La situación se va crispando en el país, dicen los diarios y los analistas. Los opositores y los oficialistas. De a poquito, todo lo que era orden y progreso –en franca imitación al hermano mayor verdeamarhelo– se va tornando complejo, turbio, distorsionado. Ya nadie habla de crecimiento a tasas chinas, de (re) distribución –salvo la de diarios–, de las leyes progresistas o de las traiciones opositoras. Ya nadie puede escapar a Kraft, al Subte, a los movimientos piqueteros y tantas otras expresiones de esa “gente no gente” para los medios que empieza a redefinir el concepto de  “lagente”.

Las opiniones, tan diversas como los sujetos opinantes, se pueden clasificar en simples grupos. No por desmerecer la heterogeneidad del ser humano, sino por otorgarle un marco de comprensión interesante. Están, pues, los que a favor, los que en contra, los que a favor –pero no en los métodos–, los que en contra –solo por los métodos–, aunque estos dos últimos grupos cargan mucho de hipocresía o de unión en sus vértices.

Los que a favor, ponen el cuerpo. Y no son solo los ultraizquierdistas que quieren ver. Hay trabajadores –de todo tipo–, estudiantes –de todo tipo–, gente –claro, de todo tipo también–. Y no buscan el piquete, el paro o los cortes como método de regocijo. Algunos críticos creen ver en la continuidad un placer a partir de la rebeldía per se. Qué torpeza o qué miopía. Qué hijaputez.

Los que en contra cuestionan la idea de que se pueda protestar contra este sistema. Que se pueda ir en sentido contrario a los carriles de la normalidad que nos impone agachar la cabeza y recibir el próximo fustazo. Y deberían saber: para quien su única herramienta de subsistencia es el propio cuerpo, no queda otro método que el del propio cuerpo a disposición de la protesta.

Los que a favor y los que en contra –y cuestionan los métodos–, admiten la posibilidad de una queja. De una necesidad, madre de toda queja, claro. Pero caen en la utopía de creer en alternativas que no incomoden al resto de la población y, aún así, sean capaces de hacer visible una cuestión, para que esté socialmente problematizada –palabras de O’ Donell y la politología en pleno, para los que gustan del academicismo–. Y acusan de utópicos a los de “ultraizquierda” por ir en búsqueda de un sistema diferente que posiblemente jamás lleguen a ver ni disfrutar como humanidad. Qué paradoja ver el el dorso del propio yo en la imagen de un espejo.

Los métodos, que se los da el colectivo social –el que fuere en cada ocasión– en su lucha, no son cosa menor. Pueden acarrear inmensas derrotas políticas y, claro, hay pedazos de población –pedazos porque estamos en descomposición como humanidad– que no tienen cómo subsistir a tal derrota. Por eso Kraft es emblema con su victoria a medias y su lucha que persiste. Por eso el subte es emblema con su millón de usuarios que Clarín dice están afectados y con bronca. Porque son luchas que se propagan y se muestran como posibles y necesarias. Y porque tienen un apoyo innegable de diferentes grupos de la sociedad.

Podrá intentarse una reflexión sobre los métodos sí o los métodos no. Pero jamás puede desprendérsela de la ceguera. No puede desligarse a los métodos de las causas, ni tampoco utilizar cualquier método que perjudique la propia lucha. El apoyo y la fuerza son las herramientas básicas de la lucha y el cambio. En la soledad germina la derrota.