-Psss…no sé, pe, pero está creciendo hacia los lados. El comisario Sánchez se desinfla antes de contestar a mi pregunta. Nadie sabe ni sabrá decirme cuántos habitantes hay en San Andrés. Es un pueblo pequeño, pero no tanto para ser infierno grande. Despintado, casi bucólico. Para eso le falta polvo al pueblo o una botella de pisco a mi percepción. O ambas.

La comisaría es el ícono de los `pueblos. Enfrente, la biblioteca, cerrada. Es domingo en todos los rincones. Las características moto taxis copan el paisaje. Una, roja y amarilla, me insulta. Sus ocupantes ríen, no agreden. Un insulto al pasar es el saludo al extraño. También tiene ruinas y reconstrucción. San Andrés es parte del departamento de Ica, lindero a Pisco, donde en agosto de 2007, un terremoto lo movió todo de lugar. Terremoto, réplicas, tsunami. En kilómetros a la redonda, todo está marcado por ese día de 2007.

San Andrés tiene la plaza típica de los pueblos. En Argentina, todo pueblito que se precie de tal tiene su plaza San Martín. En Perú, le llaman Tupac Amaru.

Cómo llegamos a San Andrés es un extraño extracto de un cuento jamás escrito. Quizás será narrado en el futuro. En ese caso, dirá que tres argentinos –o gringo, que acá todo individuo de piel desteñida lo es- bajaron en el cruce Pisco una tarde pegajosa de verano y al caer nomás para ver como un timo les había costado dos pasaportes, una cámara fotográfica y ciertas angustias. Se narrará la corrida apoteótica del argentino blondo –o gringo, o ruso-, la desesperación de la argentina colorada, la apacible pasividad del argentino pelado. Se escribirá sin decoración ni ornamentos la entrada al pueblo Tupac Amaru, conocido como “La Villa”. Se dirá que en una pequeña comisaría roída por el viento y el polvillo de montaña, tres argentinos intentarían levar a cabo una denuncia para darse cuenta que no, que allí no podían tomársela, pero que les darían aventón. Habrá luego un viaje en patrullero –un desconchado cacharro con maletero tuerto—hacia San Andrés.  El camino es de cuento, así que será escrito y descrito: ruinas. Entre Pisco y San Andrés, la nada y el polvo. Y gente sin más actividad que la de respirar.

“La gente de Pisco ya disfruta la mejor reconstrucción en los jardines de San Andrés”. El lucro nace de la necesidad, luego la crea y, finalmente, se sienta malicioso a reírse y servirse de ella. Los jardines son como los mono bloques, pero horizontales. Duermen entre los restos, un sin número de casitas idénticas, coloridas, alegres. Engañosas.

En la comisaría hay ocho camas, cuatro computadoras, un comisario hosco, tres policías simpáticos y un cabo comiendo un durazno a la sombra. El sol pesa sobre las cabezas en este pueblo.

Mientras la denuncia y el papeleo, en el cubículo contiguo, Sánchez me mira de reojo. Tiene bigote tupido y negro. Es el peruano más parecido a un mexicano que he visto hasta el momento. Pero es “de aquí mismito”, me dirá. Y ya no dirá más. Sánchez casi no habla y escribe en un gigantesco libro de actas. Si A4 es la hoja de computadora, ese libraco descolorido ha de tenerlas A10 o A12. Cada tanto me mira de reojo y baja rápido la mirada si le sostengo el cruce de ojos. O es tímido o me ve sospechoso por estar escribiendo en una comisaría. Allí debe ser él el único que escribe.

-Quién atiende, pe?- Me dice un tal González, Jorge, al tenderme la mano en señal de saludo y respeto. Sánchez salió y los argentinos están denunciando “el hecho o hurto” en la oficina de Rodriguez y Moreno. –Yo no-, le sonrío, pero qué ha pasado?- Una motoneta ha chocado el carro de mi sobrino. Venía borracho. Motos y borrachos, San Andrés tiene su domingo típico y mal combinado. Al rato, cuando me disponía a tomarle datos al tal González, Jorge, llega Sánchez.

Cuatro chicos discuten, un tío los calma y una prima mayor del borracho se hará cargo de las disculpas y el dinero. El borracho ofertará su celular como recompensa y luego se irán a buiscar la moto daáda y, luego, secuestrada.

–Siempre lo mismo-, bufa Sánchez. –Los fines de semana son tremendos. Me río y no me entiende. La calle está desierta y casi no se oyen ruidos. Llevo dos horas allí y solo han entrado los de la moto. –Todos se toman su cerveza y ya ves, pe-, insiste y cierra el caso, lacónico, el comisario. Sánchez nunca ha estado en Lima, pienso.

Cansado por la ruta, el polvo y la espera, voy al baño. Lavarme la cara me reconforta y, a esta altura, la comisaría es como mi casa. Mientras descubro una policía pasional y amable, distinta a la línea azul del mundo que tanto detesto, me sorprende una inscripción en la pared. “Policía soy, de corazón…”. El himno de la fuerza es un cántico de guerra. O de cancha, que es igual. “Por la gloriosa policía nacional”, termina. Para cuando regreso del baño, Moreno y Rodríguez ya son amigos del blondo y la colorada.

-Conoces el cuento de la vieja y los huevos cuadrados? –

Moren contará un gran cuento. Conocido y efectivo, de esos que valen. Nos enseñará su fondo de pantalla semi pornográfico, semi gomería, pedirá que le saquemos fotos y nos dará su correo. –Escriban y nos seguimos viendo, pe.- Moreno nos abraza al bajar del patrullero. Que los visitemos al volver, dice. Que qué bueno conocerlos.

Con Rodríguez la despedida es más fría. Me aprieta la mano y le agradezco el viaje hasta Paracas. Apenas una hora antes, mientras la denuncia, en otra de mis visitas al baño, me crucé con otro oficial de bigotes morenos y tupidos. No supe su nombre, es el que comía un durazno a la sombra. Luego chancleteó y arrastró su cuerpo pesado por el destacamento. Traía un cepillo de dientes. Muy limpio el poli, pensé.

Al rato, cuando González, sobrino, borracho y moto, apareció en toalla. Con remera, chancletas y toalla. Recién duchado. No hay duda, el segundo policía mexicano de San Andrés era un hombre limpio. Muy limpio.