Uno se levanta, desayuna, se coloca la casaca de la justicia —o la de judío, según cómo haya amanecido—, camina unas cuadras, se sube al transporte público que le toca en suerte, baja, escucha, explota. Aún cuando explotar sea un verbo desgraciado en este caso.

La pólvora se enciende con la chispa de los discursos del nuevo acto para exigir que se esclarezca la voladura de la AMIA y se castigue a los responsables. Causas nobles y necesarias, pero que no habilitan a mezclarlo todo.

Podríamos hacer un recorte desde los “grandes medios” y ver qué dice cada uno. De las solapadas menciones de Página 12 a las críticas contra funcionarios, a la versión de Clarín, que apenas recordó que el peor reto se lo llevó Macri. Incluso La Nación, sorprendentemente, se lanzó primero contra Macri y después contra D’Elia. Pero no vamos a hacer análisis de medios, ya casi todos parecen haber entendido el juego de cada empresa y sus intereses. O no, pero no es el caso.

Sobre el comisario del gerente porteño no hay mucho para decir u opinar. Son tan claras las quejas y voces en su contra que sacarlo es más beneficioso que sostenerlo. A diferencia de lo que podría hacer el Gobierno nacional con Moreno porque, seamos sinceros, “la gente” lo tomaría como un acto desesperado. Macri, con lo que eso duele, tiene aún a media ciudad a su favor.

Olvidando a las críticas sobre Palacios, e incluso las que le propinaron a D’Elia —que es impresentable en muchos aspectos, pero al que se le otorga mayor entidad al endilgársele etiquetas tales como “sicario de Irán”—, volvamos a los discursos.

Es preocupante que a 15 años del atentado —y no 17 como se le chispoteó a Kollmann en Página12—  se sigan confundiendo tanto las cosas. Preocupante que nadie lo discuta y, triste, que ningún opinólogo de los cientos que pululan por los diarios tenga la claridad para decirlo: las críticas a Lubertino son una pelotudez.

Podemos sostener que el temor persiste. Que el antisemitismo no se extinguió. Nadie podría discutirlo. Pero de eso, a creer que las demostraciones de solidaridad con los palestinos o el antisionismo son producto del odio visceral a los judíos, hay un abismo de estupidez.

Es necesario que alguien discuta acerca de las sandeces que recorren el sentido común. Ningún grupo de izquierda se manifestó por antisemitismo —aunque quizás exagere con lo de ningún—. La opresión del pueblo palestino es una verguenza del Estado de Israel, nos guste o no a los judíos. La equiparación del presidente iraní con Hitler —durante uno de los discursos de ayer— es una tontera y encima esquiva las propias miserias. Ver demonios de un lado y un pueblo exonerado de cualquier culpa por el otro, es un peligro.

Y cuidado, que no se justifican sus acciones o decires con ello. Pero la propensión del judío a ver antisemitismo en cualquier lugar es un terrible karma.

Y entonces se culpa a Lubertino, se acusa de xenofobia a los grupos de izquierda, etc. Pero jamás se discute acerca del real sentido del antisionismo. Cuando Lubertino acusa al Estado de Israel por sus errores no se equivoca. Quizás no fue oportuna. Quizás debió callarse y tolerar la sensibilidad de un pueblo tradicionalmente hostigado. O quizás no, y los que están equivocados sean los que no saben separar una cosa de otra.

La xenofobia, por cierto, no es patrimonio exclusivo de los antisemitas. La discriminación fluye por entre la comunidad judía con total celeridad y comodidad.

Tampoco hay que caer en la simpleza de defender a los que efectivamente son antisemitas. Y es que, nobleza me obliga por judío y de izquierda, los que no ven la diferencia están en ambos lados. Infinidad de compañeros caen en el reduccionismo de unificar en forma inseparable al judío con Israel y su política exterior.

Y así vamos, con miles de años —o tan solo 15, según para quién—, sin ser capaces de diferenciar una cosa de la otra. Sin abandonar las posturas maniqueas y acabadas. Sin hurgar en los discursos para acabar con los sentidos comunes y zonzos. Y quien se anime a cuestionar a Israel o asegurar que Palestina merece otro destino, será antisemita y desterrado. Y quien defienda su pueblo, comunidad y derecho de existencia, será sionista belicoso e imperialista.

Pero a veces, pocas veces, aparecen ejemplos simpáticos para molestar un poco a la normalidad. Y si no miren a Uri Davis.

Sería hermoso, realmente lo sería, si los portadores del micrófono de ocasión lograran discernir entre lo que es y lo que fantasean. La lucidez tradicional del pueblo judío no se basa, como creen muchos, en su habilidad comercial. Hay una rica historia de pensadores y luchadores. Gente que, sin lugar a dudas, sabría diferenciar muy bien entre su condición de judíos y el sionismo imperante.