Lima es desordenada. Lo dicen los taxistas, lo dicen los vendedores y lo callan sus rincones prolijamente desordenados. Barzolita me explica que están reorganizándola. Así le llaman a la construcción desmedida y sin planificación que sufre la ciudad. Barzolita, 66 años, taxista, guía y primer contacto con la cultura incaica y pre incaica. Dice que están mejor así. –Estamos mejorando de a poquito- dice.

Osvaldo no piensa igual: -Castañeda hace, pero no sabe calcular bien, dijo que el metro estaría para este mes, enero, pero luego lo postergó para mayo, pues, y entonces veremos. Castañeda es el alcalde de Lima, responsable de lo bueno y lo malo que relatan sus habitantes.
Lima huele agridulce. Hay orines secos por doquier, pero no alcanza a molestar. Es extraño, como si en estas calles gastadas y ruidosas se mezclaran olores desagradables y resultaran, de una forma incomprensible y química, en uno tolerable.

-Llevo ocho años de casado y otros tantos de enamoramiento. Una vez me dijo que ya iban muchos años, que tengo miedo ya, que te doy uno más para casarnos o te olvidas de mí, ah. Ahorita tengo dos hijos y muchos límites, pe. Osvaldo ríe mucho, como casi todos los limeños. Son, ante todo, jocosos y ríen con cierto pudor, hasta que entran en confianza. Osvaldo también es taxista de raza. O de raza taxista. Como tal, confidente, guía y uno de los más conocedores de la ciudad. Nos recomienda sitios, turísticos y de los otros, nos enseña sus dientes blancos y desparejos con esa amabilidad que solo es posible si es natural, jamás impostada. Como todo taxista, también acepta el juego del regateo a la hora de acordar la paga. Lima es también eso, una rara mezcla entre gigantesco mercado persa, construcciones dispares y un bazar inmenso del once porteño.

Otro taxista jugará al regateo y sonreirá ante la habilidad adquirida por estos argentinos en el arte de la puja distributiva. –Me doy, seis soles está, pero no regateen tanto—, nos aconseja y nos condena al placer tortuoso del ritual.

Lima parece repleta. De cemento, de gente, de bocinas. Cada esquina es testigo del delicioso baile de seducción pre apareamiento entre dos animales de metal. O más de dos. Autos, buses y motos se enfrentan y danzan al sonar de sus bocinas. Las hay agudas, graves, algunas suenan como el débil graznido de un ave tropical en celo. Todas suenan. Si en Buenos Aires el tamaño de un coche puede intentar compensar la virilidad –o reflejarla, según quién y dónde/cuándo–, en Perú la bocina es el clamor fálico por excelencia.

-Antes era peor, me cuenta un chofer de bus del que no recordaré el nombre. No puedo imaginarlo. Peor ha de ser el infierno y, ni aún así, tan ruidoso. Pero los cacharros metálicos son histéricos y pocas veces cumplen con el apareamiento posterior a la danza del chirrido. Por suerte.

En el desorden también hay orden. Las campañas de seguridad vial no son patrimonio argentino, son la hermandad latinoamericana. Con garitas –que ni eso son, en realidad—en el cruce de las avenidas, con inspectores de buses que, cuales chanchos, controlan el uso del cinto de seguridad. Precarias medidas omnipresentes. Lo dicho, mucha histeria y ningún apareamiento. Por suerte, que es lo único capaz de evitar un choque entre cuerpos metálicos que hacen sonar sus bocinas, pero que jamás frenan.

Lima es la meca de los vendedores ambulantes. Deambulan ofertantes y se nuclean por rubro. Incluso hay una zona de tapiceros artesanales que, con reminiscencias a la Warnes porteña, por las noches emula al lejano oeste. Silencioso, lleno de polvo, sin seres vivos y sin sheriff al que acudir. –Zona tranquila-, dijo Barzolita.

Lima es eso. Bella, histórica, imponente. Rica en paseos y recovecos milenarios. Rica, sobre todo, en casinos. Dicen que en la desesperación se cuecen los jugadores. Lima debe ser un muestrario de la desesperación humana. Hay casinos –o tragamonedas, quizás—en cada calle. Incluso hay más de uno por calle en algunos distritos –barrios, localidades–. Luces de neón que empastan el opaco gris de tanto cemento. Hay infinidad de cemento. Lima no es excepcionalmente sucia, pero es infinitamente gris. Al menos en el centro.