Y los días pasan y las horas se caen de los relojes. La diferencia es que algunas agujas soportan mejor el paso del tiempo y otras simplemente se dejan vencer por la insoportable levedad de ser y la cruda realidad material que las constituye.

Otro claro ejemplo es el de la ex Terrabusi, donde los compañeros se agruparon y resisten hace un mes y medio la paralización de la planta en colaboración con los trabajadores despedidos y suspendidos. Allí las horas no se detienen y el paso del tiempo no es tan solo el devenir de los segundos atascados en algún reloj de pared de una dependencia gubernamental. Aunque la historia se remita a una espera en lucha. A un exigir ante la necedad.

Y mientras la empresa dilata la conciliación obligatoria dictada por las autoridades pertinentes -qué frío y aséptico el lenguaje preferido de las empresas periodísticas y los tribunales de oficio–, los trabajadores mastican el aire que les ha quedado en suerte. Algunos ya no resisten y aceptan la salida negociada. La limosna pasajera que les calme el agujero en los estómagos o revoque los techos hasta la próxima gotera.

Amansadora que amansa y avanza. Petrifica las luchas hasta torcerlas por su doblez más delgado. Una empresa que no produce ve cesar su capacidad de valorizar el capital. Un obrero que no trabaja ve cesar su capacidad de subsistencia mediada por la escasa paga que el capitalista le provee. Una paga que no es más que lo necesario para la mera reproducción física y espiritual de su fuerza procreadora de valor: el trabajo. Un trabajo que se extiende y queda delimitado más allá de las esferas del salario.

Y aún así, solo piden trabajo. Piden ser explotados para poder comer y lo demás. Solo pedimos, me digo y te digo.

Que al fin y al cabo el sistema es una perversión, pero aún así precisamos sus migajas para mantener nuestra capacidad de lucha. Y que nunca nos cansemos de ella, que la hoja con sus mil filos no recorte las quimeras.