Los rayos de sol de la mañana calientan la ropa recién lavada y tendida en el patio. El reflejo del sol colándose entre los paredones de la casa aumenta mis ganas de conocer el reinado maya que ha dejado su legado en territorio guatemalteco. Ese sol milenario que ha bañado los cuerpos de aquellos indios y que hoy me presta su luz y su calor.

Sin embargo, mi rostro aún arrugado por la noche y la barba crecida de meses, reflejados en el cuantioso charco de agua, me recuerdan lo imposible de la búsqueda. Lo infructuoso de ella. Las tormentas, resumidas en ese charco, se han cargado los caminos. Inundaciones o derrumbes, sea cual fuere el caso, me negarán la chance de ir a Tikal y Panajachel. A cambio, iré a la ciudad más conocida e histórica del país. Al emblema.

Irónicamente, Antigua es un reducto colonial, posterior a la colonización, lejano a la presencia de mayas que no podré vislumbrar más que en recuerdos y souvenirs en la Capital. José Joaquín me recoge en su carro y el viaje demora poco. Llegamos en poco más de treinta minutos de autopista.

Las callejuelas son empedradas, a diferencia que en Granada, la ciudad colonial que me deslumbrara en Nicaragua. Esos empedrados, los monasterios, los palacios, la plaza central y los callejones hacia las afueras, son los detalles. Componen a Antigua y expresan una belleza colorida y acompasada. Caminar por ahí es hundirse casi quinientos años en la historia españolizada y cristianizada de la colonización de Latinoamérica.

Jesucristo. Y el Anticristo omnipresente.

Si no fuera por los autos, los Mc Donald y los negocios florecientes de modernidad puertas adentro –porque es ley conservar las fachadas o simular antigüedad en ellas–, podría uno olvidarse de todo aquello que vino después de Hernán Cortés.

Antigua derrocha cultura e historia entre las montañas, lejos de los males de la actualidad que vivimos desde la Patagonia hasta Alaska. No hay miseria, ni pandillas. Y hasta los vicios están recortados para preservar la paz cándida de esa ciudad pueblo.

Claro que la pobreza existe, al igual que lo demás. La contracara está a pocos kilómetros de la ciudad y, además de exhibir una realidad menos lavada, ha dado –entre otras cosas—al hijo pródigo de Guatemala: Ricardo Arjona. Guste o no, es el cuate que venció el autoexilio de la inexistencia centroamericana para cantar a las jóvenes y señoras de todo el continente. Y hasta los chapines menos amables se lo reconocen.

Durante el almuerzo en el Mc Donald más colonial del mundo, hablamos de lo que va emergiendo ante el paisaje. JJ me indaga sobre el viaje y las vivencias. Yo exploto de pasión humana y herida por las confirmaciones que estos meses me fueron dejando. Él también se confiesa de izquierdas, ateo y –dice– me comprende. Pero también dice que no es combativo, que no encuentra dónde luchar más que desde su casa.

Pablito, el hijo de su prima, nos oye desde sus doce años. No se mete y presta atención. Solo interrumpe para pedir que volvamos tarde a Guatemala ciudad, “lo suficientemente tarde”. Pasadas las cuatro de la tarde, porque no quiere ir a la iglesia. “Me aburre mucho”, suspira. Su madre, devota, lo lleva obligado. Pronto será un ateo convencido o un feligrés resignado. Pero se verá cuando tenga que decidir por su cuenta.

Chapines. Pablito y JJ en Antigua.

“Cuando lleguemos, le dices a tu madre que somos todos católicos y respetamos las instituciones. Y que amamos la Coca Cola”, bromea José Joaquín. Pablito, aunque no lo sigue del todo bien en sus cuentos, también se ríe.  Yo insisto con que le diga que somos de izquierdas y odiamos Mc Donald, pero JJ le dice que, “por las dudas”, no lo haga. Todo entre más risas y más bromas. Claro, Pablito tiene doce años.

Nos volcamos al empedrado en busca de una famosa librería que me han mencionado en Buenos Aires antes de partir, pero la encontramos perdida. Ha de ser triste ver un edificio en llamas, pero mucho peor es ver sus cenizas. Las marcas de los latigazos que el fuego dejó y el vacío profundo de aquello que fue y de lo que solo queda hollín y, en el mejor de los casos, memoria. Si encima ese edificio hecho trizas era una librería, me duele aún más.

Algo de los libros quemados me deja ensimismado. Tantos hombres y mujeres con sus horas empeñadas en escribirle al mundo sus verdades, y no sólo quedaron las palabras cuajándose en un estante de alguna librería, sino que ni siquiera eso. Se fueron para siempre y con ellas sus autores y sus vidas.

Al lado está el mercado artesanal y caminamos al lado de productores esmerados que rebajan y etiquetan precios según la insistencia del turista de turno. Pablito y JJ juegan con dos baleros y yo me les uno tras comprar una libreta guatemalteca para mi falta de inspiración. Ese decir, sin falsa humildad que recubra, para mi necesidad de gritarle al mundo las vivencias y reflexiones de un barbudo.

JJ y Pablito juegan. Uno es un niño. El otro tiene doce años y le sigue el juego. Al irnos, vemos la expresión más clara de Antigua, entre edificios con infinidad de muertes sobre sus fachadas y los fast foods, que brotan junto a las esnobistas galerías de arte. Antigua es otro lugar  de turismo, aunque sí tiene mucha cultura y vida propia que ofrecer. Al menos eso.

Empedrado. En las afueras de la ciudad.

En el monasterio de los Capuchinos, JJ me dice que parezco Jesucristo. Pablito se ríe. Yo me declaro el anticristo y menos importante. Cuando salimos a la ruta ya está lloviendo otra vez sobre Guatemala. La carretera es un inmenso atasco. Pablito no llegará a aburrirse en la iglesia. Bien por él.

JJ y yo escuchamos un poco de música andina y otro poco de Inti Illimani. Antigua queda en su pequeño fotograma de la historia. Pablito se ha dormido en el asiento trasero.