A Barrancos voy a volver. No tanto porque fuera muy bonito o pasara una gran primera noche de viaje, sino porque no logré comprenderlo. No sentí ninguna esencia especial en aquél distrito, que bien podría ser un anexo de Palermo . Una sucursal palermitana, Palermo Hono Lu Lu, dada la distancia y la manía de etiquetar todo bajo el designio de lo conocido. Con playa y unos simpáticos quioscos ambulantes.

En Barrancos destacan tres cosas: la playa, ajena a todo lo que la ciudad se empecina en quitarle, los hostels, empecinados en conquistar a todo viajero que no ose meterse en los rincones de la Lima más profunda y menos ascética, y los bares y discotecas, siempre dispuestos a brindar diversión en cuentagotas para los amantes del tumulto al estilo wild on.

Barrancos está tranquilo está noche, pero es una casualidad: yo buscaba paz en el comienzo y los limeños y turistas buscaban fervor y feromonas en una fiesta en las afueras de la ciudad. La combinación es inmejorable. Bares semi desiertos y con música moderada, cerveza fría, una playa que gana una pequeña batalla de la guerra citadina y las construcciones semi coloniales, pero prolijísimas. Demasiado prolijas. Desapercibidos, mi fetiche desde ahora: los quiosquitos ambulantes a tracción humana, esclavos de su cuerpo y sus armas mercantiles. Son extremadamente amables, aún cuando no les compre uno nada.

-No lleven las mochilas eh. Hay mucha gente en los lugares y las calles y pueden arrebatarles algo, pues–, nos aconsejan en el hostal. Iquique es una pequeña puerta en el distrito de Breña, tras la cual se esconde un digno refugio a módico precio. Siete dólares cada uno y tenemos una habitación con baño privado y hasta internet inalámbrica. La zona es céntrica, bien enquistada en el centro del infierno limeño y sus vendedores, bocinas y mareas humanas. Pero la calle Iquique, sobre la que se erige el hospedaje del mismo nombre, es un oasis. Cuando salimos en búsqueda de una cerveza de bienvenida, tres chicos juegan al fulbito, dos mujeres conversan en la vereda y, por la angosta callejuela, corren algunos otros niños.

–Llevar las mochilas es peligroso. No lleven las cámaras, ni la computadora, ni la billetera.

Alfredo no sabe e insiste con cortesía. No sabe que estamos inmunizados contra fiebre amarilla, fiebre tifoidea, malaria, mal de altura, hepatitis en sus dos sabores y contra el pungueril arte de tal chanza. Su compadre, Luis o Diego tal vez, nos dice que como queramos hacerlo, pero que es tan solo un consejo. Debatimos entre la tranquilidad de portar lo propio y la angustia de perderlo. Las angustias siempre triunfan por sobre la tranquilidad, se amparan en la presuposición de un futuro negro e incierto. Las mochilas se quedan.

El taxi nos arroja en el lugar. Son ocho o diez soles, quizás doce, ya no recuerdo, pero el regateo fue solo un ritual innecesario esa vez. Como esas cosas que se hacen más por cortesía y costumbre que por el virtual efecto de la acción. El automatismo también es una manía de los viajeros.

Entre la iglesia, elegante y dispuesta a amedrentar a los beodos y celebrantes, emergen bares y una playa. Es una, porque en la noche se pierde la distancia. Hay casas y casitas, una bonita plaza reluciente, pituca, pulcra. Demasiado limpia de todo, incluso de gente. Barrancos no parece el peligro predicho por Alfredo y Luis o Diego. Finalmente no lo sería.

Barrancos es –y me pasaría lo mismo con Huacachina un tiempo después—algo demasiado bello y apacible. Casi anecdótico en el mundo, sin mucho que decir ni hacer. Entre el lodazal incierto y apasionante de Lima, Barrancos no dice nada. Sin embargo, el exceso de orden y pulcritud me incomodan aún más que la liturgia del desorden pueblerino. Hay algo  que, a pesar de ser una linda noche con amigos en un pintoresco lugar, no me sienta del todo bien.

La cerveza fría mejora la situación notablemente. También las yucas fritas y saladas. No hay peor que viajar y conocer lo extraño con el estómago vacío y yo no comía nada desde Buenos Aires, medio día atrás.

De camino a la playa  me pongo a jugar con mi imaginación. De cómo creí que sería, de cómo habrá de ser. Y, en el medio entre lo posible pasado y lo real por venir, inatrapable, el momento ínfimo y efímero en que se disipa la alteridad y uno se convierte en viajante. Los sujetos en tránsito permanente nos acomodamos. Mutamos a lo que el contexto nos dicte. De día gringo, de tarde porteño, de noche primo y hermano, mi brother.

Finalmente, salgo de mi cabeza y emprendemos el vertiginoso regreso a Lima centro. Son cuarenta minutos de adrenalina insoportable y a la vez deliciosa. Como si alguien o algo hubiera querido sacarme de la modorra del viajar. Del partir.

En los colectivos limeños todo es grito y velocidad. Subes, te sientas, pagas, te bajas. Todo entre gritos y zambulléndose uno en un oleaje profundo de bocinazos, frenos inutilizados y asientos movedizos. Un circo.

De noche, primera e irrepetible noche–, a los tumbos, sin frenos, mitad argentino mitad viajero en franca transformación, Lima se torna incomprendida.

Cerca del Iquique bajamos en busca de refugio. La runfla de lúmpenes se abarrota en las calles y avenidas vacías del centro noctámbulo. Putas, travestis, borrachos, compadritos, gangsters, un charco de sangre. Todos nos miran y nadie nos habla. A veces, la marginalidad obliga y sujeta tan fuerte al marginal, que ni se atreve a cruzar su cerco invisible ni aun estando bajo la tutela de la noche. Es su territorio y aún así no lo exigen exclusivo.

Llegada la cama, el pensar se aleja y comienzo a soñar con chamanes y selvas. Al otro día dejaré Lima con una convicción: volver al rato. Al menos, para comprender aquello que, de primeras y en Barrancos, no pude comprender.