-En Máncora la fiesta no la buscas.

-Por qué?- pregunto incrédulo.

-Porque ella te busca a ti- ríen Memo y sus dos compinches.

Son surfers o hippies. O ambas, cosa extraña, pero bien común en Perú. Si fumas mota, eres artesano o profe de surf, surfeas, buscas una vida licenciosa, sin mayores problemas que costear la bebida y engatusar extranjeras con promesas de amor latino –que incluyen clases de salsa–, bien hermano –brother, primo- eres un hippie surfer peruano. Extrañamente, a yanquis y europeas les atraes, así que, bienaventurado, almorzarás hamburguesas y cenarás algún filete vikingo de os países nórdicos. Tanto frío en sus propias tierras hace que el deshielo latino sea más furibundo. O como dice el siempre risueño y extraviado Memo, “ven un latino y, pucha, a se quitan el calzón”.

Lo mismo me dirá luego de las limeñas con los argentinos en Máncora. Llevo unos días aquí y no he visto calzón alguno. Ni eso ni fiesta, aunque claro, tampoco lo he buscado –siguiendo las sentencias del Memo–. Jamás le diré lo que su apodo significa en España. No hace falta, su obrar es más elocuente que cualquier definición de la Real Academia.

Decía que hace unos días estoy en Máncora, al Memo lo dejamos atrás en Huanchaco. Para que se entienda, allí pasamos varios días de mucha calma y relajación. Huanchaco es pueblo costero al borde del Pacífico, con miles de habitantes extremadamente cordiales, callecitas ridículas de tan estrechas, una iglesia en la colina –que de noche se ilumina y es bellísima aún siendo iglesia—y una rambla extensa de dos kilómetros como mucho. Sobre esa vereda costera se levantan algunas plazoletas, la municipalidad –privilegio costero el de salirse de la tradicional plaza de armas–, la comisaría –otros sujetos son privilegios—e infinitos bares, comedores y hospedajes. Incluso lujosos y hasta paquetas posadas europeas.

Huanchaco es pintoresco y sosegado. Queda a veinte minutos de Trujillo, que es la capital del distrito de La Libertad y realmente una gran ciudad. Tiene lo que todas ellas: un gran centro comercial –o mall, como se dice en la americanizada Latinoamérica–, una Plaza de Armas pulcra e imponente, un estadio internacional, un aeropuerto cercano y un cementerio grande y céntrico. A los muertos, en ciertas tradiciones, se los prefiere cerquita.

En Huanchaco tienes dos opciones, surfeas o no haces nada. En el segundo caso –como yo, que ni pretendo aprender lo primero—puedes irte repleto de aire salado y Pacífico, una bonita sensación. Y también, claro, visitar Chan Chan y las Huacas –templos—del Sol y la Luna. El primero es centro de la cultura Chim, preincaica y expansiva, que vivió desde seiscientos años antes y pereció en manos de los creadores de Machu Picchu. Su palacio, Nik An, es sorprendente con sus recovecos y recreaciones de la vida antigua. Sin embargo, me deja el sabor amargo de la restauración. Noventa por ciento de trabajo arqueológico y “civilizado”.

-Este pueblo fue más que los Chimu y hasta que los Incas- suelta Panchito, un artesano de la cultura Mochica que conozco en la Huaca de la Luna – Por su filosofía, ciencia y profundidad. Eran artistas – insiste el hombre.

Los Mochica perecieron solos, una ventaja –pienso–, porque se ahorraron a los odiosos e invasivos Incas. Sus construcciones techadas a dos aguas y bien cubiertas, permitieron preservar la historia, la cultura e impresionantes muestras de arte. Extrañamente, ellos murieron. A veces, es imposible comprender la historia desde el presente. Quizás perecieron por propia resignación. Quizás aceptaron el final con algarabía. De cualquier forma, han dejado su cultura inmensa como legado.

Parado frente a sus templos –cinco superpuestos en total—uno solo puede asentir lo dicho por el artesano. Las imágenes hablan. Son estructuras originales en su mayoría – ¡al fin!—y no dejan de causar asombro. Sus colores –azules, rojos, negros, tierras—y sus dibujos –serpientes, felinos, dioses, calendarios, celebraciones—lo miran al visitante con profunda voz inquisidora. Dejo el lugar con la firme convicción de que llevamos cientos de años en plena involución. Sin embargo, hay algo que me reconforta torpemente: Incas, Chimus, Mochicas o nosotros –sin importar el lugar en la escala evo-involutiva–, tenemos igual deuda para con las diferentes concepciones de humanidad. Toda sociedad fue estamental. Y, aunque los arqueólogos solo tengan hipótesis desgastadas y hagas malabares con la posibilidad, el linaje, la herencia y la propiedad, lo han designado todo siempre. Me parece ofensivo que hasta las culturas más espirituales tuvieran un obsceno parámetro material. Elijo creerlo a medias.

Pero me fui y estoy en Máncora, decía. Aquí es el norte, en el distrito de Piura –a dos horas de esa ciudad, precisamente—y a dos horas de Tumbes –otra gran ciudad, la última del Perú y fronteriza con Ecuador–. Se me va agotando Perú y el sol castiga las cabezas más que los cuerpos. Aquí, cerca del Ecuador, el calor y los bochos son menos civilizados.

Máncora creció sobre la Panamericana. Tiene mucha vida nocturna y turística. Es un paraje de los que, tradicionalmente, se conocen por desplegar sus fiestas en la costa y la arena. Está repleto de chilenos, argentinos, australianos y limeños. Todos buscando lo mismo, pero sin sentido. La fiesta los busca a ellos.

No termino de acomodarme los primeros días. Luego hallo mi huequito desértico en las playas más alejadas, mi sillón bajo la sombra en una posada repleta de plantas y loros, y alguna que otra virtud de sacarle brillo al tiempo libre. De todas formas, los parajes hechos para turistas ávidos de fiesta no me despiertan mucha simpatía por estos días. Aquí –aún cuando ya logré relajarme y lo esté disfrutando—siento que no podré conocer ni a un peruano autóctono. Ni siquiera a un extranjero, a decir verdad. Aunque las fiestas y la caza sean actividades de gran contenido cultural, los sujetos se ponen bien distintos en estas situaciones. Pero, como casi siempre, me equivoco y conozco a Rosa.

Rosa vive aquí desde siempre. Tiene cerca de cuarenta y muy pocos dientes. Atiende, barre y regentea la posada donde duermo. Allí paso las tardes, cargadas de lectura y con el aroma a Palo Santo rompiendo en mis fosas nasales. Me cuenta que cuando era pequeña, Máncora era solo un pueblito pesquero. De esos pescadores que celebraban lo pescado de la mejor manera: comiéndolo y regándolo con cerveza. Hace diez años se convirtió en meca del turismo festivo. Cada vez crece más y el bullicio se ha comido la paz intrínseca de todo pueblito. Rosa no se queja, sonríe amable como único gesto, pero yo no dejo de imaginar cómo habrá sido su vida en aquella lejana infancia de pesca y largas caminatas por una playa desértica y hoy invadida.

Estoy con Abuty y Máncora se me pone más cara. Es que tiene pocas semanas y, si bien se adapta a mi andar, tiene un presupuesto distinto. También camino menos hace unos días y eso me estresa, pero nos entendemos bien y repartimos las adaptaciones mutuas. Ir por la ruta del azar tiene esa ondulante maravilla de mutarlo todo en pequeños instantes. Como la tómbola, que siempre cae, sin importar hacia donde vaya a caer.

De Huanchaco me llevo su aroma y su silencio oportuno. Su amable despertar y sus caballitos de totora –embarcaciones hechas de paja atada–. De Máncora al loro más verde del lugar, que le silba a las niñas y le dice “gordo, gordito” a los hombres. Y al aroma de la lluvia tropical, esa que levanta el calor tras su pasada y hace aún más fuerte el aroma a Palo Santo y mentol.

Dejo el bullicio, con la vaga esperanza de que cada pueblo recupere su esencia. Que los viajantes no paren por sus luces y que las fiestas sean para sonreír y bailar, no solo para beber, follar y olvidar.