En los amaneceres de octubre se leen nuevos vaticinios. Una ola de muertes turbias y violentas sacuden al país. Buenos Aires, malos tiempos, pocas oportunidades para subsistir. La turba iracunda de tinta violácea se posa en nuevos futuros asados para bendecir al ciudadano en su sopor matinal. Y cada augurio es un tormento, claro.

Las leyes pasadas obligan a nuevas argucias. Ahora dicen, ahora leemos. Al parecer, nuevos muertos masacrados caminan errantes por las callecitas de nuestras conciencias. La inseguridad galopa y galopante. Estrategias de verdad.

Y la ciudad es otra vez un caos. Y los cortes de tránsito entorpecen la armoniosa vida de los dignos trabajadores que habitan esta paradisíaca estancia. Otra vez los unos contra los otros, representando intereses colectivos o ajenos, según el quién. Y en el medio lo que se escapa, lo que nunca se aprehende. La velocidad que determina la existencia a través de condiciones materiales de constancia reproductiva.

Las luchas no perecen, pero están en el fondo de la realidad. Donde no existen entrevistas ni intenciones de dar visibilidad. Y los cortes que no son tales, son expresiones de lo que se padece.

Y algunos “expertos” hablan hasta de lo que no saben. O sí, claro. Tergiversan, manipulan, silencian. Hablan de tomas, de violencia, de politización endemoniada. Ojalá se politizase todo. Es hora de salir de la apatía que nos carcome por dentro atravesándonos desde un afuera siniestro.

Hay cambios posibles. Aunque vuelvan los muertos y los asesinos. Aunque la realidad se emancipe otra vez de la verdad y se funda en un incondicional abrazo con la falacia invisibilizante. Hay que sustraerse del aparataje mediatizado para poder ver con más claridad. Paradojas de la existencia moderna o posmoderna, según el analítico observador, más sigue siendo mucho menos.