-La próxima vez en Mollendo –Moiendo, como suena– los invito a mi humilde casita para recibirlos.

Yo no creo que vuelva, pero lo haría solo por ver la cara de Joyse. Ella vive a diez minutos del centro, en frente de la canchita de cemento del Club Alto Inclán. Hasta allí llegamos a jugar un fulbito nos, los tres argentinos, dos chilenos y dos peruanos.

Allí, en un barrio de los que están disimulados o vedados para el turista promedio, porque allí habríamos de conseguir gente para completar el partido. Y la conseguimos.

Irwin, Brayan y el padre de ambos, completan el clásico Argen-Chile vs Perú. Fue una hora a puro roce en el ahora mítico estadio del Club Alto Inclán. Desde las gradas, un gordito de lentes, el menor de la familia que completó el team peruano, tomaba el tiempo.

Mollendo es un pequeño pueblo no tan pequeño. Capital del municipio de Islay, al sur de Arequipa, que está al sur de Lima, que está en el centro-sur del Perú. Es un poblado costero de sesenta mil habitantes, con casitas desparejas y despintadas, dos plazas bonitas –sin pasto como todas en Perú–, una iglesia colorida y pintoresca con un reloj tipo Big Ben y el típico mercado. Y ya. Nada más eso y la playa. Dos o tres paradores modestos y unos ojos bien abiertos para el viajante no peruano.  Mollendo –Moiendo, como suena– tiene por costumbre recibir familias locales. Es, ante todo, un refugio familiar para los arequipeños. Es un poco antes de Camaná e Hilo, las otras playas sureñas del Perú.

Harry es de aquí. Nos desafió a un fútbol en la playa y perdió. Reincidió para el día siguiente y aquí estamos. Harry es el típico peruano jocoso. Cuenta que tiene una ferretería –“Castillo, sobre calle Arequipa”– y le brilla el orgullo como una madre con su hijo médico.

Ahora pienso en Isabel, madre de mi amigo Alan. Pienso en la maternidad y en los instintos más naturales del calor y la ligazón entre seres humanos.

Joyse ha conseguido la gente que faltaba y nos pregunta de dónde somos. Se ríe con una amiga y dice: – Ah, Argentina…¿y es primera vez aquí?

-No- dice Alan -Él sí, pero yo vengo por segunda vez.

-La tercera es la vencida en Mollendo –Moiendo–.

-Si precisan médicos me quedo- juega con el destino Alan.

-¿Eres médico?  

A oyse se le ha transformado la cara. Los ojos brillan, entre el brillo del temor y el de la emoción por la oportunidad que se presenta. Con voz temblorosa, casi quebrada, pregunta si puede hacer una consulta. Su hijo ha nacido con problemas y tiene pánico por la operación. Alan accede y yo los acompaño.

El gordito de lentes marca la hora. Cinco a siete en tierra Inca. El primer tiempo fue una caldera. Un hervidero. Uno de los chilenos es bastante malo y se afinca en al arco. Un gran acierto. El otro, corre para adelante sin reparar en nada ni en nadie. La doctrina Bielsa ha calado hondo en el pueblo de Allende, me lamento.

Ha pasado media hora y tenemos tres minutos de descanso entre las gradas y faroles de “El hueco”, como llaman al cemento del Club Alto Inclán. Estoy fastidioso. Me han pegado bastante y he tocado poco la pelota. Alan me conoce, sabe que fastidioso soy un estorbo en la cancha. Alan logra calmarme a base de silencios, arengas y caras. según corresponda. Eso también es la hermandad.

La segunda media hora es más áspera aún. Parece que se os escapan y llegan a cuatro goles de ventaja. Hay olor a transpiración, coca y orgullo herido. La familia Inca saborea, con sus múltiples artilugios –deportivos y antideportivos, que también los hay–, las cervezas embargadas a la suerte. Pero se me sale la cadena. No suele pasar, pero extrañamente vuelvo en mí y el fastidio se disipa. Los goles acarician mi renovada calma y dos codazos “desafortunados” en el rostro de Brayan, estrella Inca, me alivian los nervios crispados. Brayan ya no juega y los mañosos van perdiendo las mañas, las ganas y la paciencia.

Hago una finta a derecha, suelto para Martín –un diseñador industrial de Villa Urquiza que conocimos en Arequipa y viaja hace unos días con nosotros– que me devuelve una pared semi involuntaria y, con la izquierda, aplico la estocada final. Pasamos al frente por vez primera en la noche calurosa del Inclán. Como si la suerte me hiciera un guiño finalmente, el gordito de lentes marca la hora. Argen-Chile gana. Las cervezas prometidas aliviarán la temperatura corporal.

A la salida del hueco espera Joyse. arreglada y bañada, irreconocible y ansiosa. Acompaño a Alan y a Joyse a la casa, frente a la cancha. Allí asistiré a una clase magistral que ningún aula magna podría albergar. La dicta Alan. La dictan Joyse y su pareja, José. Es una clase de humanidad. Un cursillo acelerado de lo que debiéramos ser en caso de evolucionar.

Alan revisa las resonancias y placas, explica con inquebrantable paciencia sobre lo que ve, sobre lo que han dicho los médicos y acerca de lo que, humildemente, cree mejor. Explica también que no es especialista en la materia y repasa nuevamente los procedimientos que podrían caberle al hijo de Joyse.

Shandeé tiene un año y cuatro meses, un sueño profundo, cabello oscuro y piel morena. Es flaquito y algo desgarbado. Está comenzando a caminar con ayuda de la kinesiología. Ha nacido con dos lipomas en su espalda. Las formaciones adiposas presionan sobre su médula y su columna, complicándole la existencia.

Shandeé está dormido y Alan no quiere despertarlo, pero lo revisa con suavidad. Shandeé llora un poco, recién despierto, y finalmente lo dejamos descansar. Afuera, se repiten las explicaciones, la paciencia, los ojos vidriosos y los agradecimientos.

Los jugadores beben cerveza. La temperatura corporal se estabiliza y uos cigarros me devuelven el aire empeñado en el cemento de Alto Inclán. Risas, vasos y palmadas, lugo dejamos los suburbios para comer algo en el centro de la ciudad.

Me quedo pensando en la necesidad de contención, de explicación, de información. Recuerdo lo que le escribiera a Alan cuando se recibió: “Nunca te olvides que, antes que médico, sos humano”. No lo ha olvidado y se me nubla la vista de orgullo. Voy a extrañar a mi amigo Alan, el doctor.

Lo difícil de estos viajes son las constantes despedidas. Pienso en los que van quedando atrás. Voy a extrañar a mis hermanos y a los viajantes de ocasión.

En el micro que me devuelve de Mollendo -Moiendo, como suena– a Arequipa, solo quedo yo con mi cuaderno y la carta despedida. Cierro los ojos y veo a Alan, Michelle, Carolina y Estefanía. Abro los ojos y solo veo a Martín, compañero y circunstancia.

Pienso en Joyse y Shandeé antes de llegar.