Las primeras ocho horas las duermo casi de corrido, para que el viaje en bus no se me haga interminable. Llevo el sabor del sandinismo, las deudas impagas en materia de humanidad, la certeza de que el capitalismo solo genera una descomposición ultrajante en los hombres y el clamor de una lucha que no cesa en Centroamérica. Las melodías de los Mejía Godoy, las palabras de Rubén Darío y la violenta imposición de la herencia revolucionaria de los siempre oprimidos. Y el sueño de cambio.

Entre una modorra incómoda de viaje veo por la ventana los costados del Salvador y Honduras. Sus miserias, sus agrestes poblados rurales y sus vericuetos fronterizos. El C4, que también incluye a Nicaragua y Guatemala, me permite transitar casi sin tramiteríos. Solo el ingreso a la ciudad capital de Guatemala, con sus edificios tan endiablados y sus carreteras imponentes, me saca el sopor y la miseria que dejé en Managua. Los tiempos se me acortaron y me adeudaré una visita más extensa a El Salvador y Honduras.

A Guatemala llego repleto de dudas y con solo una certeza: no es un buen momento. Con la ciudad aún cubierta de cenizas –o con bolsas de residuos repletas de ellas—por la erupción del volcán Pacaya; y con las calles, carreteras y poblados sumergidos por la tormenta Aghata. La gente un poco asustada, los noticiarios alarmando con sus anuncios de más desastres o más damnificados. Con más de ciento cincuenta muertos, un hoyo en la zona dos de la ciudad que  fue fotografiado y dio la vuelta al mundo y bastante resignación por parte del pueblo chapín.

Centroamérica es un poco de eso también: aceptar que siempre llega una tormenta, o que un volcán explota, la tierra se sacude y, pues, la tragedia es inminente. Sumado a la casi nula previsión, la miseria que hace aún más flagrante a la inoperancia de los gobiernos y la desidia engranada a la resignación acostumbrada, se tiene por resultado un miedo bañado de normalidad.

José Joaquín me dice que está “todo tranquilo”. Lo conocí hace algunos años a través de los blogs, cuando éstos eran incipientes redes sociales y nos emparentó una devoción parecida por la literatura. Ahora me recibe en su casa de Mixco, a la salida de la parte central de la ciudad Guatemala, a minutos nomás del hoyo de la zona 2 y con las bolsas aún en la calle.

La ciudad de Guatemala está dividida en 25 zonas, que facilitan la ubicación de los viajeros. La zona uno es el centro histórico.

“Yo tuve que  limpiar el techo durante un día entero”, dirá sonriente Jota Jota. E insistirá, con su mirada calma, siempre sosegada, en que “todo está tranquilo por aquí”.

Guatemala es parecido a varias cosas que ya he visto. Tiene diferentes pedacitos de Centroamérica. De Panamá, los edificios inmensos del centro; de San José, los barrios comerciales de clase media; y de Nicaragua, las zonas marginales y los índices de vida.

“Tenemos los peores índices después de Haití”, dice José con extraña sonrisa. No parece ser orgullo, pero tampoco una vergüenza agobiante. Es esa extraña resignación otra vez, que le hace tener algo de pena o cierta bronca a medio masticar y que lo hacen regalar media sonrisa.

Los chapines y los nicas compiten por ser los peores y más pobres del continente. Siempre después del inalcanzable Haití, aclaran. A simple vista, pareciera estar peor Nicaragua, pero no tiene mucha relevancia. Y los chapines tienen a las temibles pandillas en sus calles. Las Maras.

Lo primero que asoma y llama la atención es la forma en que la ciudad tiene los barrios sellados con garitas de seguridad y enrejados. Barrios cerrados hay en todo el continente, pero en mitad de la ciudad son una novedad. “Es por las maras”, intenta explicar José, a la vez que me pone un poco al día sobre los últimos gritos de la moda delictiva: la extorsión.

Cada comerciante que reciba la cordial visita de las maras, sabe sus opciones: pagar o morir. Y aunque los tipos sean respetuosos y cumplan su palabra, muchos eligen la muerte honrada. Algo caprichoso para las ironías.

Los primeros chapines que conozco son amables y abiertos al diálogo. Sea José, con sus silencios interminables; sea su madre Doña Reina, con quien vive y tiene una sordera que se acrecienta a cada hora pero sobre todo en las tardes; o sea Rosa, la mujer que limpia y cocina dos veces por semana para la familia. El padre de José murió hace dos años y aún viven todos juntos. Con sus treinta y pocos, dedicado a sacarle dinero a los blogs y despuntando el vicio de escribir y hacer música, se nota que José está complacido y cómodo en la casa familiar.

En una recorrida por el centro histórico me cuenta del terremoto de 1976. Allí entiendo el destino de cada ciudad de Centroamérica. Todas están llamadas a hundirse, incendiarse y resurgir, como si nada hubiera pasado. Pero aún en Guatemala, mucho más rearmada que otras, las huellas se evidencian en edificios y estructuras. Cuando me hablan del destino, cambio de conversación…

Deambulamos con José por el centro histórico y sin un rumbo del todo fijo. Allí, en los resquicios neurálgicos de la ciudad, en plena zona 1, voy conociendo pequeños retazos de los guatemaltecos. Su vida, sus costumbres, sus calles con cenizas y baches. Los edificios oficiales y los epicentros culturales. Sobre todo dos de ellos: el municipal y el universitario. En el primero veré un batallón de chiquitas en sus clases de danza y un cortejo igualmente numeroso de padres y madres orgullosos. Allí se ven los talleres culturales, literatura, pintura, música, dibujo, escultura, danzas y otros más. A sólo veinte quetzales al mes, acceso ilimitado. Son poco menos de tres dólares, porque la moneda más simpática de América, que lleva el nombre del pájaro nacional, se cambia de a ocho unidades por dólar norteamericano.

La otra cara me la muestra José, que me cuenta de las varias veces en las que tocó en la terraza del edificio junto a sus compadres. Era un espacio utilizado para conciertos a beneficio de la agrupación HIJOS, que deambulaba por allí con su resistencia de la memoria y fueron expulsados por el municipio. Un espacio que no se usaba y –dicen—se “recuperó”, a costa de esa expulsión.

Hablemos de resistencia. Guatemala es un país con poca tradición de izquierda en el que, a diferencia de otros lugares cercanos la revolución armada nunca ganó el apoyo popular masivo. Por cierto, la guerra y sangría –entre los sesenta y los ochenta—se cobró miles de vidas. Incluso tienen sus desaparecidos, tan típicos del continente. Por eso no es extraño que exista una agrupación HIJOS ni que reclamen por sus ausentes. Por los sin muerte de Guatemala.

Pienso un poco en la convulsión, pero la ciudad y su plaza central parecen adormecidas en este domingo de misa en la Catedral. Solo encuentro una carpa en un rincón frente al Palacio Municipal, que exige respuesta por la represión a trabajadores movilizados en huelga de la cervecería Gallo, la más importante de la ciudad y el país. Culpan al intendente y al presidente Álvaro Colom. La carpa lleva dos años allí, me entero. Pero están solos e incluso nadie habita el refugio. Hoy es domingo.

“Están solos esos muchachos”, me dice José. La familia dueña de Gallo –porque en eso Guatemala es idéntica a los otros países de Centroamérica, donde pocas familias se adueñan de todo—tiene hasta su iglesia propia, a nombre de una abuela de la familia y, con el poder que el dinero confiere, pues, un dios aparte.

“Colom era o se decía de izquierda o centro izquierda, pero al estilo chapín. No es más que un neoliberal típico y nada hace por los pobres”, dice Jota Jota sin emoción. Al estilo en que se toma la política cada mayoría latinoamericana desde la última década del siglo XX y en los albores  del siglo veintiuno: desapasionadamente.

Ya sentados en un bareto con ciertos arrestos culturales, leo el periódico que JJ me pasa. “Es una tradición familiar que no he perdido. Es el diario más de izquierda y lo compro porque mi viejo siempre lo compraba”. JJ es un hombre de pocas palabras y que no suelta muchas emociones, pero noto el brillo de los ojos al contarme su tradición.

Allí, en el callejón diz que cultural y literario de la ciudad, con el mítico café de las Cien Puertas como escenario, las diferencias acaban por ser borrosas y Latinoamérica se une en un grito o en un silencio. Todos miserables, todos desnutridos y todos orgullosos y risueños. Todos profundamente latinos y cálidos. Tan unidos, pero sobre todo tan disgregados.