Creí que no había posibilidad de escribir algo sobre el tema sin caer en la trampa. En la oscuridad y medianía inevitable de un contrapunto con infinidad de vericuetos.

Creí que la única opción, tal como demostraron los exaltados espadachines del videograph, era culpar o no culpar. Era quejarse de las instituciones, putear a uno o alegrarse por el otro. Y, sobre todo, hacerse eco —a la vez que alentar— del agite de los bandos. Una vez más la clasificación binaria y la falta de matices.

La nota de Eduardo Fabregat de hoy muestra —me demuestra— que no. Que me equivoqué. Que no podría —yo, al menos— escribir sobre el tema sin caer en lo que han caído otros tantos. Y aún algunos pretendieron originalidad y blandieron sus verdades elocuentes con esmero. Se sabe, el esmero no es sinónimo de verdad. Mario Wainfeld nos deja, en su siempre exaltada columna, una mezcla de sensaciones. Apela a las leyes, las reglas y la realidad. Quizás por su pasado leguleyo precisa desandar constantemente el camino que va de la letra muerta a la viva acción del sujeto. Quizás no, pero igual cae en la necesidad de resaltar lo bueno —o importante— del fallo y todo el circo Cromañón. Y me preocupa. No oí a nadie quejarse por los 20 años a Chabán ni la destitución de Ibarra —cosas que el autor reivindica—. Pero aún si hubieren allí aciertos, no redime los errores. Es bueno correr la lectura para redimensionarla. Tan bueno como no comprar las palabras que disfrazan la otra parte. Mucho menos cuando lo hacen en nombre del Estado de derecho y la lay en coche.

Y le pido perdón a Mario, que al menos intentó montar el caballo de la cordura. El que sin dudas debió haberse callado es Roa. Ese final entristece cualquier análisis. Creer —porque si alguien leyó a este tipo más de una vez sabrá que realmente lo cree— que la lección de Cromañón —y hay varias más interesantes— es que los padres deben cuidar mejor a sus hijos es una hijaputez. Es de una bajeza absoluta. Es una lógica parecida a la que en los 70 rezaba: “Si cuidás que tu hijo no esté en nada raro, entonces no le va a pasar nada malo”. No vale la pena explicar en detalle que dicha afirmación carece de valor alguno.

Ni hablar de la veneración de Leyba por la justicia. Hay gente que aún cree fervientemente en las instituciones. Son los que, por lo general, menos creen en el ser humano. Y olvidan que lo instituido es una forma compleja que se relaciona con lo instituyente. A cada minuto.

Pero insisto en que sí hay cosas para decir. Lo supe cuando leí a Fabregat. Hay cosas por decir y, bienvenido sea, con argumentos que exceden la mera empatía con unos u otros.