Hace 20 años se produjo uno de los hechos más relevantes de la historia mundial contemporánea. “Se produjo” es un eufemismo más de los que esconden la verdad. Lo produjeron los sujetos en su devenir consciente y práctica consecuente. Aunque la historia se haga cuento y se recorten los protagonistas colectivos.

En 1989, pues, luego de más de 40 años de división y hostilidades, la reunificación de Alemania sería uno de los símbolos más estruendosos de la caída del mundo bipolar. Caía, quizás para siempre, la materialización del comunismo que pobló medio mundo. Aclaremos: la materialización de lo que se arrogó tal nombre.

En un interesante concepto, suele decirse que lo que allí hubo fue “socialismo realmente existente”. El filósoso y sociólogo del este, Tomás Várnagy, suele destacar este concepto como la materialidad de un régimen que se deformó sobre ejes erróneos y acabo por romper con los propios fundamentos que le dieron origen. Incluso con las múltiples diferencias dentro de cada país del “este”. Otro concepto discutido, por cierto, al fijar la mirada sobre el horizonte geográfico y cultural, que da por tierra la ilusión de una comunidad del este unificada y homogénea. Europa del Este es un invento, explica.

Dos décadas han pasado y las promesas capitalistas y libertarias tuvieron resultados dispares. Entre la potencia rusa, los beneficios de la Alemania oriental por ser Alemania al fin, y con la Unión Europea como luz al final del túnel para países como Polonia o República Checa; no son pocos –y conforme el avance del capital cada vez son más– los que tienen ostalgie. Mezcla de Ost (Este) y Nostalgie, del alemán.

La nostalgia del este es parte de aquellos que aún recuerdan con añoranza las épocas pasadas. La caída del muro, festejada por muchos, trajo una lluvia de piedras para otros. El capitalismo, panacea de la libertad según los ganadores, trajo en su justa medida –desmedida– la miseria social y la descomposición cultural y colectiva.En fin, su naturaleza intrínseca.