Me llevó unos días volver a escribir. En la cabeza escribí en forma constante, pero como todo por estos días, quedó guardado para más luego.

Imaginé esta crónica varias veces y siempre empezó de la misma forma, así que habré de hacer caso al caprichoso inconsciente. Empieza la crónica con el siguiente diálogo:

-Ey, pe, no puedes estar echado ahí.

-…

-Sí, sentado sí, pero no echado.

Es un poco más de mediodía y el sol parte la tierra por el costado sur de Perú. Miro, con dificultad por el reflejo, y veo que un gendarme me invita amablemente a levantarme. Estoy en el mirador Yanahuara, en la zona alta y refinada de Arequipa. Es la segunda vez, en apenas dos horas, que un agente del orden me obliga a sentarme. En Arequipa no le quieren a los acampantes. Ni en Yanahuara ni en la Plaza de Armas.

Esta ciudad es un gran centro comercial, por todos sus rincones brotan mercados y galerías dispuesas a dar por tierra con los presupuestos del tímido humano en disponibilidad. No sucumbo a sus infinitas tentaciones y ni siquiera una bonita réplica de la casaca de mi amado Central a siete soles y medio –unos dos dólares con setenta centavos– me hace transigir en mis ahorristas convicciones.

El Mercado Central es hermoso. No es vistoso ni coqueto, no hay ofertas irresistibles ni limpieza, pero abunda gente para respirar.

Anselmita me ofrece un trago de un jugo de rana que adivino espantoso. Le agradezco y le pregunto si le ha gustado. Las muecas de su rostro ajado por años de tierra y sol lo dicen todo.

-Para el cerebro- explica la simpática vendedora, que me cuenta el proceso de preparación y que deja de ser simpática cuando mi negación y mi frágil estómago acaban con su ideal de vendedora implacable.

Avanzo unos metros, de la sección porcinos a la de quesos y, de allí, a la de jugos y la veterinaria, pasando –hacia la izquieda de la entrada principal–, por los artículos de electrónica, calculando el tiempo en que los minutos juegan laberínticos entre los pasillos de este bello muestrario de las leyes de la oferta y la demanda. Por detrás, asoma, invisible, el trabajo humano sudado y muriéndose de risa. De prisa.

-Chico, quieres?- me invita una mulata de treinta y largos,  casi cincuenta. Giro sobre mi eje con una destreza desconocida y la veo. Y lo veo a él. Ojos pequeños y megros, párpados semi cerrados o semi abiertos, piel negra y moteada con unos bellos parches de algo que, entre la mugre y la oscuridad, asoma como beige.

-Por cinco soles te lo llevas, anímate.

-No, si yo me animo, pero cómo me lo llevo luego a cuestas?

Las risas de la mulata se dirigen a una compinche. Cuanto más nos hablamos, menos nos comprendemos. Me voy a otros rubros en busca del refugio ridículo de la soledad. No sin antes mirar al cachorro moteado que busca dueño para sus ojos negros y su cariño de cola, por cinco módicos soles.-

Casi a la salida un travesti me ofrece algo que no llego a compender. Las pescadoras reinan con su hedor agobiante y los pájaros hacen parapente entre cada una de las puntas del mercado. La genética me deposita en una librería en la que una lupa Glass vale cinco soles y suena música de Neil Sedaka. Algún pequeño arequipeño soñará en el futuro con Nueva York.

En las callecitas de este centro sísmico descubro cierta desprolijidad organizada. Como si todo el desorden que me sorprendiera en Lima incauto, fuera un patrón del ADN del peruano citadino.

Arequipa tiene al Colca –con sus volcanes, Misti, Pichu Pichu y Chachani- como Cusco al Machu Picchu. Pero, claro, salió desfavorecido en la repartija de atracciones turísticas. La excursión de dos días–o más– sale algo así como sesenta o cien soles –según la cantidad de días–. Invita a ver vicuñas, llamas, alpacas, un cóndor, un pueblo con dos piletones termales y el volcán y su cañón, desde lejitos. No quiero gastar, no quiero aventuras y las llamas se pueden ir a la puta madre llama que las haiga parido.

Arequida, además, de su desfavorecida oferta turística, no tiene mucho para dar. Aún así, me gusta sacarle algo de polvo a sus veredas. Tiene, sobre todo, infinitas pastelerías. Como si con tanto dulce pudiean contrarrestar el amargo sabor de saberse habitantes de una ladera del volcán.- De un volcán activo y en fecha de hacer su próxima erupción.

Además ha salidos el sol y, tras las frías y pedregosas noches del Cusco, no es poca cosa. Cada gota de sudor que se filtra po mis poros, limpia un poco del oprobio interno de la última semana.

Abandonar Arequipa no cuesta nada. Solo saludo a Jennifer, que en su bello hostal amparó mi corta estadía en paso hacia la familiar playa de Mollendo. Ni siquiera sus plazas quisieron abrirse camino a mi andar. O echar.

En peregrinación hacia la zona baja de la ciudad, donde el coliseo y, según me dicen, los peligros, entré en una librería que tiene más libros de autoayuda y para colorear, que de los que se disfrutan. Han de tener un excelente estudio de mercado que los asiste.

De cualquier forma, tienen un ejemplar de “Más allá del bien y del mal”, de Nietszche, a siete soles, pero desisto de llevarlo. No se me antoja la mutilación de mi sórdida humanidad por estas horas. Quizás me arrepienta al atravesar el Ecuador, pero ya se verá.

La librería también exhibe el patrimonio que más orgullo le reporta al Perú. Sobre todo para los insólitos turistas que osen leer. Los cachorros, Pantaleón y sus visitadoras, La ciudad y los perros, La casa verde, , Los Jefes y otras tantas obras del escritor más caído a la derecha que puedan dar. Marito Vargas Llosa. Buena prosa, el mentecato.

Arequipa también es el primer lugar en el que no se ven carteles de Alan (García) por todos lados. Hay, y es aún más extraño, varias pintadas de Ollanta (Humala) 2011. Luego me diría Jennifer que es el único que defiende a la ciudad de viejas rencillas con Chile. En eso, Arequipa es original.