-Má, se están yendo? No quiero que desaparezcan.

Facu se toca la nariz. Es pequeña y respingada. Perfecta. Repleta de pecas. Las señala y se le dibuja un incipiente puchero.

-No, Facu, quedate tranquilo, no se van a ir. Ahí están.

Las palabras de mamá tranquilizan a cualquiera. Facu no es la excepción y la sonrisa contagiosa se le instala nuevamente en el rostro. Detrás de sus cabellos dorados, casi blancos, asoma esa nariz simpática, llena de pecas.

Facu habla mucho, entiende todo, juega a la Wii como nadie y sabe contar hasta sesenta. También algo de inglés. Es flaco y, aunque mamá le diga enano, parece más que su edad. Su cuerpito de cuatro años no muestra rastros de haber sido prematuro. Es dulce, juguetón. Es un pequeño sol, por lo cálido y porque deja un halo de luz en cada rincón de este departamento de José Pardo al mil trescientos. A solo trece cuadras del óvalo de Miraflores, donde vive con mamá, Brenda. Ellos son, según me han contado toda la vida, mi familia en Lima. Yo aún no lo doy por cierto.

Miraflores es uno de los distritos más bellos de Lima. Pulcro, limpio, reluciente. Con boulevares, parques, avenidas bulliciosas o luminosas, según la hora del día y la playa. Una rambla que invita al placer de oler la sal marina, avenidas amplias y deliciosas callecitas, centros comerciales o refugios reparados y silenciosos. También con su propio serenazgo. Cada distrito limeño tiene el suyo y –cuentan los locales—han bajado la inseguridad.  Macri no es el ideólogo de la policía metropolitana como cura superficial, aunque aquí no es una fuerza armada, tan solo poseen capacidad de vigilancia. De control.

-Yo conocí la Lima insegura, por eso estoy a favor. Sé que no es lo único necesario y que se precisa de políticas de otro tipo para solucionar los problemas, pero antes explotabas en cualquier parte. Soy argentina y peruana, no tolero a los que viven acá hace años y aún se quejan como si vivieran allá.

Al parecer, la nostalgia no es buena consejera para los desterrados, aunque mucho menos lo es la soberbia para los que aún son extranjeros en sus tierras. Pienso en cuánto detesto el prototipo del argentino que se queja de todo, aunque a veces ha de ser un mecanismo de defensa.

Brenda es controvertida. Se declara fujimorista –“porque ha hecho algo impagable”, como la unificación del Perú con caminos y carreteras–, pero es progre. Tiene un pañuelo en la cabeza, pantalones hindúes, un hijo que estudia en un jardín en la sierra, con huerta y animales propios. Y unos hoyuelos graciosos cuando sonríe, al igual que Facu.

Me recibe en su departamento con un mate a la peruana. Se confiesa “hereje” del mate y me encomienda la preparación. Con las horas me conminará a otra tarea: enseñarle a prepararlo, aunque nunca aprenda.

Al principio nos estudiamos. Sentados alrededor de la mesa de madera, es como si jugáramos ajedrez y, en cada jugada, pensáramos en función de lo que hará el otro. Solo Facu, con la espontaneidad y frescura inagotable de los niños, le quita almidón a la escena. Sin embargo, no estoy tenso, tan solo trato de caer bien, de no incomodar. Odio intentar agradar, pero me han recibido en su casa y es lo menos que puedo ofrecer. Con la charla me aflojo y entrego a la naturalidad de poder caer mal. Aunque no caiga finalmente.

Facu trae el Moon Sand y jugamos. Armamos dinosaurios azules y verdes en masa arenosa. Me recuerda al Micky Moco, aunque no tenga nada que ver con la sustancia de mi niñez. Con más confianza, Brenda y yo nos ponemos al día. O nos conocemos, a decir verdad.

-Creo que te vi cuando tenías unos meses- me dice. Para mí fue a los dos años, aunque quizás sea un recuerdo inventado. Siento que tenemos algún pasado en común, pero no lo sé y mientras ella habla me olvido de eso. Tampoco importa.

Hablamos de su familia y de la mía, me cuenta de Axel, su hermano cura y con el que no habla hace doce años y me pregunta por Sheila, Alan y Axel, los míos. No recuerda mucho, pero según las horas transcurren en el pequeño living del departamento, se teje cierta complicidad. Una especie de lazo existe entre nosotros.

Brenda habla sin reparos. Es bonita, ríe mucho y tiene un pasado extenso en televisión. En política, cultura y turismo. Ese último rubro le gusto por demás y dejó la pantalla para fomentar una cultura de servicio turístico diferente en Perú. Brenda se involucra mucho con los traspiés de sus pasajeros y le ha costado, porque en principio sufría mucho. Brenda se mantuvo en contacto conmigo durante la odisea en Machu Picchu. Tiene un tono de voz agradable, con un acento neutro, no del todo peruano, y una vocación tácita de contención.

Lleva veintisiete años viviendo en Perú. Yo tengo veinticinco, es poco probable que nos hayamos visto antes. Hoy tiene treinta y dos y bastante paz con lo suyo. Se le nota. Facu le da todo y más. En algún momento confidente, blasfema contra su ex esposo. Luego lo explica, aunque parece tener más lástima que bronca.

Brenda es dulce y cálida, se disculpa por no tener nada para darme de comer, aunque la comprometo a prepararme un cebiche en el futuro. Mientras Facu come pizzetas, me cuenta que hace seis meses decidió que no habría hermanitos. Le pregunto torpemente si no tiene pareja, pero evade la pregunta. Es lo único que no me dirá. Facu pedirá un hermano y un perro, Brenda me mirará de costado, entre risas, y me pedirá que no le dé ideas. Brenda me cuenta los porqués.

Hace seis meses le diagnosticaron epilepsia cerebral. Primero olvidaba cosas, luego olía aromas inexistentes, más tarde no pudo escribir un mail. El temor la llevó a médicos varios y le hizo negar la versión del estrés.

Que consultas. Que un congreso de neurocirujanos en Budapest. Que una cicatriz en el hipocampo que lo explica todo. Que unos remedios antiepilépticos. Que son solo seis casos en el mundo. Que sin los remedios no funciona. Que con ellos no puede embarazarse. Que no más hermanos. Que por suerte tiene a Facu. Que, a lo sumo, un perro peruano, sin pelos.

Los porqués.

Brenda está sensible. O quizás lo sea. Facu ya se lava los dientes. Han pasado varias horas y mis amigos me esperan para cenar. No quiero seguir interrumpiendo la armonía de domingo en este departamento de Miraflores. Facu me da muchos besos y un gran abrazo. Brenda también.

Ahora sí, tengo una sensación agradable en el vientre y familia en Lima