Como un guiño evidente para los amantes de las casualidades o tan solo como una nueva fecha patria para los detractores del Estado como aparato represivo. El 25 de agosto de 2009 no quedará en los anales de la historia como uno de esos grises que se pierden en la medianía de los calendarios.

La novedad más suculenta parece ser la “despenalización” de la tenencia de estupefacientes. Dicha inconstitucionalidad no valida su consumo ni lo legaliza, como gritan a voces sus detractores. Simplemente devuelve cierta cordura a los vericuetos leguleyos de la letra muerta. La Corte declara inconstitucional la penalización delictiva de la tenencia para consumo privado. Sin dudas, amén de opiniones multiplicándose por el número de sujetos opinantes, un paso adelante en materia de libertades y garantía de derechos individuales. La máquina opresora del Estado de derecho se reclina ante la privacidad que no afecte a terceros. No hay argumento que pueda ir en contra de eso. Criminalizar y policializar los actos inofensivos del sujeto no pueden ser solución a nada. Mucho menos a las adicciones.

La otra novedad, además de que habrá cierta tranquilidad para los portadores de finos, es que otro asunto Fino ha quedado resuelto. Jorge Palacios, espadachín intachable de la prosapia macrifacista, decidió no formar parte de la nueva poli porteña. La increíble idea de una fuerza a cargo de esta impresentable administración es de temer. La soberbia de sostener a Palacios era aún peor.

Es buena su caída. Porque de ningún modo fue una concesión. La victoria es de la masa popular en acción. Esta vez —no ocurre muchas veces— contó con el apoyo del lobby y presión de sectores poderosos como las entidades de la comunidad judía. La buena noticia no pierde valor.

La UCEP actualmente funciona como grupo de tareas macrista. Son numerosas las denuncias y casos conocidos de represión y hostigamiento a personas que viven en la calle. La existencia del Estado como opresor y rector de la violencia no es nueva y la reconocen desde todos los legados teóricos. Anarquistas, Comunistas, Liberales o Capitalistas. Autores de todo tipo coinciden en su realidad, aún cuando difieran en su especificidad u orígen.

El Fino Palacios era una muestra de la más absoluta petulancia de cierta elite dirigencial derechista. Pretender desoir los reclamos, pero sobre todo —y aún más grave— rechazar las denuncias excesivas en su contra. Su ida no limpia la nueva policía metropolitana. Su nacimiento responde a la lógica de la vigilancia y el control del ser humano. No hace falta leer a Foucault para comprenderlo. O sí.

El aparato represivo existió en todo tipo de épocas y sociedades. No es mero rechazo a su existencia, sino a su conjunción con los designios del feroz sistema capitalista de exclusión y persecución. La policía actúa en mayor medida sobre los pobres. No es un enunciado pretencioso, es una realidad comprobada por innumerable cantidad de cifras y estadísticas.

El pedido conmovedor de la sociedad por mayor seguridad se engarza en una nueva fuerza. Un nuevo final comienza. Otra vez se sospecha —erroneamente— que la seguridad la otorga la represión y el control. Jamás, no vaya a ser cosa que se ponga en duda la estructura del sistema que nos rige y determina, se fijan en las causas del delito. Lo único que importa es mitigarlo, sofocarlo.

Y sí che, por algún lugar hay que empezar. Es una pena que siempre lo hagan por el final. Hágase un favor como inidviduo, rechace la idea de una policía como garante. Y, si quiere y se anima, desnude el sentido común y observe la tontera de mezclar las causas con las consecuencias.