tiempo. También ríen. Aquél sueño revolucionario y emancipador, que llevó a Carlos Fonseca y un par de compadritos a fundar el clandestino Frente Sandinista de Liberación Nacional, se hace realidad. Las guerrillas finalmente toman Managua y el Gobierno nepótico y despótico de Anastasio Somoza queda sepultado.

En la plaza hay hombres y mujeres. Son ancianos pero también hay niños. Son un sinnúmero de oprimidos que han sacrificado a sus familias en aras de un mundo que se promete mejor. El reloj de la catedral marca las doce y treinta y cinco, hora exacta del terremoto de 1972. Los edificios de Gobierno y de la Asamblea Nacional son, entre sus grietas memoriosas, testigos de una lucha que acaba tras cuarenta años de férrea dictadura somocista. De un legado oscuro que se ciñó sobre la dignidad de cada nicaragüense entre pactos sombríos. Muertes silenciadas, expoliación material y política y la inestimable colaboración y venia tutelar de los Estados Unidos. Nicaragua se sacude en cada rincón y el temblor tiene epicentro en la Plaza Central de Managua. Otra lucha comienza. Otra historia, con lágrimas, sudor y sangre, se escribe.

31 de mayo de 2010. “Desde el terremoto no se arregló mucho, por eso sigue estando todo así caído, ja”. Raimundo ríe, pero mastica su vergüenza. Frente a la tumba de Carlos Fonseca que está ubicada en la Plaza Central, esa que sacaron los Aleman y devolvieron los Ortega, descarga su conocimiento vasto sobre Nicaragua. El reloj de la antigua Catedral, casi destruida, sigue dando las doce y treinta y cinco. Como si no pasara el tiempo. Aunque en realidad se ha avanzado y se ha retrocedido mucho desde entonces. Pero nada podría ser igual.

Las calles de Managua están poceadas. Destrozadas. Son retazos de una batalla metafórica. Es un capito bombardeado por la miseria. En uno de los países más luchadores y más lastimados. Ese que sólo tiene índices de pobreza y calidad de vida superiores a Haití. Ese que le duele a Mónica (h) al contármelo. En una esquinita de la plaza, esa cercana al puerto Salvador Allende y al Teatro Municipal Rubén Darío, uno de los miles de carteles rosa flamea. Con la imagen de Sandino, el propio poeta Darío, el indígena guerrero más famoso del país y, valga el sarcasmo, Daniel Ortega.

“Eso demuestra lo que este tipo hace. Gasta en carteles simbólicos mientras nos hundimos. Se proclama como la figura más importante junto a los otros próceres nicaragüenses”. Si no fuera triste, sería gracioso. Los carteles anuncian y vitorean la Revolución socialista, cristiana y solidaria. Resabios de una cultura local anudad a la religión católica y a las constantes paradojas.

“Hemos caído en el peor de los males. Un caudillismo que ha vaciado de ideales y materialidad al Frente Sandinista de Liberación Nacional”, lamenta y se enoja la diputada Baltodano. También su hija. Y su marido, don Julio López. Ellos –también Raimundo—están ya fuera del FSLN. Hoy son del movimiento Rescate y, valga la redundancia, van al rescate de la lucha y el legado ideal, moral, ético y guerrero de Augusto César Sandino.

En el semáforo, dos chicos piden monedas y otros dos se golpean sin mirarse. Miran al vacío. Al horizonte y con las miradas perdidas.

25 de febrero de 1990. A poco más de diez años de la histórica entrada triunfal en la plaza, el FSLN deja el poder o su intento transformador. Deja un país con una tasa de analfabetismo cinco veces menor a la que encontró. Deja un país más equitativo, con tierras repartidas y con índices de vida en ascenso. Aún así, ha perdido y los antiguos soñadores temen el retorno de sus pesadillas. La caterva de púgiles y cuervos neoliberales se abalanzan sobre Nicaragua para azotarla primero y fagocitarla después.

Los sandinistas no tienen respuestas ni consuelo: el somocismo, el entreguismo y el cinismo han vuelto. Los ismos más lúgubres vuelven a ocupar el poder en Nicaragua. Esta vez bajo el disfraz de mujer. Violeta Chamorro lidera una yunta de más de diez partidos opositores que, con apoyo de los Estados Unidos, obtiene poco más del cincuenta por ciento de los votos.

Casi veinte años después, la comandante Baltodano analizó los errores cometidos y los expuso en voz alta y en papel. “Se descuidó el trabajo sobre el factor conciencia, y la resistencia moral fue minada por errores de conducción, soberbia en las actuaciones y una excesiva preocupación por el control del poder por el poder mismo. La dirigencia se fue distanciando de la base”. Ya hacia 1975 la tendencia pragmática y hoy caudillista de los Ortega se hizo eje en el FSLN y lo dividió hacia adentro, reconocen los ex frentistas. Su destino empezaba a escribirse.

1º de junio de 2010. Es difícil ser opositor del FSLN cuando se fue parte fundamental de él. “Es muy duro reivindicarse sandinista y revolucionario e ir contra este Gobierno, que es del FSLN y se proclama como la Revolución”. La explicación se le escapa con angustia a Mónica Augusta López. La hija lleva el hervor en la sangre y las ganas de luchar. Sufre ante el embate y sabe que los enemigos son los que fueron amigos. Sufre.

La diputada acaricia su perro Mozart. Es medio ciego y sumamente cariñoso. Se acomoda en el sofá y descansa. Luego almuerza con una amiga de hace años y me suelta una anécdota relativamente actual. Una que humaniza y da risa a su figura guerrillera que hoy va por las vías de la democracia participativa y la resistencia. No, no son agravios cuando se sostienen con envidiable coherencia.

Cuenta la anécdota que en un congreso del Movimiento de los Sin Tierra en San Pablo, Mónica Baltodano, ex comandante guerrillera; Blanca, líder indígena del Ecuador; y Claudia Korol, académica de izquierda argentina, compartían habitación. Que las fortalezas de tanta lucha, honrada y orgullosa, se vieron abatidas por la presencia de una cucaracha. Que hubo gritos, saltos, corridas y, al fin, un asesinato. Que hubo risas y una dignidad ondulante. Que Korol, muerta de risa, comentó la épica posibilidad de ver a una comandante guerrillera nica y a una líder añosa del movimiento indigenista, dar sus vidas por cazar al enemigo. A veces, las metáforas nos libran de interpretaciones y reflexiones. Como en este caso, hablan –y ríen–, por sí solas.

10 de enero de 2007. Los bombos anuncian la victoria y los sandinistas, henchidos de orgullo, vuelven al poder tras dieciséis años. Será la hora del izquierdismo volátil en Latinoamérica. De los amigos de Chávez y Lula contra el resto del mundo.

Sin embargo, hay otra versión. Una carente de absolutismo, pero dotada de credibilidad por la coherencia y la honestidad. En Rescate y otras agrupaciones, se reivindican sandinistas opositores y, a veces, avergonzados. Hablan de traición ya en el año 2000, cuando el cambio en la constitución y ley electoral pactado por el neoliberal Aleman y el sandinista Ortega le dan al país su bipartidismo y repartija de cargos olvidado desde los tiempos de la revolución.

Hay quienes cantan volver. Y hay quienes usan a Marx –a Groucho o a Karl—para recordar con sorna y miedo, que las tragedias se repiten como farsas.

2 de junio de 2010. Las horas se van de Nicaragua y el viejo reloj aún da las doce y treinta y cinco. El ideario del FSLN es recortado por las tijeras del populismo caudillista y la masa sufre en el olvido. La miseria, acuciante y dinámica, deja agujeros en cada calle. En cada casa y en cada estómago vacío.

“Muchos de los antiguos guerrilleros hoy son empresarios”, me explica Mónica. Carneros devorando los restos de un país desguazado. Mónica hija está llena de vergüenza y rabia. El grupo de empresarios sandinistas, como se los conoce, son solo uno de los pilares de la derrota. Sin ir más lejos, Nicaragua es uno de los países que más ayuda económica recibe desde el exterior. Mónica cuenta que en 2011, al finalizar el mandato de Ortega –“El Daniel”, habrán sido más de mil millones de dólares recibidos. La mayoría de esa suma suculenta proviene de Venezuela y no entra en presupuestos ni auditorías. Ese manejo discrecional y populista –el “algo hacen” es moneda corriente allí—es fuente de enriquecimiento ilícito y nepotismo entre los antiguos luchadores.

La tristeza de Nicaragua se compensa con la nobleza de unos soñadores incansables como Raimundo. Él mira a los niños consumiéndose en la limosna de las esquinas y suelta su dolor. “Eso nos mata. Todos en la calle para llevar monedas a sus casas”. Los niños deberían estar en las plazas o en las escuelas. “Dan ganas de llorar”, le digo. Raimundo no me contesta, pero agacha un poco la cabeza y asiente.