Finalmente, habrá segunda vuelta en Uruguay. Los estrategas políticos orientales han conseguido forjar un sistema electoral que les garantice que la oposición –progresista o izquierdista, según por donde se la mire– no pueda concretar sus objetivos de poder en primeras vueltas. Incluso en algunas como las de ayer, donde el triunfo es por escándalo antes que por los números.

De esta forma, los otrora mayoritarios Colorados y Blancos, hoy muy por debajo del Frente Amplio “tupamaro”, aún logran unificarse en la segunda vuelta para que se conserve el orden de la república soñada. Con sueños conservadores y pseudo pacifistas. Concertadores, conciliadores del olvido, claro.

Aún así, las quejas de Pepe Mujica poco importan. Es probable incluso que se imponga en la repesca. Cuando un candidato gana con tanto margen y debe someterse a una segunda vuelta, le queda mejor el nombre de repesca –como los españoles llaman al repechaje–. Mucho más real, por su significado, que la fantasía del desempate.

Pero más allá de la impresentable sumatoria rosa –blancos y colorados uníos–, hay otro tema más doloroso. La impunidad. Algunos paisanos celestes suelen sentirse satisfechos con la noción de que son los que mejor supieron transitar el paso a la democracia en latinoamérica. Sin tanto odio y revancha, dicen. Sin olvidar que fue una guerra, les falta decir. O no.

Hace unos días estuve con el responsable del Partido Colorado en Buenos Aires y lo dijo sin misterios. “Queremos un presidente para todos los uruguayos, sin revanchas. La memoria completa, mirar la historia con los dos ojos. Bordaberry fue un presidente constitucional y fue el único que solucionó los problemas del Uruguay por entonces”. Podría seguir horas reproduciendo los mensajes del amable Carlos Corbalán. Creo que no hace falta. Se entiende que ni Cecilia Pando podría haber reflejado mejor a su misma ideología.

También se rechazó el voto epistolar. Los compañeros del Frente Amplio en Buenos Aires, explicaban que la mayoría de los uruguayos fuera de su país, son frente amplistas, ex tupamaros o, en general y al menos, progresistas o de izquierda. Todo se entiende mejor con información que explique los resultados, claro.

Lacalle, candidato blanco, ex presidente neoliberal, disputará en las urnas la repesca por otro lugarcito en la historia. Bordaberry hijo, candidato colorado, ya confirmó su apoyo a los blancos. Rosas: “No es un ataque al Frente Amplio, sino que me gusta más el ciudadano Lacalle”. La mentira de los ciudadanos iguales ante la ley y la historia. La desigualdad no existe a los ojos de ciertos grupos de poder conservado.

Sólo me pregunto qué pasaría si acá en Argentina los próximos candidatos presidenciales fueran un hijo de Videla, Menem y un ex montonero. Bueno, en realidad, no estuvimos–¿estamos?– lejos. Siguen vigentes algunos personajes nefastos, no seamos hipócritas.

Por cierto, no se trata de analizar si la guerrilla armada fue un movimiento reprobable. Sea como fuere, no es equiparable a la violencia sistemática del Estado. No podría jamás hacerse la comparación. Solo por eso, las teorías sobre demonios bicéfalos pierden relevancia y lógica. Ni hablar si el análisis se hace con detalles.

Es triste por los que, aún sin la tontera adjudicada de una búsqueda revanchista, preservan la inquebrantable ilusión de que la justicia arrase con los canallas que se arrogan la defensa de la patria. Siempre tan putas las patrias.