-Alessandro Ricalde Ricalde, así me llamo, pero todos me dicen Aless. O el Aless.

-Ricalde por parte de madre y por parte de padre? Eran primos, hermanos o qué?—río en busca de una complicidad que nunca llega.

-No sé, pe. Mi padre se fue y jamás lo conocí.

-Uh, lo siento, pe- finjo como peruano. Alessandro –El Aless—baja la mirada por primera vez desde que lo conozco. Podría inventar una historia de cómo fue eso, pero tan solo diré la verdad. Lo crucé en un rinconcito ferial de artesanías en Paracas, distrito de Ica, cerca de Pisco y San Andrés. Eso habrá sido hace cuatro horas nomás y, aunque nos hayamos puesto intimistas y cercanos, me ha incomodado el momento.

Paracas es un refugio costero turístico, muy bello, muy calmo. Desde allí, a solo cinco horas de Lima, en bus; una de Ica; y minutos desde Pisco, se puede visitar las Islas Ballestas y la Reserva Nacional de Paracas. Al primer destino se accede en un bote por veinte soles, que salen en un paquete con nuestro hospedaje. Aún estoy con Michu y el doctor Alan, recién llevamos unos días de viaje y pocas turbulencias. Apenas estamos cuando lo de los pasaportes.

La inmensa mansedumbre se transmite a los cuerpos. Entre las rocas y pájaros de las Ballestas, hallo el trabajo más extraño del mundo. Cuidar las islas, que son piedras. Un solo hombre se queda por seis meses, hasta que otros veinte lleguen a recoger el guano de las múltiples aves. Toneladas de guano, condiciones inhóspitas, un solo hombre por seis meses y pocas tareas, claro, además de comer y respirar, para no morir. Ya sobre tierra, buscaremos un refugio paradójico en el desierto de la Reserva, y un cebiche redentor superará las expectativas y hará base en mi estómago aún intacto. En Paracas encontramos el primer paraje apropiado para una felicidad sin contratiempos. Hasta el paro de buses, claro, pero esa es otra historia.

Camino por la rambla, pegado a la feria y –aún no sabía de desastres climatológicos futuros—pregunto a un artesano por la selva. Él, amable, treinta y algunos –luego acusará treinta y dos—me relata con esmero los vericuetos de sus travesías y me recomienda un buen camino: Huancayo, Cerro de Pasco, Huancavelica, Pucalpa, Tarapoto, Iquitos –vía lancha cuatro días–, Zarumilla y, al fin y fuera ya de la selva, en el límite con Ecuador, Tumbes. Allí vería a Abuty si no fuera por los apus de la montaña en el Machu Picchu.

Alessandro siempre mira de frente, sonríe sin estridencias, pero tenemos un humor similar y una sensibilidad con la que me siento a gusto. Mide algo menos que yo, poco menos de un metro setenta, tiene contextura rolliza y alguna que otra rasta. No es el hippie promedio y no le gustan “mucho” las drogas. Ha vivido. Se le nota en gestos, en los ojos y en sus historias. Otros artesanos buscan venderte algo –arte o marihuana–, pero el Aless solo me da charla porque le he caído bien, según dice –y dice solo si le pregunto, lo que lo distingue de todos los otros hippies artesanos rastas que serpentean por la costa del Perú. De sur a norte, el prototipo se repite. El Aless rompe algunos esquemas.

-Previniendo enfermedades. Así se llama mi proyecto, pero no he acabado los estudios así que un a compañera me ayuda con la presentación. Tu eres periodista, puedes ayudar a armarlo y difundirlo? –tarda unos minutos en pedirlo y será la segunda y última vez que baje la vista. A veces, la vergüenza y el dolor se mezclan e hilvanan gestos similares. Le pregunto de qué va el proyecto, que, si puedo, con gusto colaboro. Y me explica. Alessandro, risa algo torpe y en cuentagotas, ojos con un brillo especial –de ese candor que solo ostentan los niños al descubrir una novedad ó los enamorados, que nunca descubren nada–, y entusiasmo militante, me cuenta todo. Todo, sin nada por saltear, quiere que lo sepa todo, dice.

Nacido en Lima, allí vive en uno de los anillos suburbanos que rodean a la imponente ciudad capital. En uno de los pedacitos olvidados de urbanización en el conurbano oeste. El barrio se llama Horacio Zeballos Gamez –“puede que sea con ese, no sé bien las letras”, me dirá. Es lo que en Argentina llamamos, con indiferencia y naturalidad, asentamiento. O villas, aunque me atrevo a decir que ese es un eufemismo un escalón por encima. En Perú, mediante los Prona –cual Fonavi criollo—le llaman Asentamientos Humanos. La maravilla trágica del lenguaje es usar un término cualquiera para definir a su contrario.

Allí, en ese pedacito de polvo olvidado, pero que sería televisable para el gran show, ocurrió la historia del Aless y sus chicos. Quince chicos sin rumbo, marginados incluso del margen en que viven. Tienen entre nueve y dieciséis años, sueños rotos –como cualquiera–, pero ningún logro. Tampoco méritos ni suerte, al parecer. Viven al ladito de Alessandro, que todos los días los ve sobrevivir al amasijo de indiferencia y drogas. Los márgenes de Latinoamérica hermanan a sus pueblos también. Una tarde, cansado o acostumbrado, les pregunta qué les ocurre. Que porqué las caras largas. Los niños, conocidos como Los Dengues, tal su condición de plagas, solo quieren jugar fútbol. No los aceptan en los torneos porque no tienen ni ropa, ni pelota ni nada. Discriminados entre los discriminados. La involución social se reproduce al interior de cada subgrupo, clase, gentío. Alessandro les da para la pelota y luego los lleva por zapatos y remeras. Aless no tiene dinero de sobra, pero no quiere esperar a que la droga haga lo que la vida no puede con esos chicos, dice.

El primer partido es gracioso. Quince andrajosos mal alimentados y sin práctica, con un entrenador artesano que les promete que, si le hacen caso y ponen corazón, pueden ganar. Y ganan, para sorpresa hasta de ellos mismos. Luego las peleas con los padres, el tercer puesto, el apoyo tardío pero orgulloso de los mismo padres y la alegría de los niños. Con los años, ayudarán a que lo mismo le ocurra a otros chicos-plaga. Para que el deporte prevenga otros males como lo hizo con ellos.

 -De ahí previniendo. Y enfermedades por lo de dengue –ríe Aless. Lleva once años viajando por su país y partes de Bolivia. Tiene una carpeta humilde, con vainas y tapas acrílicas traslucidas, en la que tiene las cinco hojas del proyecto. Arte, cultura y deporte, combinados con producción agrícola tradicional. Quiere que las escuelas lo tomen, para combatir los males de la sociedad actual.

 -Entiendo a los de izquierda eh, pero aunque queramos cosas parecidas, hacen daño. Sendero Luminoso ha hecho mucho daño aquí. Cogen a los niños de pequeños y, sin darles un porqué y una educación, les ponen armas en sus manos. Podrían sostener la cultura agrícola y sería más provechoso. Te voy a presentar a unos amigos de la selva que han sido guerrilleros, luego presos y hoy discriminados por ambas condiciones, no pueden conseguir trabajo.

-Vale, yo tampoco acuerdo con esos métodos, pero se precisa una herramienta colectiva de transformación social. De todo el conjunto de interacciones sociales y económicas, no solo alcanza con que sepan cultivar papa y maíz andino. Por eso creo en la necesidad de un partido que aglutine a las masas.

-Ya, puede ser, pero en la selva no digas que sos izquierdista tan libremente. Es peligroso.

Alessandro me deja una copia de su proyecto, me apunta desprolijamente su dirección de correo y nos despedimos. Quedamos para Lima y la seva –pero el agua y los aludes acabarían con esos planes–. Me voy andando por una callecita de arena y piedras—como la mayoría aquí, en Paracas—y pienso en que le creo todo al Aless. Es increíble, pero no he podido desconfiar de nada. La pureza de una mirada, a veces es más profunda que las mismas palabras, me convenzo.

Vale, claro, eso y que nadie puede haber inventado lo de Los Dengues. No ese nombre.